Año 1981. Un guión adaptado de Herman Weigel, basado en el libro escrito por los periodistas Kai Hermann y Horst Rieck, titulado “Los niños de la estación del Zoo”, sirvió para dar forma a una de las películas más ásperas y crueles filmadas, con la droga como personaje de fondo: Yo, Cristina F.

Christiane F

Christiane Vera Felscherinow fue mundialmente conocida como Christiane F tras ser detenida en 1977 por consumo y tráfico de drogas. Tenía quince años. Durante su juicio, los periodistas anteriormente mencionados quedaron tan impresionados por sus testimonios que le propusieron una entrevista. Lo que parecía ser cosa de poca monta se prolongó durante meses, convirtiéndose en el libro “Wir kinder von Bahnhof Zoo”, cuyo éxito fue rotundo por todo el orbe.

La película

La conmoción causada por el drama vital de esta adolescente y sus amigos fue tal que el director de cine alemán Ulrich Edel decidió, inteligentemente, plasmar el contenido del escrito en una estremecedora producción cinematográfica. Nunca el mundo de las drogas -sobre todo las duras- había sido tratado de un modo tan cercano, tan familiar, tan de todos.

En verdad que es una película digna de verse despacio, con tranquilidad, desgranándola junto a una cervecita; puede que quienes pasen por esta sencilla experiencia se lo piensen más de dos veces cuando decidan flirtear con los estupefacientes.

La trama argumental

De primeras, la facilidad con que una adolescente de catorce años y su grupo de amigos se ven envueltos en el terrorífico universo de las drogas, da más que miedo. Que con doce años ya fumase cannabis y tomara pastillas que pueden ser adquiridas en una farmacia con receta médica, es de por sí chocante. Su padre, un fracasado incapaz de soportarse a sí mismo, maltrataba a su madre; se separaron. Ella se fue con la madre, la hermana, con el padre y la amante. Un hogar desestructurado...

Con trece años, Cristina conoció a Detlief en Sound, la discoteca berlinesa de moda por aquel entonces, convirtiéndose en novios. Y las preguntas no dejan de llegar: ¿qué hacían unos críos en una discoteca? ¿quién controlaba el acceso de unos menores de edad tan menores?

Todos eran culpables...

Heroína, vaya nombre...

“Heroína, ¡vaya nombre! ¿A quién has salvado tú? Quien te sigue es condenado a llenar un ataúd. ¡Tu sólo has corrompido a la juventud!” Así reza una estrofa de una conocida canción del grupo de rock oriundo de Aranda de Duero (Burgos, España) Zirrosis. El acceso de Cristina F a la heroína, primero inhalada, tras acudir a un concierto de David Bowie (este artista, obviamente, aparece en el film) y luego inyectada en los baños públicos de la famosa estación de metro del parque zoológico, la convirtió en cosa de un año en un ser infrahumano. Pero no era la única. El recinto estaba lleno de adolescentes de todas las edades, cuyos rostros demacrados mostraban el calvario por el que estaban pasando, a la espera de que algún adulto se les acercase para abusar poco a poco de todos ellos por unos marcos, dinero que empleaban en calmar el creciente e imparable mono. ¿Y qué pensaba la policía berlinesa de todo esto? ¿Acaso que eran niños haciendo cola para entrar al cine?

¿Escenas duras? Demasiadas... Ver en los baños a un junkie, unos años mayor que ella, saltarse a su habitáculo para robarle la jeringuilla e inyectarse en el cuello es sobrecogedor: si alguien se pincha en el cuello, es que ya no le quedan venas blandas donde poder hacerlo... Escuchar a Babsi, de la edad de Cristina, decirle “Hoy me he tirado a siete tíos en una hora. Siete.” y luego el modo con que Cristina se entera de la muerte de ésta leyendo un periódico... No es ningún honor ostentar el récord de convertirse en la persona más joven en morir a causa del caballo. O la de cómo ella y su novio dejan el consumo por primera vez; creen estar limpios pero vuelven a caer, y mucho más abajo. Es que no es solamente la dependencia física; la psicológica puede ser, si cabe, un enemigo mucho más poderoso. O la de como Cristina, desesperada, ofrece a su novio sus nudillos para que él mismo la pinche...

De la droga, a la prostitución...

Y de ahí, al inmenso vacío. Parece ser que tanto ella como los componentes de su grupo se prostituían, limitándose al principio a masturbaciones, sexo oral y demás; pero cuando una personita de catorce años necesita administrarse... ¡tres veces al día!, la droga vital (¿vital o letal?) que le permite seguir dispersa por el mundo como un zombie, cualquier connotación moral desaparece en el abismo más negro, profundo y atroz que un ser humano pueda ser capaz de imaginar... Hay que escribirlo con toda la rudeza que sea posible: Cristina se follaba a cualquier cosa, con tal de obtener su dosis.

Sólo catorce años...

Su actual realidad

Tiene 49 años. Ella nunca se desenganchó del todo. Meses después del estreno en pantalla del film que la encumbró, fue detenida en el apartamento de un traficante berlinés, y debió de ser por aquel entonces cuando confesó públicamente que aunque estuvo limpia durante un breve lapso de tiempo, jamás lo había dejado.

Christiane tuvo la suerte de sobrevivir, sí... en un infierno de medicamentos, sesiones de rehabilitación, terapias... Pasó varias veces por el hospital, ya que su estado de salud, hoy por hoy, es muy delicado; padece una variedad de hepatitis incurable, la C, y tiene graves problemas con el riego sanguíneo. Temporalmente, perdió la custodia de su hijo cuando, al mudarse a Holanda con su pareja de entonces, la policía alemana supo de estos hechos; después, le secuestró...

Seguramente, Christiane era una niña dulce y guapa, que habría tenido un futuro y un presente mucho más dignos si su vida, su ambiente familiar, su entorno social, hubiesen sido distintos. De eso podemos estar todos bien seguros.

Moraleja: tratemos de ser positivos

En un terreno yermo, que tal vez no sirva para su labranza y siembra, parece que siempre salen malas hierbas. Vegetación invasora, que incluso alberga nidos de insectos y alimañas inmundas. ¿Pero son realmente tan malos los zarzales? ¡Claro que no! Si un cardo florece ahí donde nada podría hacerlo, implica que ese suelo es más fértil de lo que creemos. Bastaría entonces con arrancarlos, cavar profundo e intentar plantar algo nuevo. Pues tal como un cardo es el primero en nacer en el baldío, Cristina abrió el camino a todos aquellos jóvenes frutos que, desde la más completa ignorancia e ingenuidad, todavía pueden evitar el caer presa de su peor y más implacable enemigo: la droga.

Los verdaderos culpables

Delincuentes de alto nivel que son tan ricos como naciones enteras y guardan a buen recaudo sus inmensas fortunas en paraísos fiscales, vendiendo y suministrando veneno... Fronteras sin la vigilancia adecuada. Políticos consentidores. Cuerpos de policía parcialmente corrompidos...

¿Merece la pena ser “legal”, “un tío guay”, “una pava enrollada” y pagar este precio tan alto, el de la propia vida, beneficiando gratuitamente a todos esos facinerosos? ¿Es eso ser “guay” y moderno?

Nunca será demasiado tarde para gritar ¡no a las drogas!.