Hay adjetivos, como es el caso del término orgulloso, donde resulta imprescindible conocer el contexto en que se ubica para saber si se trata de una virtud o bien de un defecto.

Al igual que sucede con otros rasgos del comportamiento humano, no es fácil delimitar la frontera que separa lo positivo de lo negativo.

Definición del orgullo

El primer paso para fijar donde se halla el punto de inflexión que separa lo beneficioso de lo perjudicial, pasa por determinar claramente cuál es la definición de orgullo.

Orgullo es una palabra que tiene dos claras acepciones en el diccionario. Aunque si nos ceñimos a la que aparece en el de la Real Academia de la Lengua: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”, sólo habría que contemplar su vertiente negativa. Otros diccionarios, sin embargo, también recogen su otra vertiente: Satisfacción personal que se experimenta por algo propio o relativo a uno mismo y que se considera valioso”. Igualmente habría que añadir el orgullo que se experimenta por los logros personales de una tercera persona con la que uno se siente especialmente vinculado, como pueden ser los hijos, la pareja o los amigos.

Orgullo en positivo

El orgullo, en su vertiente positiva, puede considerarse como sinónimo de autoestima. La diferencia, sutil aunque importante, radica en que la autoestima tiene que ver con la confianza, el valor y la importancia que se concede uno mismo, la satisfacción de estar en sintonía con la realidad que se aplica de un modo genérico y siempre positivo. Es decir, la autoestima tiene su reflejo en la suma de todo, mientras que el orgullo no es necesariamente positivo y su aplicación tiende a ser puntual. Uno no está orgulloso en general de todo; el orgullo se aplica a aspectos concretos. Se puede estar orgulloso de alguien o se puede estar orgulloso de haber alcanzado algún objetivo concreto, lo cual, a su vez, refuerza la autoestima, pero no es la autoestima en sí.

Orgullo en negativo: vanidad y soberbia

Si bien al hablar de los aspectos positivos no hay demasiados conceptos que puedan equipararse al orgullo, en el plano negativo la lista es bastante extensa. Así pues, el orgullo se asocia, en mayor o menor medida, con la soberbia, la vanidad, la arrogancia o el egoísmo, por citar algunos. El orgullo, en su relación con la soberbia, tiene sus raíces en el cristianismo, siendo uno de los siete pecados capitales. Pero la clave diferencial debería buscarse en que el orgullo se centra en la satisfacción respecto a un logro personal, mientras la soberbia se basa en que los supuestos logros personales están siempre por encima de los logros de los demás.

Lo que el orgullo esconde: autoestima malentendida

Detrás de un comportamiento orgulloso se ocultan rasgos que definen la personalidad del individuo. Claros antagonismos del orgullo serían la humildad, la vergüenza o la modestia que, por lo general, son considerados como virtudes. Sin embargo, un exceso de dichas cualidades también puede ser síntoma de incapacidad para lograr ciertos objetivos. Individuos que han sufrido graves problemas, sobre todo durante su infancia, suelen dar una imagen que encaja perfectamente con las mencionadas virtudes.

Asimismo, el orgullo puede contener sentimientos como la vulnerabilidad o la sensación de derrota al ceder ante argumentos superiores al nuestro. La intolerancia a reconocer errores o la superioridad de otros planteamientos que ponen en tela de juicio el nuestro, llevan a ciertos individuos a cerrarse en banda ante la posibilidad real o imaginaria de verse menospreciados o humillados. En este sentido el orgullo es una coraza que enmascara un sentimiento de inferioridad.

El orgullo en la voz de los sabios

Decía Esopo: “Nuestro carácter nos hace meternos en problemas, pero es nuestro orgullo el que nos mantiene en ellos”. El orgullo malentendido nos afianza en el error; reconocerlo, como se apuntaba antes, supone mostrarse vulnerable, inferior. “El orgullo detesta el orgullo en los demás”, dijo Benjamin Franklin, y es que el orgullo malentendido no puede ver más que competencia y peligro en otro orgullo. Carl Jung daba en la diana cuando afirmó que “a través del orgullo nos engañamos a nosotros mismos”. El autoengaño es una de las formas más humanas de protegerse contra el miedo a reconocer los errores y las consecuencias que dimanan de los mismos.

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