En la obra ¿Existía Caperucita antes de Perrault? De Susana González Marín, el referente literario de Caperucita Roja, mucho antes que en Perrault, está en la mitología clásica, concretamente en el mito de Perséfone, donde aparece una niña que recoge flores en una cesta. Estas flores tenían que ver además en la simbología de la mitología griega con el derramamiento de sangre. Caperucita no sólo se remonta a la Edad Media sino a la Antigüedad Clásica, lo cual quiere decir que ya estaba en el mundo onírico en épocas anteriores incluso al imaginario grecolatino.

Los elementos que surgen de Caperucita revelan el estatus social de la mujer en la Grecia Antigua, estatus heredado a través de los tiempos y vinculado éste a la sexualidad y a la violencia. Su vientre, su cuerpo y su propia vida pertenecían a los dioses, al hombre, al pueblo. En un sentido menos literal, estos planteamientos, por desgracia, aún tienen vigencia.

De hecho, la historia que la oralidad salvará del olvido es la que se cuenta porque conmueve, porque aún cuenta al ser humano, porque el ser humano aún la cuenta. La oralidad representa a una colectividad. Cuando el auditorio que escucha se emociona, cada persona que comparte la escucha se siente una comunidad, porque comparte como grupo los mismo parámetros culturales. Y todavía Caperucita continúa sobrecogiendo.

De dónde vienen Caperucita Roja y el lobo

Ya antes del siglo V a.C., existen relatos recogidos y reelaborados por autores griegos y latinos relacionados con ritos iniciáticos de las muchachas atenienses, ceremonias matrimoniales en Roma, consagraciones de monjas en la antigüedad tardía, y ya aparecían, la púber, la joven virgen, la prenda roja, la cesta, las flores con derramamiento de sangre, la violeta, los narcisos, identificativos de pureza arrebatada, y muerte, no solo estas flores sino ya cualquier otra.

Los griegos creían en los hombres lobo. El hombre que se transforma en lobo está relacionado con el culto religioso a Zeus que Plinio catalogará de costumbre de bárbaros. Los ritos iniciáticos, de cualquier modo, contemplaban la posibilidad de que una bestia salvaje devorara a una joven virgen, lo cual nos lleva a una religión muy institucionalizada.

El hecho de que alguien pusiera por escrito narraciones con los elementos de la tradición de Caperucita, las reconoce parte de un imaginario colectivo que quizás el autor comparte, así las hace emerger de los “suburbios” de la proscrita oralidad, a la literatura universal. Contadores de cuentos profesionales despreciados por la élite culta griega, las fabulae aniles: historias de viejas, esclavas extranjeras en muchos casos que contaban cuentos a los hijos de las familias adineradas, todos ellos, todas ellas, amalgamaron los elementos de aquellos sacrificios y generaron diversidad de historias.

Reminiscencias misóginas en Caperucita Roja

Dos de los lugares comunes de la adaptación a los tiempos y los valores culturales de una época los constituyen, por un lado, la curiosidad femenina castigada y por otro, el castigo por la desobediencia, dos rostros complementarios en el sistema de valores patriarcal con reminiscencias juedeocristianas. Pues para no ser curiosas, ni hacer preguntas o afirmaciones inoportunas, hay que ser obedientes. Hablamos de las máximas transmitidas en Barba Azul y Caperucita Roja.

Lo que verdaderamente interesa a receptor y protagonista, unidos en una sola alma, es vencer al depredador. Los Grimm no veían posible salvar a Caperucita si no era con un personaje masculino. No se les ocurrió la maga, porque está relacionada con la maldad en las leyendas artúricas, o la bruja, porque el peso católico de la Inquisición dejó su huella hasta hoy, tampoco los objetos maravillosos, propios de la tradición andaluza y otras tradiciones, pues no era corriente que un personaje femenino fuera portador de tales tesoros.

Uno de los cauces viables para dar solución a este personaje hubiese sido ubicarlo en los cuentos de marisabidillas y heroínas, donde por su astucia e inteligencia las protagonistas salen victoriosas, tal es el caso de Sherezade, que salva la vida gracias a su palabra y a su gusto por la lectura, transformando el alma de su depredador. No sólo evita su muerte sino la de su hermana pequeña y la de otras muchas mujeres. Es lugar común de la oralidad las ocasiones en que la palabra viva en forma de cuento salva de la muerte.

Cuentos sí, historias sí, mujeres que cuentan sí. Reinventando a Caperucita

Podría contarse la historia de Caperucita para poder advertir de la llegada de un depredador y cómo ser más listas que el hambre, cómo defenderse con astucia, y llegado el caso con fuerza si fuera necesario. Historias donde la mujer pueda mirarse a sí misma como poderosa, con la presencia de mujeres que se ayudan unas a otras.

Y antes de rechazar por completo los cuentos, sean o no de hadas, habría que seguir la pista de todos los elementos que conforman las historias, con el buen Diccionario de símbolos de Cirlot. Desnudar las historias de toda impronta cultural moralista y caduca, y confeccionar nuevos actos para las heroínas, no sólo en contextos educativos sino artísticos, por medio de la literatura o cualquier otro arte.

De este modo se encontraría la simbología que se refiere a la universalidad humana, y se vestiría de una nueva que representara de modo más humano a la mujer de hoy. Los cuentos hablan en clave y éstas pueden ser transmutadas, bendecidas y adaptadas a este mundo. Otros nuevos o renovados modelos pueden renacer también en el inconsciente de los seres del siglo XXV, esta vez inventados y decididos por la mujer hoy.