Las crisis epilépticas responden a un funcionamiento anormal de las neuronas, produciendo una descarga hipersincrónica o paroxística en un grupo de neuronas ubicadas en el córtex cerebral.

La epilepsia puede obedecer a un estrés transitorio o ser una manifestación de alguna lesión permanente. También pueden formar parte de un síndrome neurológico más amplio llamado síndrome epiléptico.

La prevalencia, por lo que respecta a la epilepsia crónica, es de 5 de cada mil habitantes, mientras que las crisis epilépticas superan los 50 casos por cada 100.000 habitantes y año. La prevalencia de la epilepsia también tiene que ver con la edad, así pues, es más frecuente que se produzca en los primeros años de vida y en la vejez.

Las crisis epilépticas ya se conocían desde la antigüedad, asociándose muchas veces a un suceso de carácter mágico o místico. Se conocen descripciones mesopotámicas de más de 3000 años. Hipócrates también se refirió a la epilepsia hace 2.500 años, rechazando que la intervención divina tuviera nada que ver con este trastorno. Pero tuvieron que transcurrir muchos siglos para que se produjera algún avance significativo. Hans Berger, en 1929, descubriría las señales eléctricas de la corteza cerebral mediante el novedoso electroencefalograma.

Hay muchos tipos de epilepsia, aunque se clasifican en dos grandes grupos: las generalizadas y focales. Ambas pueden ser idiopáticas, sintomáticas o criptogénicas. Las generalizadas se subdividen en ausencias simple y compleja, típica y atípica; mioclónicas, tónicas, clónicas, tónico-clónicas y atónicas. Las focales se subdividen en motoras, neurosensoriales, sensitivas, neurovegetativas o psíquicas.

¿Qué es la epilepsia?

La epilepsia es un trastorno que se origina por el incremento de la actividad eléctrica de las neuronas de ciertas zonas del cerebro. La consecuencia es que el individuo sufre una serie de convulsiones o movimientos incontrolables de forma repetitiva.

Los ataques de epilepsia deben ser recurrentes, es decir; para considerar a una persona como epiléptica los ataques han de producirse con cierta frecuencia. La epilepsia tiene su punto de partida en unos cambios breves y repentinos en el cerebro. Esta afección neurológica no es contagiosa ni se corresponde con ningún retraso mental, si bien es cierto que algunas personas con retraso mental pueden sufrir ataques epilépticos. Tampoco está originada por ninguna enfermedad, aunque sí puede constituirse como un síntoma en algunos trastornos.

Etiología de la epilepsia

Las causas de la epilepsia pueden estar relacionadas con múltiples factores, entre ellos los de tipo temporal, como la exposición a las drogas o la abstinencia, una fiebre alta o niveles anormales de sodio o glucosa en la sangre. En estos casos, si una vez eliminada la causa no aparecen nuevas convulsiones, se puede concluir que la persona no es epiléptica. En otros casos la epilepsia está relacionada con una lesión como un accidente cerebrovascular o un traumatismo craneal, provocando una excitación anormal del tejido cerebral. En otras ocasiones la epilepsia obedece a un problema hereditario.

Las convulsiones idiopáticas –sin origen conocido– suelen aparecer entre los 5 y los 20 años. No es extraño que existan antecedentes familiares de epilepsia. Se cree que puedan estar causadas por algún tipo de malformación o tumor cerebral o por enfermedades como la meningitis, la encefalitis u otras, aunque no hay suficiente investigación para afirmarlo.

A pesar del desconocimiento respecto de las causas que originan la epilepsia, se barajan las siguientes causas como posibles detonantes de convulsiones o crisis epilépticas:

  • Tumores o lesiones cerebrales.
  • Traumatismos.
  • Accidente cerebrovascular o ataque isquémico transitorio.
  • Abstinencia del alcohol, la cocaína u otras drogas en adictos.
  • Enfermedades susceptibles de deteriorar el cerebro.
  • Defectos cerebrales congénitos.
  • Demencia, tipo mal de Alzheimer.
  • Bajos niveles de sodio o azúcar.
  • Insuficiencia renal o hepática.
  • Ciertas enfermedades infecciosas como el SIDA, la encefalitis o la neurosífilis.

Sintomatología de la epilepsia

Los síntomas de la epilepsia abarcan un amplio espectro que tiene que ver con las partes del cerebro que se hallen comprometidas. Por lo general las convulsiones aparecen de súbito y duran algunos segundos, como mucho un minuto. Mientras se experimentan las crisis epilépticas hay una pérdida de conciencia, espasticidad muscular, bruxismo, contracciones e incluso incontinencia urinaria. Los síntomas más frecuentes son:

  • Cambio en el nivel de conciencia.
  • Emociones exacerbadas, como pánico o risa inexplicable.
  • Cambios en la visión.
  • Pérdidas del control muscular.
  • Somnolencia.
  • Cefalea.
  • Sabor entre amargo y metálico.
  • Espasmos.
  • Cansancio.
  • Rigidez.
  • Cambios en la sensibilidad de la piel.

Asociaciones para la epilepsia

Diagnóstico y tratamiento de las crisis epilépticas

El primer paso para un diagnóstico de la epilepsia efectivo se basará en el tipo de convulsión y en los síntomas asociados. Paralelamente se descartarán otras afecciones susceptibles de provocar convulsiones o síntomas parecidos. Acto seguido se pueden llevar a cabo los siguientes exámenes:

  • Exámenes de sangre.
  • Electroencefalografía.
  • Tomografía computarizada.
  • Punción lumbar.
Los fármacos son una opción a considerar. Actualmente se dispone de muchos medicamentos para el tratamiento de la epilepsia, cada uno apropiado para cada tipo de ataque. Las dosis deben ajustarse a la evolución del paciente. Puede decirse que el paciente estará curado cuando no se haya producido crisis alguna en un periodo superior a dos años.

Medicamentos para la epilepsia

Existen los que se podrían denominar como medicamentos tradicionales para tratar la epilepsia, como el fenobarbital, primidone, fenitoína, carbamazepina, etosuximida o clonazepam.

En la década de los 90 empezaron a surgir nuevos medicamentos más específicos y, en ocasiones, más seguros. Entre ellos están felbamato, topiramato, oxcarbazepina, lamotrigina, gabapentina, vigabatrina, tiagabina, zonisamida y levetiracetam.

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