En la España medieval el caballero se distinguía por su actividad y status dentro de la sociedad. Seguía un modelo de vida donde las armas siempre estaban presentes. La valentía, la lealtad y la defensa de la fe eran algunas de sus virtudes, que desarrollaban en un ambiente bélico contra los musulmanes que ocupaban el sur de la Península. Su función dentro de la sociedad estamental era la de defender en caso de peligro al resto de sus miembros, a “los que rezan”, los clérigos y a “los que trabajan”, los campesinos.

La ceremonia de caballería, la monarquía y la Iglesia

Nadie nacía caballero, sólo se llegaba a ser considerado como tal tras un complicado ceremonial. La investidura de armas de un caballero en la Edad Media europea era una ceremonia simbólica por medio de la cual se recibían los honores de la caballería, con todo lo que aquello significaba para la época.

Según el código de las “Sietes Partidas” del rey castellano Alfonso X el Sabio, este rito establece una relación de lealtad entre el padrino, que entrega al armas y el que las recibe. Se creaban, por tanto, unos lazos entre ambos que quedaban enmarcados dentro de las relaciones propias del mundo feudal.

La ceremonia de caballería que, en principio, tuvo un carácter militar, con la espada como protagonista, se fue sacralizando con el paso del tiempo y los poderes eclesiásticos se hicieron un lugar en ella, siendo una autoridad de la Iglesia la que a veces otorgaba las armas al candidato. Los reyes, para evitar el sometimiento a la Iglesia, decidieron en ocasiones investirse como caballeros ellos mismos, como es el caso de Fernando III el Santo, o bien simular el hecho de ser armados caballeros por una autoridad superior y no terrenal. En este aspecto y en la Castilla medieval, fue el apóstol Santiago el elegido como símbolo para estos rituales.

Santiago peregrino, Santiago caballero y Santiago soldado de Cristo

La figura del apóstol Santiago fue transformándose a lo largo de la Edad Media hispana. De apóstol evangelizador pasó a ser representado como peregrino cuando se proclamó el hallazgo de sus restos en Galicia, donde se erigió una catedral en su honor.

Su legendaria presencia ayudando al ejército cristiano contra los musulmanes en la batalla de Clavijo (884) le otorgó un carácter más guerrero, así como nuevas características de caballero y soldado de Cristo (“miles Christi”). La imagen de Santiago sobre su caballo blanco estuvo ampliamente representada en la Edad Media, convirtiéndose para toda la sociedad en el prototipo del caballero cristiano. Por ello fue escogido por algunos reyes como padrino de la ceremonia de caballería, lo que contribuyó a realzar el carácter sagrado de la monarquía.

Un caso que tenemos ampliamente documentado por las crónicas es el del rey Alfonso XI de Castilla, quien antes de su coronación en Burgos peregrinó a Compostela para ser armado caballero por el Apóstol. No es extraña esta decisión en un rey preocupado por hacer resurgir los ideales caballerescos, a lo que contribuyó fundando la Orden de Caballería de la Banda, a cuyos miembros se les exigía un comportamiento intachable, solidaridad con sus semejantes y lealtad al rey.

Santiago y la ceremonia de caballería de Alfonso XI de Castilla

Como parte de su estrategia de reafirmación del poder del rey en unos años en el que las revueltas nobiliarias le disputaban el poder, Alfonso XI decidió en 1332 coronarse y armarse caballero. Para ello peregrinó a pie desde el Monte del Gozo, situado a las afueras de Santiago, hasta la misma ciudad, en cuya catedral se realizaría la ceremonia.

En la catedral de Santiago permaneció despierto toda la noche velando las armas que estaban situadas sobre el altar. La ceremonia exigía que estuvieran todas ellas, de ahí que además de la espada, la crónica del monarca nos enumere la presencia del gambax (jubón acolchado), la loriga (armadura), los quixotes (protectores de las piernas), las canilleras, y los zapatos de fierro (Crónica de Alfonso XI”, BAE. Cap. XCIC). Estas mismas armas serían bendecidas después por el obispo de la ciudad, que ofreció también una misa a los que allí estaban, añadiendo con ello carácter litúrgico al ceremonial.

Tras recoger por sí mismo las armas sobre el altar, el rey fue armado caballero por una imagen del apóstol Santiago que le “dio la pescozada en el carriello”, es decir, un golpe con la mano en la cara o la cabeza. Con este gesto se confirmaba al aspirante y se le recordaban los juramentos realizados. Podía sustituirse por “el espaldarazo”, un golpe sobre el hombro con la espada, acción que estamos más acostumbrados a ver en las películas que recrean este rito.

Después de su investidura por el apóstol Santiago, Alfonso XI viajó a Burgos donde una vez coronado como rey de Castilla, ordenó caballeros a más de cien nobles, que a su vez, en sucesivas ceremonias, invistieron a otros muchos.

Santiago del espaldarazo en el Monasterio de las Huelgas de Burgos

En la capilla de Santiago de este monasterio burgalés se conserva una figura de madera policromada que representa al Apóstol. Es una estatua sedente, con un pellote -vestido largo hasta los pies- sobre un traje de manga larga y escarpes, o calzado puntiagudo habitual en las armaduras de la época. Su rostro, que mira de frente al espectador, tiene barba y el pelo largo. En su mano derecha lleva una espada, mientras que la izquierda se vuelve hacia arriba. Todo en ella parece ser obra de un artesano anónimo de los siglos XIII o XIV.

Era utilizada para investir como caballeros a los reyes de Castilla ya que su mano derecha con la espada es movible y esconde un curioso mecanismo para dar el “espaldarazo” sobre el hombro del aspirante.

Es una figura única que, según algunos estudiosos, se realizó expresamente para simular el hecho de que Santiago investía como caballeros a los reyes. Parece, sin embargo, que pese a tan sorprendente destino, se trata de una talla reutilizada que antes debió representar a la Virgen María con el Niño, ya que según Francisco Torrón Durán, uno de sus restauradores, la forma del cuerpo bajo las vestiduras y la estrechez de los hombros así lo indican. Este mismo investigador nos señala que el brazo derecho -el que porta la espada- es distinto del izquierdo y debió añadirse cuando se decidió reaprovechar la estatua para que fuera Santiago el que otorgara la investidura de armas a los reyes.

Así ocurrió también con Juan I de Castilla cuando en 1379 celebró su ceremonia de caballería y coronación en el monasterio de las Huelgas de Burgos, tal y como nos narra su cronista (“Crónica de Juan I”, BAE, vol. 68). Éste también nos relata cómo, tras la ceremonia, el rey armó a cien caballeros, costumbre que, como hemos visto, impuso su abuelo, Alfonso XI, tras ser investido por la figura del apóstol.

Pero no sólo los reyes utilizaron esta estatua de Santiago del espaldarazo para investirse de armas, ya que fue también empleada por los aspirantes a la Orden de Santiago.