En la sociedad occidental se ha venido produciendo en los últimos tiempos una progresiva desmitificación de la autoridad. Instituciones tan influyentes y representativas en cuanto a valores, ética y moralidad, como son la política, la religión o la ciencia y, en última instancia, también la familia, están perdiendo su estatus de credibilidad y respeto, dando paso a una visión cada vez más cínica de la realidad. Los valores que antaño eran aceptados y compartidos por una amplia mayoría, ahora ceden ante un cambio social que nadie parece adivinar hacia dónde se dirige. Un cambio en el que la violencia, la corrupción, el éxito a cualquier precio, el poder y la codicia de unos, convive con la impotencia, la apatía y la indiferencia de otros. Una sociedad donde el psicópata social se integra a la perfección.

Desconfianza y éxito material

La desconfianza en los mensajes tradicionales y las normas que han impartido las instituciones va en aumento, y apenas forman parte de los códigos éticos que antaño se transmitían a través de la educación. El nuevo aprendizaje conlleva una mirada desconfiada y desafiante del mundo, un aprendizaje que pone el punto de mira en el éxito material; una meta que ya parece conformar el único valor seguro.

El concepto de cambio permanente que parece haberse instaurado en el inconsciente colectivo, junto a la relatividad de los valores y la incitación continua que asocia el éxito a lo material, han terminado por situar el eje de la existencia en un individualismo excluyente que tiene cada vez menos en cuenta el valor y la preservación de la propia sociedad. Al despojar a la sociedad de los valores que la cohesionan, así como de cualquier contenido altruista y empático, es percibida como una lucha de todos contra todos.

Individualismo

El individualismo imperante hoy en día poco tiene que ver con la autoestima o con la potenciación de las facultades o valores del individuo. Y mucho menos aún con la solidaridad. Las metas a conseguir giran en torno al egocentrismo, un posicionamiento donde la valoración no se lleva a cabo desde una escala interna de valores, sino que esté basada en el juicio y los sentimientos que un determinado comportamiento inspira en los demás, todo ello siempre dentro de una lucha de poder donde no hay lugar para sentimientos como la empatía o la compasión.

La ausencia de valores sólidos, así como la perseverancia en alcanzar objetivos a largo plazo, han dado lugar al escepticismo y a la consecución de metas inmediatas para satisfacer un ego cada vez más exigente. Este, sin duda, es el escenario idóneo para que prospere el psicópata.

El arte y la psicopatía

Es indudable que la influencia que puede ejercer el arte en la población es muy notable. Quizá el ejemplo más reconocible está representado por el séptimo arte. Es difícil, no obstante, afirmar que las películas que exaltan la psicopatía tengan una relación directa con el aumento de psicópatas en el mundo. Tan difícil como que alguien que no tenga ningún rasgo psicopático pueda cruzar el umbral con el visionado de una película. Pero sí es posible que un individuo con estos rasgos pueda ver incentivadas sus inclinaciones y pasar a la acción. En este punto cabe preguntarse hasta qué punto es beneficioso que se realicen y promuevan este tipo de películas. Los defensores arguyen que solo reflejan la realidad, mientras que los detractores creen que exaltan un tipo de comportamiento que después es imitado por los psicópatas, con las consecuencias de todos conocidas. A este posicionamiento se une la afirmación de muchos psicópatas, que en sus declaraciones manifiestan haberse inspirado en una u otra película determinada.

Los medios de comunicación y, sobre todo, muchos programas basura que se emiten a todas horas en la televisión, también tienen mucho que ver con la crisis de valores y con la ideología del “todo vale” para alcanzar objetivos tan espurios como vergonzantes.

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