La resiliencia se sustenta en una serie de recursos que permiten superar los contratiempos cotidianos, pero no todos cuentan con los mismos recursos para resolver los infortunios que aparecen a lo largo de la vida. Entre ellos, algunos son comunes, como la muerte de seres queridos, enfermedades, rupturas sentimentales, la pérdida del trabajo o diversos avatares de mayor o menor gravedad. Otros, sin embargo, son inesperados, como un desastre natural; hechos traumáticos, como el abuso sexual infantil o la violencia de género; y otras cuestiones que no sólo por su imprevisibilidad, sino por lo que pueden dilatarse en el tiempo, ponen a prueba la capacidad del ser humano para superar las adversidades. O lo que es lo mismo: su resiliencia.

La resiliencia en la psicología

El término resiliencia, del latín resilire, que podría traducirse como “rebotar”, viene utilizándose desde hace tiempo en el campo de la física para indicar la capacidad de un material para recobrar su forma original tras ser sometido a altas presiones. También en ingeniería tiene su aplicación, en este caso por la cantidad de energía que es capaz de absorber un material antes de su deformación irreversible.

Pero de un tiempo a esta parte la resiliencia ha empezado a abrirse camino en el ámbito de la psicología. Aún sin ser un concepto plenamente instaurado y conocido, sí tiene una característica que la hace interesante: la de reflejar y aunar con fidelidad y precisión los hechos anteriormente descritos. De ahí que la familiaridad con este nuevo término sea probablemente una cuestión de tiempo.

Resiliencia; factores para la supervivencia

Nadie está exento de padecer desgracias. El azar no hace distinciones, aunque no es menos cierto que el azar también se puede gestionar positivamente. Y no sólo el azar, sino todas aquellas contingencias que van conformando el destino de cada individuo.

La asertividad que posee cada persona para superar las dificultades pueden ser óptima o nefasta. El camino que se elige para vencer la adversidad será determinante a la hora de alcanzar con éxito la meta de la supervivencia. Pero a veces el camino es muy largo, y no todos cuentan con el nivel de resiliencia suficiente como para resistir ciertos embates de la vida. ¿Qué provoca esta diferencia? ¿Qué hace que ciertas personas resistan y perseveren mientras otros caen en la depresión y el desánimo?

Resiliencia y superación

Luis Rojas Marcos, en su libro Superar la adversidad, disecciona ciertos mecanismos como factores de protección ante el infortunio.

De especial relevancia, sobre todo en lo referente a los hechos traumáticos no comunes, está la disposición a verbalizar la experiencia. Hablar y compartir cualquier trauma reciente o pasado es el primer paso hacia la solución del mismo.

Otro factor esencial, aunque tal vez erróneamente valorado, es el sentido del humor. La capacidad para reírse de uno mismo, incluso en los casos más complejos, es claro síntoma de superación, autoestima y, en definitiva, de resiliencia.

No menos importante es la actitud decidida de pasar página y liberarse de un pasado doloroso, mecanismo, este último, asociado al perdón. Muchas veces, no obstante, el elemento fundamental reside en perdonarse uno mismo.

Otra cualidad de gran relevancia tiene que ver con la destreza para procesar correctamente la información, así como establecer las prioridades pertinentes para avanzar en cada situación.

Falta de resiliencia

De igual manera que existen argumentos para superar la adversidad, también los hay para quedar atrapado en la desgracia.

Un mecanismo que actúa como auténtico veneno es el miedo en sí mismo, entendido como un estado de pánico que carece de ubicación concreta. Es el miedo por el miedo; un elemento desestabilizador que paraliza y boicotea cualquier acción encaminada a resolver los problemas.

Los estados depresivos, tan asociados al trauma, consumen toda la energía en un sinfín de círculos viciosos, van minando la autoestima y conducen irremisiblemente a callejones sin salida.

Otro de los factores característicos en muchas situaciones traumáticas es la permanencia o estancamiento en un estado emocional plano. Se asume la incapacidad para recuperar un modo de vida que se antoja quimérico, hasta sucumbir en una existencia gris y sin expectativas. El rol de víctima de todo y de todos, que desgasta al interesado y a cuantos le rodean, anula cualquier posibilidad de superación.

Resiliencia y crecimiento

Es indudable que los hechos traumáticos conducen a la superación de la mano de un mecanismo que se ha dado en llamar resiliencia. Es el instinto para sobrevivir aún en las circunstancias más extremas. También es cierto que no todos cuentan con los recursos necesarios para lograrlo.

La mayoría coincide en que las duras pruebas que han tenido que superar les han hecho crecer en todos los sentidos, aunque no es menos cierto que si pudieran elegir, no volverían a pasar por lo mismo.

El ser humano necesita enfrentarse a nuevos retos que le pongan a prueba y le permitan crecer, aunque a veces algunas pruebas sean excesivas, tal como sucede en algunos hechos traumáticos padecidos en la infancia. Pero la capacidad de superación, en general, está muy por encima de lo que suele pensarse. Y todos la poseen, aunque algunos hayan tomado la decisión, más o menos consciente, de negársela.

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