La meta de todo ser humano es ser feliz. O al menos debería serlo. La felicidad, no obstante, no tiene una definición válida y aplicable a todos y cada uno de los seres humanos. Cada cual debe encontrar su propio camino con sus propios recursos, y para ello es básico el autoconocimiento, la autoestima y la consciencia de las propias necesidades.

A veces parece que la felicidad es una especie de quimera, algo inaprehensible que circula a nuestro alrededor sin que lleguemos nunca a alcanzarlo. Las bases desde las que partir hacia la conquista de la felicidad son múltiples. Destacan la autoestima, la asertividad, la personalidad, la honestidad o la inteligencia.

La felicidad; una cuestión de autoestima

La felicidad no es grandiosa ni deslumbrante, excepto en la imaginación del infeliz; la felicidad, por encima de otras consideraciones, es un estado de ánimo. Podría decirse que una persona feliz lo es porque quiere serlo; una certeza que descansa en la propia autoestima. Una persona feliz está a gusto consigo misma, sin que por ello deba confundirse con el egocentrismo; es alguien que mira en su interior y extrae una imagen positiva. Justo lo contrario sucede con la infelicidad, que es fruto de una autoimagen negativa. Como decía Jean Paul Sartre: “La felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace”.

Adversidad, asertividad y felicidad

La felicidad no sólo es ausencia de desdicha; tiene su precio y requiere esfuerzo, valentía y asertividad. La felicidad es lucha y también resistencia, en este caso resistencia al desánimo. La vida es una carrera de obstáculos, en ocasiones de grandes obstáculos que pueden parecer insalvables. La capacidad para superar todo tipo de adversidades, lo que se ha dado en llamar resiliencia, es una de las cualidades del carácter que más afianzan el acceso y la permanencia en un estado de felicidad.

La riqueza y la felicidad

De todos es conocida la célebre frase: “El dinero no da la felicidad”. Aún así, da la impresión que pocos son los convencidos por esta máxima, y más en los tiempos que corren, donde el dinero parece ser un elemento indispensable a la hora de medir el grado de felicidad alcanzado. Sin duda el dinero no da la felicidad, a lo sumo puede servir para disfrutarla, o incluso para diversificarla, a pesar de que en el fondo sea todo un convencionalismo tan aceptado como ilusorio. La felicidad siempre parte de lo interno, de la propia autoestima; algo que la riqueza, como elemento puramente externo, sólo puede alimentar de un modo muy indirecto.

Componentes de la felicidad

Si fuera posible desmenuzar la felicidad para averiguar de qué está compuesta, con toda seguridad destacarían dos elementos básicos. El primero de ellos sería la propia persona; una persona con alta autoestima, capaz de dar amor, honesta consigo misma y con los demás y, en definitiva, autorrealizada. La felicidad, entonces, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos. El segundo elemento es el proyecto vital en el que se cree por encima de todo; un proyecto que se mantiene firme y que reporta la ilusión sustentada por la perseverancia y que, a la postre, conduce al éxito y a la felicidad.

El amor y la felicidad

Si existe un factor que cualquier persona asocia sin dudarlo a la felicidad, este es el amor. Pero el amor también puede ser el artífice de la infelicidad más absoluta. Es evidente, entonces, que sin los elementos anteriormente descritos, el amor no garantiza la felicidad. Ahora bien; no es menos cierto que si se prescinde del amor tampoco hay felicidad posible. El amor es la fuerza que posibilita todos los caminos y que hace que la vida tenga sentido. Asertividad y autoestima, aplicados al amor, son una garantía para la felicidad.

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