Los seres humanos pertenecemos al grupo de animales denominados “homeotermos”. Los animales homeotermos mantienen una temperatura constante en su interior, a diferencia de los animales “poiquilotermos”, cuya temperatura depende en gran medida de la temperatura exterior. Este es el caso de los reptiles, por ejemplo, cuyo metabolismo se hace más lento cuando bajan las temperaturas (llegando en algunos casos a detenerse por completo), y más rápido cuando éstas suben. Es por eso por lo que tienen la costumbre de “tomar el sol”; lo que hacen en realidad es aumentar la velocidad de su metabolismo, permitiéndoles moverse con mayor rapidez y asimilar mejor los nutrientes.

En el caso de los animales homeotermos, esto no es necesario. Los animales homeotermos disponen de mecanismos que les permiten regular la temperatura interior, manteniéndola constante e independiente del exterior. En el caso de los Seres Humanos, esta temperatura oscila alrededor de los 37ºC, y los medios para mantenerla constante son variados: sudoración en verano, temblores cuando la temperatura desciende (típica “tiritona”), etc. Pero, ¿qué ocurre cuando estos mecanismos no son suficientes?

Congelación

Cuando la temperatura exterior es muy baja, el cuerpo reacciona de varias maneras para conservar el calor interior; en un primer momento, produce temblores que contribuyen a generar calor: es la típica “tiritona”, o “castañeteo de dientes”. Si la temperatura continúa descendiendo, impera el impulso de saltar y generar movimiento. Si, a pesar de todo, el cuerpo no recupera su temperatura normal, los vasos sanguíneos de las extremidades se contraen, evitando la llegada de sangre a las zonas menos “importantes”, y evitando así una pérdida de calor innecesaria. Es el clásico “entumecimiento de los miembros”, pudiendo llegar a presentar un tono azulado. Si la situación persiste, los tejidos que no están siendo regados por la sangre, pueden llegar a morir: es la “necrosis por congelación”. A largo plazo, el metabolismo se ralentiza y el individuo entra en coma.

El golpe de calor

El golpe de calor es el proceso contrario al de la congelación. Cuando las temperaturas exteriores son demasiado elevadas, la sudoración no basta para regular la temperatura, pudiendo alcanzarse valores superiores a los 37ºC. Cuando esto ocurre, es importante refrescar el cuerpo y conseguir una temperatura corporal normal. Si se llega a alcanzar los 40ºC, estaríamos hablando de un golpe de calor.

Los síntomas más frecuentes de un golpe de calor son debilidad, dolor de cabeza, mareo, calambres, náusea, vómitos… Al exceso de temperatura corporal hay que añadir una fuerte deshidratación, lo cual puede producir un fuerte shock e incluso la muerte (en un 70% de los casos si no se actúa con rapidez).

A diferencia de la “insolación”, un golpe de calor puede darse aunque la persona en cuestión se encuentre a la sombra.

Qué hacer frente a un golpe de calor

Si creemos estar sufriendo un golpe de calor, o vemos a alguien que está sufriendo uno, lo más importante es buscar un lugar fresco y tratar de bajar la temperatura del organismo. Un buen remedio es usar agua fresca, pero… ¡cuidado! No es bueno bajar la temperatura corporal de una manera brusca, o podríamos provocarle un síncope (vulgarmente conocido como “corte de digestión”). La manera de hacerlo es poco a poco, con agua templada al principio, y más fría después.

También es importante beber mucho líquido y reponer sales minerales (las bebidas isotónicas están muy recomendadas), aunque siempre a pequeños sorbos.

Finalmente, si los síntomas persisten, se impone un traslado urgente al hospital.

Cómo prevenir un golpe de calor

Por supuesto, siempre es mejor “prevenir que curar”. Para ello, es recomendable evitar exposiciones prolongadas al sol (no debemos olvidar, también, los peligros de los rayos UV), ni realizar actividades físicas en días extremadamente calurosos.