Reflexionar equivale a pensar; a buscar el modo más adecuado para llevar a cabo una determinada acción, así como resolver de la manera más eficaz cualquier problema al que debamos dar solución. La reflexión, además, no la utilizamos tan solo para encontrar la mejor salida ante determinadas situaciones a las que, inevitablemente, nos enfrentamos los seres humanos. También reflexionamos ante cuestiones que consideramos trascendentes y que, a priori, no poseen un carácter eminentemente práctico; es decir, podemos reflexionar sobre cuál es el mejor modo de cambiar la rueda de nuestro coche cuando nos enfrentamos a ello por primera vez, pero igualmente podemos reflexionar sobre nosotros mismos, sobre quiénes somos o sobre el sentido de la vida.

El aspecto que más nos aleja de cualquier otro ser vivo, precisamente, es la consciencia que tenemos respecto de nuestra existencia. Reflexionamos sobre la soledad, sobre el amor, sobre la permanente búsqueda de la libertad, aunque no seamos plenamente conscientes de lo que significa nada de eso, y quizá por eso seguimos reflexionando.

Reflexiones para reflexionar

A los que nos gusta la naturaleza, concretamente, ir a buscar setas, hemos aprendido que no conviene llevar bolsas de plástico; primero, porque las setas se estropean y segundo, porque al utilizar una cesta de mimbre, las esporas de las setas se van repartiendo por el bosque dando lugar a nuevas setas, convirtiéndonos de este modo en un agente activo del ciclo de la vida. Y así pasamos nosotros por la vida, repartiendo nuestras “esporas”, que es lo que va a quedar de nosotros cuando ya no estemos, porque llevar, no nos llevaremos nada, y el recuerdo y la huella de nuestro paso es lo único que está en nuestra mano dejar en este mundo. Tal como nos dice un dicho aborigen australiano: “Todos estamos de visita en este momento y lugar. Solo estamos de paso. Hemos venido a observar, aprender, crecer, amar y volver a casa”.

Historias para la reflexión

Mi madre vino un día a saludarme en la escuela. Yo me sentí avergonzado. Hice como si no la conociera y me marché corriendo. Al día siguiente, los compañeros de clase se burlaron de mí… ¡ahí llega el hijo de la tuerta! Desde entonces, no quise saber nada de ella. Ese mismo día, recuerdo haberle dicho que me había convertido en el hazmerreir de la clase y que preferiría que estuviera muerta. Me cegaba la ira y no era consciente de mis palabras. Mi madre no me respondió. Yo solo pensaba en salir cuanto antes de aquella casa, y en ello puse todo mi empeño. Acabé mis estudios, me casé pronto y me compré una casa fuera de la ciudad.

Pasaron los años, yo era feliz con mi familia y con todo lo que había logrado gracias a mi esfuerzo. Un día, vino mi madre de visita. No la había visto en muchos años y ella tan siquiera conocía a sus nietos. Mi hija pequeña abrió la puerta y escuché un grito. Se asustó, y gritaba: ¡una tuerta, que me quiere robar! Mis hijos mayores, al verla, se burlaron de ella. Yo agarré a mi madre por el brazo y le pedí que se fuera. Me había dado una infancia infeliz y ahora venía a asustar a mis hijos. Mi madre, por respuesta, solo pidió perdón y se excusó diciendo que tal vez se había equivocado de dirección. Y tal como vino, se alejó con paso cansado.

Con el transcurso de los días, sentí cómo me ganaba el remordimiento por haberme comportado así. Finalmente decidí volver al viejo barrio. La casa de mi infancia ya no era como la recordaba; se veía muy vieja y descuidada. Permanecí allí unos minutos, sin saber muy bien qué hacer, hasta que se me acercó una vecina, que me reconoció, para decirme que mi madre había fallecido unos días atrás. Entonces me entregó una carta que le había dado mi madre por si yo venía alguna vez:

Amado hijo, no te imaginas cuánto siento no haber podido ser la madre que deseabas. Lamento profundamente haberte hecho pasar tanto vergüenza cuando eras niño. Pero hay algo que nunca te conté; cuando eras muy pequeñito, tuviste un accidente grave y perdiste un ojo. Como no quería que se burlaran de ti, decidí darte el mío.

Hijo mío, me alegré mucho al saber que tienes una familia e hijos que, aunque no conozco, puedo verlos contigo, con el ojo que te regalé”.

Pensamientos y mensajes para reflexionar

Reflexionar implica buscar las mejores opciones, bien sea para llevar a término un objetivo en concreto o bien como ejercicio filosófico en busca de nuestro propio yo. En este último aspecto, es curiosa la facilidad con la que concluimos la necesidad de cambio; aunque siempre tendemos a pensar en que debe cambiar el mundo, cuando el primer paso consiste en implementar los cambios en nuestra propia persona. Por desgracia, el mundo está lleno de personas que dicen, pero escasean las que hacen. Y por otra parte, quienes hacen no necesitan decir nada, ya que decir demasiado sobra cuando se trata de amigos, porque ya lo saben, lo mismo si son enemigos, porque no te creen, e igualmente si son ignorantes o estúpidos, porque no lo entienden.

Reflexionar debería ser sinónimo de aprender y crecer. Estaría bien que cada uno de nosotros pudiera funcionar como un ordenador. Cuando escribes, como hago yo ahora, guardo los cambios en el momento en que estoy satisfecho con el resultado. Qué bien estaría que cada día, al irse a dormir, poder guardar los cambios producidos en nuestra vida y levantarse al día siguiente siendo un poco mejor.