Aún hoy en día, en muchas partes del mundo, la frase “es un mundo de hombres” más que una oración es una realidad.

La disconformidad femenina se hizo notar en diferentes momentos a lo largo de la historia, pero fue a fines del siglo XIX y durante el siglo XX que el feminismo tomó especial protagonismo. Cuestionando lo que es una mujer, amenazaron lo que es un hombre, produciendo lo que se conoce por crisis de la masculinidad.

Conscientes de que las conductas acorde al género son construcciones socio-culturales entendiéndose en un tiempo y lugar determinado, las feministas tienen como meta resolver la desigualdad que sufren las mujeres.

¿Los opuestos se atraen?

A pesar de que las nociones de ser hombre y ser mujer varíen, hay una constante que los teóricos acuerdan, la oposición entre los géneros. Dado este antagonismo genérico, se condiciona a la mujer, según Magda Catalá, a concebirse desde un lugar negativo. Esto se sostiene esencialmente en la idiosincrasia patriarcal de las sociedades occidentales, en donde la mujer se subordina al hombre.

Como resultado, la conceptualización tradicional de ser mujer deriva de la anatomía femenina, que se diferencia de la masculina principalmente por su función reproductiva. Es por esto que los estereotipos femeninos incluyen a la maternidad, y en consecuencia su pertenencia al espacio privado, como un comportamiento natural de la mujer.

Una pregunta con muchas respuestas

Dada esta situación de desigualdad de las relaciones entre los sexos, surge un movimiento liderado por mujeres que cuestionan su rol en la sociedad, el feminismo. Esta corriente intenta responder a la pregunta ¿Qué es ser mujer?, a lo cual, a criterio de Rafael Montesinos, hay dos grandes teorías contemporáneas que cumplen con una respuesta:

Feminismo de la igualdad. Esta postura adopta a la masculinidad como ideal, y propone que las mujeres persigan los atributos y capacidades que le son concedidos y tornárlos en propios. Se puede decir que se ocupa más que nada de que las mujeres puedan gozar de las mismas oportunidades jurídicas, laborales y sociales que los hombres.

El problema del ‘feminismo de la igualdad’ es que no considera el hecho de que las relaciones sociales se establecen a partir de la diferencia sexual; ignorar esa disimilitud no hará que se llegue a la igualdad. Al suponer la idea de la masculinidad como superior, las tareas domésticas y la crianza de los hijos no tienen un lugar preponderante en esta formulación teórica. Una crítica que se le hace a esta teoría es que para llegar a la igualdad falta que el hombre se encargue de esas tareas en la misma medida que la mujer lo hace.

Feminismo de la diferencia. Esta perspectiva teórica tiene como eje el cambio cultural que identifica la posibilidad de establecer nuevas relaciones sociales entre los géneros. Reivindica lo femenino otorgando valoración al concepto de mujer en las sociedades occidentales.

Dentro del feminismo de la diferencia hay dos conceptos que son claves:

  • El esencialismo, que revaloriza lo femenino.
  • El reconocimiento de la diferencia sexual, que analiza las representaciones simbólicas asignadas a cada sexo en determinados contextos sociales.
Esta postura incluye posiciones extremas que llegan a idealizar lo femenino y criticar lo masculino, evidenciando la necesidad de poder conceptualizar una imagen de la mujer que no se base en los valores tradicionales pero que tampoco se identifique enteramente con lo masculino.

Hembrismo

El feminismo surgió en respuesta al machismo como un modo de llegar a la tan buscada igualdad. Sin embargo, hay ciertas posturas feministas que más que concentrarse en la equidad se focalizan en la denigración del hombre. Esta posición extremista resulta conflictiva porque no se preocupa por la igualdad, sino en que lo masculino se subordine a lo femenino.

Las nuevas generaciones

En las sociedades occidentales se percibe un gran cambio en lo que respecta a la mujer en el espacio público y privado. A medida que las relaciones entre los sexos se adaptan al cambiante entorno social y económico, se van generando nuevas simbologías que las siguientes generaciones adoptan como propias, asimilando la igualdad de género como una cuestión tan natural como antes lo era la subordinación femenina.