¿Por qué en una sociedad basada en el uso racional de la ciencia y la tecnología como la nuestra se sigue prestando atención a una figura mítica? ¿Cuál es la razón por la que la en una sociedad consumista se les dice a los niños que sus regalos de Navidad los ha traído Papá Noel? Estas y otra preguntas encuentran respuesta tras un análisis del mito de Santa Claus, como lo es el realizado por Eric R. Wolf, Santa Claus: notas para una representación colectiva.

La creación del mito.

Como tantos otros mitos norteamericanos, Santa Claus parece heredar sus notas básicas de cultura europea, si bien es cierto que, aun apuntando a cierto origen en las colonias holandesas de New Amsterdam, este parece incierto habida cuenta de los escasos colonos que los países bajos aportaron a las nuevas tierras. Todo parece apuntar a que el mito se fuera configurando durante el proceso embrionario de la cultura estadounidense que se diera alrededor de la Guerra de la Independencia y la promulgación de la Constitución de 1776.

Fue ya en el siglo XIX cuando Santa Claus empieza a tomar forma, sobre todo, a partir de las viñetas navideñas que, a partir de 1863, empezara a publicar el famoso caricaturista político Thomas Nast; estos dibujos, en los que ya se ha desprendido de toda reminiscencia holandesa, empezaron a difundirse de una forma más constante a partir de 1870 en las postales de los comerciantes neoyorquinos.

Buena conducta y laicidad.

Se ha intentado ver en Santa Claus una raíz claramente europea contrastando su figura con otras que surgen en tiempos navideños de otras culturas, lo cual queda desterrado al constituir éstos símbolos del libertinaje y la conducta desenfrenada. Figuras como la de Knecht Rupretht, el Obispillo o el Señor de Misrule, habituales en el norte de Europa fueron desapareciendo por las prohibiciones expresas de las autoridades protestantes. Papá Noel, sin embargo, no tiene entre sus actitudes la rebeldía: su fisonomía, la prominente barriga, y su carácter jovial reflejan la satisfacción con el orden social existente.

Aun con la distancia cultural existente, Santa Claus parece tener paralelismos con el bondadoso obispo San Nicolás presente en las tradiciones germánica y eslava o con los Reyes Magos, mitos en los que se premia la buena conducta de los niños con regalos. Sin embargo, tiene un origen y un marcado carácter laico; su figura no tiene nada que ver con ningún rito religioso. La laicidad de Santa Claus hace que en una sociedad secularizada, que da la espalada a la religión, en la que aquellos mitos parecen estar en retroceso, pueda pervivir este con todo su vigor.

Relaciones entre adultos y niños.

El mito de Santa Claus se incardina en un complejo cultural y educativo mayor, el de las relaciones entre el mundo de los adultos y el de los niños. Son precisamente los primeros en crear este mundo para sus descendientes, un mundo diferente que, a diferencia del suyo, en el que prima la competitividad y cada uno recibe en función de sus posibilidades económicas, deja de lado los postulados capitalistas. La escasez deja paso a la abundancia y cada niño, en lugar de recibir en función de sus posibilidades económicas, lo hace sobre sus necesidades y deseos.

Incluso el descubrimiento del fraude, de que Papá Noel no existe, cumple su función en la socialización del niño, pues acaba siendo un rito de paso desde la infancia a la ya madurez. La verdadera realidad es el mundo de los adultos quienes, no obstante, dilatan todo lo posible en el tiempo este mundo utópico para los niños de tal forma que también cumple una función para ellos: el sueño de la infancia perdida, el retorno a ese mundo en el que las leyes capitalistas de la competencia individual no existen.

  • La figura del abuelo.
Pero para hacer más “real” el mundo ficticio de los niños, Papa Noel no representa la figura del padre, cuyo rol social es el de mantener la disciplina de los hijos, sino la del abuelo, con la que el nieto encuentra siempre indulgencia y complicidad ante su conducta. Asimismo, su afable carácter y longeva edad, al margen de representar tal parentesco para el niño, contradice la agresividad y competitividad propias de la sociedad capitalista.

Moralidad del mercado.

Santa Claus es, por otro lado, el promotor de la moralidad que el niño, en su edad adulta, debe exhibir en sociedad. Los conceptos de bien y mal son aprendidos mediante el método de la recompensa bajo el condicional si te portas bien, te traeré el regalo que me pidas. Es más, el que Papá Noel sea viejo encaja a la perfección con esta idea pues, tradicionalmente, en nuestras sociedades se da un plus de sabiduría a las personas mayores debido a su experiencia vital.

No obstante, esta estructura del mito encierra otra más profunda pues el niño inconscientemente, con el fin de ver saciado su deseo de regalos, empieza a valorar económicamente, en función de los mismos, su propia conducta. Al fin y al cabo, el mundo ficticio creado para los niños es en el fondo un mercado en el que ellos ofertan su buena conducta para recibir la contraprestación deseada. Intuitivamente, los niños convierten su conducta en una mercancía; en definitiva, aprenden el funcionamiento del mundo de los adultos, de la sociedad capitalista.

Socialización. El fetichismo de la mercancía.

El de Santa Claus, junto con otro mitos análogos, juega un claro papel en nuestra sociedad, el de inculcar a los niños las reglas básicas de las misma mediante un juego ilusorio. Seguramente pueda parecer hipócrita por parte de los adultos el crear un mundo distinta para los niños, con diferentes reglas, pero que en el fondo transmite los valores de la sociedad de mercado, la valoración y la competencia. Como dice Eric Wolf, «en Santa Claus, este fetichismo de la mercancía ha encontrado una representación colectiva apropiada«.