La esperanza, probablemente, es uno de los conceptos básicos para el ser humano en su relación con el sentido de la existencia. El dicho “La esperanza es lo último que se pierde” hace alusión a esa expectativa irrenunciable que engloba las pequeñas y grandes cosas que sirven de sustento espiritual –y también material– para seguir avanzando en la vida y superar los obstáculos que esta nos presenta.

La esperanza y el futuro

Se suele decir –no sin razón– que el presente es lo único real, puesto que el pasado ya ha dejado de existir y el futuro es tan inaprehensible como incierto. Aún así, el presente perdería buena parte de su sentido –cuando no todo– si no llevara implícito el combustible de futuro que representa la esperanza.

La esperanza es una inversión de ilusiones y expectativas que debe trabajarse desde el presente. Solo así se dota de significado y se obtienen los frutos en el futuro. Y es que el futuro, por su propia incerteza, se convierte en una necesidad en la que debemos creer. Tal y como decía Martin Luther King: “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”.

Esperanza en positivo y esperanza en negativo

A pesar de sus significados positivos, la esperanza también puede tener connotaciones negativas. Para distinguir ambas interpretaciones deberíamos contemplar dos significados diferentes: esperanza activa y esperanza pasiva. Es indudable que hay muchas formas de verlo o interpretaciones que hacer al respecto. Aristóteles ve la vertiente activa cuando manifiesta: “La esperanza es el sueño del hombre despierto”, mientras que Nietzsche nos aporta una visión negativa de la esperanza: “La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”.

Lo expuesto hasta el momento, como es obvio, hace referencia a la esperanza activa; aquella en la que el individuo toma parte para lograr objetivos a medio o a largo plazo. La esperanza pasiva, como su propio nombre indica, se asemeja más al concepto de fe asociado a la inevitabilidad del destino, o bien a una esperanza inerte que se deposita en la casualidad, en la creencia de que las cosas que tengan que pasar ya pasarán o ya cambiarán sin necesidad de que tengamos que intervenir en ese cambio.

Se puede pensar que algún día nos puede tocar la lotería, ciertamente, pero sería muy iluso condicionar el futuro a expectativas tan poco realistas y, por supuesto, tan ajenas a la acción del individuo. La esperanza en positivo debe verse como una actitud, como un modo de ver la vida. Cuando la esperanza se deposita en cualquier situación deseada o deseable, la actitud no puede ser otra que la de trabajar hasta convertir este objetivo en una realidad que se plasme en un presente que, a medio o largo plazo, al final alcanzaremos; un objetivo en el que nunca se debe dejar de creer, por más que las circunstancias parezcan indicar lo contrario. Por eso se decía que la esperanza es una actitud, y también por eso Ovidio nos recuerda que: “La esperanza hace que agite el naufrago sus brazos en medio de las aguas, aún cuando no vea tierra por ningún lado”.

La esperanza inactiva, por el contrario, solo espera que las cosas ocurran, lo que a la postre es una actitud que solo conduce a la mediocridad, cuando no a la deriva.

La esperanza y la fe

En la fe también encontramos un claro componente de esperanza, de la misma forma que en la esperanza –entendida en su variante activa– también posee un componente de fe. Pero en este último caso se trata de fe en uno mismo. La esperanza que lleva implícita la fe, sin embargo, está depositada en aspectos externos y ajenos a la capacidad de la persona para incidir de alguna manera sobre ellos. Y aún así se dice que “la fe mueve montañas”.

La esperanza depositada en un ente superior se convierte en un bálsamo contra el vacío que muchas veces nos atenaza, en la necesidad de creer que existe alguien que vela de alguna forma por nosotros. Rabindanath Tagore, como es habitual en él, lo describe con gran acierto y belleza: “Cada criatura, al nacer, nos trae el mensaje de que Dios todavía no pierde la esperanza en los hombres”.

No cabe duda que la fe es un motor de primer orden en la vida de muchas personas. Es una esperanza depositada en un ente superior e incuestionable. Pero de la misma manera que esta actitud es válida para muchas personas, no es menos cierto que en buena medida se sustenta en el miedo y la incertidumbre, ya que estos son los parámetros sobre los que se han regido muchas religiones.

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