La desconfianza es un pariente cercano del miedo: de hecho es uno de sus principales fundamentos. Se trata de sentimiento con un alto contenido limitador, al igual que el miedo o la vergüenza, y que esconde la vulnerabilidad que habitualmente descansa en una baja autoestima.

La desconfianza también encierra una escasa capacidad asertiva para enfrentarse con éxito a cualquier situación cotidiana de interrelación social o sentimental. Igualmente, la desconfianza cierra las puertas a la posibilidad de ponerse en la piel de los demás; la empatía necesaria para comprender las motivaciones y los sentimientos de sus semejantes, lo que en definitiva se traduce en no ser capaz de confiar en ellos.

La confianza implica exponerse, abrirse, arriesgarse: situaciones todas ellas que rehúye sistemáticamente la persona desconfiada.

La confianza y sus límites

Se podría argumentar que la confianza depositada en los demás aporta seguridad y satisfacciones que redundan en un aumento de la felicidad. La confianza también es uno de los pilares básicos del amor. Efectivamente, la confianza es una herramienta esencial para el correcto desarrollo social y emocional de la persona, pero su manejo no debe hacerse sin dejar de observar ciertos límites que dicta el sentido común. No sería lógico confiar en todo el mundo ni hacerlo en cualquier circunstancia. Toda persona debe tener bien definido cuáles son sus límites y dejar claro, de un modo sutil pero también con firmeza, que no deben ser traspasados. Asertividad y confianza, en este caso, se convierten en los aliados más adecuados para encontrar el equilibrio en cualquier tipo de relación.

Desconfianza mutua: los celos

La confianza no es un valor que deba mantenerse a cualquier precio. Hay ocasiones en las que se puede perder la confianza en alguien porque existen motivos que lo justifican sobradamente. Ahora bien, cuando nos referimos al desconfiado patológico, las exigencias para mantener su confianza se tornan tan elevadas y suelen estar tan alejadas de la realidad de los hechos, que no es humanamente posible prever ni cubrir sus expectativas. Cualquier motivo es susceptible de disparar sus alertas, desencadenando una catarata de sospechas, la mayoría de veces sin fundamento racional ni objetivo, que reafirman su postura, encajándolos en su percepción distorsionada, y que lo atrincheran cada vez más en una posición inamovible. El paradigma de este proceder serían los celos.

Características de la desconfianza

Las personas desconfiadas muestran un manifiesto rechazo –en realidad miedo– a la hora de confiar o intimar con los demás. Su temor se fundamenta en que la información que puedan estar compartiendo termine siendo utilizada en su contra. En parecido sentido, tienen una marcada tendencia a no responder determinadas preguntas de un modo directo, generalmente aquellas de índole más personal, argumentando interiormente que esa información solo le compete a él –es peligroso compartirla–. Tanto las críticas como los halagos llevan al desconfiado a pensar que detrás se esconden intenciones ocultas o bien lo interpretan como una intrusión que pone en duda la capacidad para gestionar su propia vida.

Su repuesta más frecuente es el contraataque ante lo que perciben como una injerencia maliciosa, reaccionando con ira, suspicacia u hostilidad. Este comportamiento, a la postre, tiene unas consecuencias negativas tanto para sus relaciones como para ellos mismos, incluso para la salud.

La desconfianza, finalmente, es paradójicamente contagiosa, tal como reflexiona magistralmente la poeta estadounidense E. W. Wilcox: "Desconfía del hombre que te aconseja que desconfíes".

La desconfianza como patología

Todos los seres humanos son distintos, y la desconfianza, dentro de unos límites razonables, que incluyen preservar la intimidad y otros aspectos personales, forma parte de la personalidad sin que por ello haya que pensar que suponen una injerencia que pueda poner en peligro sus relaciones y su propia estabilidad emocional.

Pero en algunos casos la desconfianza también puede lindar la patología. Suelen estar asociados a otros desórdenes de la personalidad y tener su origen en situaciones altamente conflictivas y experiencias traumáticas que tuvieron lugar, por lo común, durante la infancia. El abuso sexual, los malos tratos, familias desestructuradas o cualquier tipo de negligencia experimentada por el menor, son caldo de cultivo para que surja un sentimiento de desconfianza que desemboque en patología.

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