El pasado 19 de octubre, pocos días después del primer aniversario del rescate de los mineros chilenos, Francisco Peregil presentó su libro Estamos bien en el refugio los 33. Fue el encargado de cubrir el accidente para el diario El País como enviado especial y, un año después, ha publicado este recorrido, a través de sus protagonistas, por aquellos días que pudieron acabar en catástrofe y que finalmente terminaron en una fiesta.

El libro es una emocionante narración de aquellos hechos que mantuvieron en vilo, si no al mundo entero, al menos a todo un país. Y de su utilización propagandística. Y este es uno de los puntos en los que ha querido incidir más acusadamente Peregil, porque, para él, la historia no fue como nos la contaron. Ni siquiera en los momentos en los que parecíamos seguirla en riguroso directo.

El circo mediático

En torno al Campamento de la Esperanza que se levantó a las puertas de la mina San José, surgió, cuenta Peregil, todo un circo mediático. Llegaron familiares desconocidos para sus supuestos parientes. Llegaron falsos especialistas en rescates. Junto a los voluntarios y familiares, apareció un no menos numero grupo de curiosos y de gente que trataba de aprovecharse de la situación. Y todo, con el seguimiento de toda la prensa internacional.

Líos de faldas, historias inventadas por o para la prensa o intereses políticos y empresariales acompañaron a este circo en el que, incluso, actuaban los payasos de la tele para los hijos de los mineros. Fue la inevitable otra cara de un proceso que duró setenta días y que se desarrollaba al mismo tiempo en la superficie y en las profundidades de la mina.

Ni héroes ni villanos, sino mucho más que eso

El autor nos retrata a los protagonistas de esta historia, los 33, como lo que eran: unas personas, unos mineros (a algunos ni siquiera se les podría aplicar el término dado que había auténticos novatos en el grupo) que se vieron obligados a sobrevivir a setecientos metros de profundidad. Ni más ni menos. Tuvieron que colaborar y racionar la escasísima comida. Surgieron roces. Enfrentamientos. Pero también historias de lucha y superación. Aunque no siempre todo era como parecía.

"Conforme se acercaba el día del rescate, el Gobierno se esmeraba en su labor de agrandar la figura de los mineros. El ministro de Salud, Jaime Mañalich, añadía algunas pinceladas al cuadro de los 33 héroes:

–Quiero ilustrar lo que ellos están viviendo hoy con una conversación que sostuvimos ayer. Los entrevisté para comentarles que teníamos que establecer un orden de ascenso y que ese orden se iba a acordar con ellos en concordancia con razones técnicas. ¿Y cuál fue la reacción de ellos?... «Ministro, muy bien, pero yo quiero ir último». (...) Ellos mantienen un ánimo completamente admirable, de solidaridad y compañerismo".

Eso, hasta que el psicólogo que los atendía empezó a sospechar que había algo detrás de ese interés por ser el último. Efectivamente: había cuestiones de prestigio. No solo estaba en juego ser el minero 33, también el récord Guinness. Es solo un ejemplo de los muchos casos en los que los intereses de unos y de otros conspiraron para que la imagen que exportaban al exterior fuera la de la unidad y el heroísmo.

El humor

Los mineros utilizaron para resistir una curiosa estrategia: "Continuar riéndose hasta el último momento". Una estrategia que, según el autor, el mismo Viktor Frankl, precursor del concepto de resiliencia, hubiera suscrito. El humor fue una de las cosas que les mantuvo vivos. Aunque a veces fuera un humor un poco brusco, como cuando le decían al único minero que no era chileno que qué buena tenía que estar la carne extranjera, jugando con la idea de que se lo iban a comer.

"En otra ocasión, solicitaron 33 muñecas hinchables a Golborne, y el ministro de Minería les respondió que, tal como se les veía de necesitados, él se estaba planteando abrazarlos «de lejitos» cuando salieran".

La hermandad

Además de humor, según Peregil, en esa red de mentiras y manipulación que se tejió sobre la mina, también hubo mucha verdad. El autor lo ejemplifica con lo que le contó el médico del seguro encargado del seguimiento de los mineros:

"Al psiquiatra le sorprendió que muchos de ellos le dijeran que les gustaría verse encerrados como estuvieron cuando el mundo no sabía nada de ellos ni ellos del mundo. Porque allí conocieron la mejor versión de sí mismos. Sentían nostalgia por la fraternidad de aquellos 17 días. La mayoría no habían conocido nunca esa solidaridad sin condiciones. Y, ahora que disfrutaban de la luz, del sexo, de la libertad para cualquier de sus vicios, lo que echaban de menos era precisamente aquella hermandad".

Esas verdades y mentiras, ese ambiente festivo mientras se mascaba la tragedia, ese humor, esa entrega y esa, finalmente, hermandad es lo que consigue reflejar Francisco Peregil en Estamos bien en el refugio los 33. Un trabajo periodístico narrado con la emoción y el lirismo de una obra de ficción. Porque todo lo que allí pasó es, realmente, de novela.