El valor no se restringe únicamente a los actos heroicos ni a superar terribles adversidades; se demuestra en la actividad diaria, en la actitud que se adopta ante los retos que se presentan cada día. Pero no hay que confundir valentía con temeridad. Y es que el valor no radica en la ausencia de miedo, sino en la capacidad de actuar a pesar de él. Cobarde y valiente, entonces, no se diferencian por su percepción del miedo, que es la misma, sino por la predisposición a enfrentarlo o a rehuirlo. Quevedo ilustra la diferencia entre cobardes y valientes con una frase llena de ingenio: “El valiente tiene miedo del contrario; el cobarde de su propio temor”.

Actitudes frente al miedo

En un escenario donde se ponen en juego sus recursos para enfrentarse a un peligro, el ser humano puede reaccionar de distintas maneras. Valor, miedo y supervivencia se mezclan en una lucha que determina cual es la esencia de cada individuo.

Los mecanismos del miedo pueden resumirse en la huida, el ataque, la inmovilidad y la sumisión. Tanto la huida como el ataque están relacionados con el instinto de supervivencia. Según sea la situación a la que se enfrente el individuo puede convenir una u otra. Inmovilidad y sumisión, por lo general, no se corresponden al mencionado instinto de supervivencia; lo habitual es que se relacionen con la incapacidad de hacer frente a ciertas situaciones que nos sobrepasan.

La valentía de vivir

La vida es riesgo, y vencer el miedo, más allá de la supervivencia, refuerza la autoestima y conforma una de las claves más fiables para alcanzar la felicidad. Vencer el miedo, sin embargo, no es lo mismo que ignorarlo. Es necesaria la suficiente asertividad para encontrar el equilibrio justo entre lo que nos advierte el miedo y lo que nos demanda el valor.

Como suele decirse, el destino reparte las cartas. Es la pericia de cada cual al jugarlas lo que determinará el éxito personal. La valentía de vivir tiene mucho que ver con la capacidad de superar las adversidades y no quedarse estancado en el victimismo.

Asertividad

La asertividad se encuentra justo en el término medio de dos extremos: la pasividad y la agresividad. En su relación con el valor, ser asertivo significa dar con el punto justo que permite resolver cualquier problema o conflicto del modo más razonable y efectivo para nuestros intereses.

Ser asertivo tiene que ver con la adquisición de las habilidades sociales, sobre todo durante la infancia, que nos van a permitir escoger la opción más adecuada en cada momento, a pesar del miedo. La asertividad, entonces, es aquello que nos dota de la libertad de elección más allá de adversidades y condicionantes que nos alejan del objetivo.

El valor

La ausencia de valor puede que no impida alcanzar el éxito, pero si se alcanza a pesar de carecer de él, muy probablemente sea efímero o, en todo caso, insustancial.

La pasividad sólo puede ser vencida con algo tan simple y complicado como empezar. El pensamiento es necesario, pero quedarse atrapado dándole vueltas y más vueltas, sopesando siempre la parte negativa, sólo lleva a la inmovilidad. La acción es el primer e ineludible paso hacía el éxito personal; el verdadero éxito.

A veces el problema consiste en marcarse metas inalcanzables. La valentía se adquiere a pequeños pasos, cumpliendo objetivos realizables. Séneca escribió muy acertadamente: “No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas”.

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