Casi nunca falla. La comida familiar en torno a una buena mesa, donde los anfitriones se han esmerado en todos los sentidos. Desde la elección de un apetitoso menú hasta el detalle meticuloso de los dibujos del mantel y las servilletas, sin olvidar la correcta distribución de los cubiertos y copas. Incluso unas velas encendidas enmarcan la escena que refleja total tranquilidad. Todo está perfecto. Los invitados se sientan a la mesa, ocupando los lugares previamente señalados a cada uno, que se indican en un papel de manera informal, pero casi siempre escrito de modo agradable por un joven de la familia dispuesto a ayudar para que todo luzca mejor.

Ambiente prometedor

La comida se empieza a servir, y como la reunión es sencilla, acogedora y familiar, son los propios anfitriones los encargados de trasladar, desde la cocina a la mesa, los diversos platos que son muy bien acogidos por todos los invitados entre bromas y alegres comentarios. Un ambiente de armonía se respira en el comedor. Unos y otros celebran estar juntos, una vez más, para estrechar los siempre perdurables lazos familiares.

Sin embargo, poco a poco, según transcurre la comida y los alimentos se van consumiendo a la par que las bebidas alcohólicas, resulta inevitable la aparición de un cierto estado de euforia en algunos de los comensales que suele ser bien acogido en principio porque ambienta más la celebración.

El estrés estropea la armonía

En el transcurso de la reunión familiar llega un momento en que, de forma imprevista, ante cualquier comentario simple o sin la menor transcendencia, se origina una menor capacidad de adaptación que deja a un lado la confianza surgiendo entonces la agresividad; la comunicación se convierte en malentendido, en carga nociva. A través del mecanismo de estrés, la relación con el medio ambiente se vuelve negativa y lamentablemente, la armonía establecida se altera de forma visible, a pesar del esfuerzo de unos y el profundo silencio de otros por acallar o disimular el incidente.

Situaciones forzadas en la vida actual

El bioquímico Frederic Vester, en su obra "El fenómeno stress" hace hincapié en que el estrés es un mecanismo de defensa profundamente arraigado en los humanos de una forma biológica, que nos beneficia en la supervivencia pero que ha llegado a degenerar en nuestro sistema de vida actual hasta el punto de crear conflictos en las relaciones sociales. La situación puede ser, en ocasiones, el origen de muchas enfermedades propias de la civilización.

Multitud de cosas que hoy se hacen, y en consecuencia la gran cantidad de gastos originados por ello, responden a una cuestión de prestigio o de presunción, es decir, querer deslumbrar a los demás, porque se ha impuesto erróneamente la creencia de que hay que tener la obligación de exhibir el éxito, cueste lo que cueste.

Evitar discusiones mantiene el bienestar

El grado de comportamiento entre dos seres humanos está en relación con el grado de confianza que exista entre ellos y en base a un respeto común que siempre debe estar presente. La discusión en su significado menos amable de debatir, que es tanto como crear enfrentamientos, debería descartarse la mayoría de las veces. Es cierto que dos no regañan si uno no quiere, pero también tiene su punto de razón el hecho de que todo tiene un límite y la paciencia no siempre se controla con facilidad, en determinados momentos en que ya hay una tensión acumulada por la agitación de la vida urbana.

En "El mono desnudo", el autor Desmond Morris, en sus investigaciones sobre el comportamiento humano afirma que "si queremos comprender la naturaleza de nuestros impulsos agresivos, tendremos que estudiarlos bajo el prisma de nuestro origen animal". Y ahí, está el secreto.

Insistencia en crear armonía y tranquilidad

Sin duda, pensando un poco las cosas que pudieran derivar en desacuerdos y con la madurez que proporciona el paso del tiempo, no se darían tantas situaciones discordantes, la mayoría de ellas gratuitas. El sentido común sería más común si consideramos que los demás también merecen respeto y que no por ceder se pierde valía. En el trabajo, en la vida cotidiana y por supuesto en las reuniones familiares, en cuanto afloren los primeros síntomas de una discusión, qué prudente sería una retirada discreta y, recordando la última frase que Antonio Gala pone en su novela "Más allá del jardín", decir a todos sonriendo pero sin dejar de alejarse del grupo ... " vuelvo en seguida".