Las revoluciones tecnológicas han sido presentadas como palancas para el crecimiento de la producción y el empleo en forma ininterrumpida.

Desde los albores mismos del capitalismo, con el advenimiento de la Revolución Industrial, se alimentó dicha ilusión. El positivismo fue la expresión, en el campo de las ideas, de este optimismo tecnológico.

A mayor productividad más puestos de trabajo

Las previsiones económicas afirmaban que el aumento de la productividad, consecuencia del uso de nuevas tecnologías, la reducción de costos de producción y el incremento en la oferta de productos baratos, ampliaban las dimensiones del mercado y generaban un mayor número de puestos de trabajo.

Dicha premisa tenía su punto de arranque en la llamada Ley de Say, economista francés de principios del siglo XIX, que sostenía que la oferta generaba su propia demanda.

Estas ideas fueron asumidas por los economistas neoclásicos, afirmando que el abaratamiento de productos, como resultado de adelantos en la productividad, estimula la demanda, la cual, a su turno, estimula una producción adicional, creando de ese modo un ciclo sin fin de producción creciente y consumo.

El mercado como regulador del empleo

La pérdida inicial de empleo, como resultado de la introducción de tecnología, sería compensada por la expansión de los niveles de la producción, el problema de la desocupación se resolvería por sí solo, dejando actuar a las fuerzas auto correctivas del mercado.

Así pues, el descenso salarial, provocado por el aumento de los desocupados, tienta a los empresarios a contratar trabajadores adicionales en lugar de invertir en materiales más caros, moderando también, de esta forma, el impacto de la tecnología sobre los puestos de trabajo.

A pesar de los fracasos experimentados por estas concepciones al ser contrastadas con la realidad, no han sido óbice para que la imagen de un "tecno paraíso" vuelva a tener vigencia.

La visión de un tecno paraíso

Parte de considerar a la ciencia y a la tecnología al margen del régimen social, otorgándoles cualidades especiales, una capacidad autónoma para generar, por sí mismas, un progreso permanente.

Entonces, a la ciencia y la tecnología se le atribuyen capacidades que les ubican, por encima y con independencia del sistema social y las relaciones de producción imperantes.

Sin embargo, con el correr del tiempo, el optimismo tecnológico ha cedido su lugar al pesimismo del mismo carácter, ya que el proceso de producción capitalista no es un simple proceso de trabajo, es decir, de creación de objetos útiles, sino que actúa de soporte del proceso de valorización.

Así mismo, el desarrollo tecnológico no es un fin en sí mismo, sino que su inserción en la producción está subordinado a la ley del beneficio.

El aumento de la productividad, que el proceso de automatización generó, llevó a la depresión de la década de 1920, al ser desplazados numerosos trabajadores por las nuevas tecnologías, ahorradoras de trabajo, y la disminución del poder de compra de los trabajadores.

El consumo generador de puestos de trabajo

La comunidad empresarial buscó nuevas formas para reorientar la psicología de los asalariados y dirigirla hacia el evangelio económico del consumo.

Se invitó a las personas a emular a los ricos, en especial a los jóvenes, a quienes se hizo sentir avergonzados de vestir o utilizar productos elaborados en casa; el miedo a quedarse atrás, siempre, ha sido una gran motivación en la estimulación del poder de compra.

Una vez terminada la cruzada evangelista, tras el colapso del crédito de los consumidores, el estado del bienestar salvó, provisionalmente, la catástrofe que prometían los problemas hermanos del desempleo tecnológico y la demanda inefectiva del consumidor.

El sector público y la guerra amortiguadores económicos

El sector público se convirtió en la década de 1970, en los EEUU, en la empresa con mayor número de trabajadores, pero fue la guerra la que saneó la economía, así como la creación de un complejo industrial militar lo que la estabilizó.

Dicha industria amortiguó, extraordinariamente, el desempleo tecnológico, sin embargo, el boom de la posguerra, dejo ver la realidad que se presentaba en el mundo del trabajo.

Pues los niveles de desempleo tecnológico, generados por el día a día empresarial, mostraban las consecuencias de la irrupción de la automatización, la que daría paso a estados mucho más refinados provistos por la investigación, la innovación y los avances tecnológicos.

Capitalismo y desempleo

El capitalismo nunca ha podido funcionar sin una tendencia abierta o espontánea al desempleo.

En la Europa de la posguerra, los capitalistas promovieron el empleo femenino y organizaron una masiva inmigración de españoles, marroquíes y turcos hacia Alemania y Francia, dado lo escaso de la mano de obra, ya que el grueso de los trabajadores perdió la vida en batallas y campos de concentración.

Es decir, no se produjeron nuevos puestos de trabajo, lo que se hizo fue un remplazo de las personas fallecidas por trabajadores provenientes de lugares periféricos, con el fin de reactivar la producción freneada por la contienda.

De acuerdo con Jeremy Rifkin, escritor estadounidense, profesor en más de 300 universidades del mundo y autor de diversos libros, la eliminación definitiva de la desocupación significaría el fin del capitalismo, porque ya nada podría alterar el crecimiento de los salarios y la reducción de los beneficios, salvo que los obreros fueran sometidos a un régimen de trabajos forzados.

Capital e innovación tecnológica

El estancamiento económico mundial, la tendencia a la sobreproducción y sobre acumulación de capitales, que no encuentran una colocación redituable en la esfera productiva, tienden a poner freno a la innovación tecnológica y, sobre todo, a su aplicación a la producción.

Dando como resultado que el impacto del fenómeno en los procesos industriales y en el aumento de la productividad en la fábrica contemporánea, no ha hecho, todavía, la economía más eficiente.