La mentira es un recurso de la inteligencia para solventar situaciones a las que, de otro modo, no le vemos salida. Cuando en la sinceridad no vemos la mejor opción, aparece la argucia para evitar lo que, suponemos, será un mal mayor que la propia mentira. La realidad es que en muchos casos no es así, y la postre, la mentira puede ser más devastadora que los hechos que pretendía encubrir.

La mentira, probablemente, es tan antigua como la propia historia del hombre. No es patrimonio de ninguna cultura en particular ni tampoco entiende de clases. De todos modos es cierto que según la procedencia de la mentira, solemos escandalizarnos más o menos. No es lo mismo la mentira inocente de un niño, que la promesa incumplida de un político.

La mentira y la política

Para muchas personas, político y mentira, son palabras sinónimas. Las generalizaciones siempre son injustas, pero parece que en política importa más el rendimiento en votos que la veracidad de lo que se puede estar diciendo. Prueba de ello lo encontramos en este último gobierno que hemos elegido. Desde que ocupó el poder ha incumplido una tras otra las promesas electorales que hizo en su momento. No es el único, por supuesto. Pero sí quizás es el más llamativo por la difícil situación por la que atravesamos en España.

Pero según parece, la mentira no tiene demasiado coste político, de ahí que se haya convertido en un elemento habitual en cualquier campaña electoral. Como decía George Orwell: “El lenguaje político está diseñado para que las mentiras suenen veraces y el homicidio respetable”.

El precio de la mentira

La mentira rompe un vínculo muy importante en cualquier relación; la confianza. Cuando alguien nos miente sabemos que difícilmente vamos a poder confiar de nuevo al 100% en esa persona. En cualquier tipo de relación la mentira supone un problema, pero en algunas más que otras. La mentira, en una relación sentimental, se interpreta como una traición, con la consiguiente pérdida de confianza.

El riesgo que entraña la mentira, en muchas ocasiones, es muy superior al hecho de enfrentarse con la verdad y con las consecuencias de la misma. Pero también es cierto que la mentira puede dar mucho rédito, al menos en el corto recorrido. Como dice un refrán judío: “Con la mentira puede irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver”.

La mentira, el engaño y el engañado

A veces, nosotros somos víctimas y culpables al mismo tiempo de la mentira. Como ya dijo J. W. Goethe: “Nunca nos engañan, nos engañamos a nosotros mismos”. Si bien es cierto que la confianza es un pilar fundamental en cualquier tipo de relación, eso no significa que debamos creer en alguien más allá de lo que indica la razón. Una persona te puede engañar una vez, y será culpa suya, pero si te engaña dos o más veces, entonces ya es culpa tuya.

La mentira surge como alternativa a la verdad, porque a veces la verdad es dolorosa y consideramos que un atajo, en forma de mentira, dará mejores resultados. Sin embargo hay algunos aspectos que deberíamos considerar antes de optar por la mentira. La verdad puede ser dolorosa, pero cura; la mentira, aunque al principio pase desapercibida, después será difícil justificarla, termina pudriéndose y acaba provocando mucho más dolor a largo plazo.

Mentiroso compulsivo

La mentira, por sí misma, no suele ser una buena elección en la mayoría de los casos. La mentira, en ocasiones, para algunas personas termina convirtiéndose en un problema adictivo. En este caso, y muchas veces sin motivo aparente, un individuo miente en circunstancias en las que no tiene mucho sentido hacerlo. Se trataría del mentiroso compulsivo.

La mentira se convierte en una suerte de instrumento con el que se pretende eludir la realidad para no enfrentarse a la verdad. Mentir, entonces, se convierte en un hábito de vida; una patología que genera problemas más o menos graves a quien la padece y a las personas de su entorno. En el fondo subyace un problema de falta de confianza o autoestima. Es un trastorno obsesivo cuyo manejo terapéutico no es fácil, ya que tras de sí, en muchas ocasiones suele ocultar otras conductas compulsivas relacionadas con el alcohol, el juego u otras adicciones.