El Informe de Ignacio del Bosque ha reavivado la polémica sobre el lenguaje no sexista en estos días. Este documento, publicado en El País, critica nueve guías de lenguaje no sexista que, según el académico de la lengua, han sido elaboradas sin la colaboración de lingüistas y violan las normas que establece la RAE, ya que no aceptan el uso genérico del masculino para designar a los dos sexos y abogan por añadir en cada frase el nombre femenino tras el masculino. Así, son muchos los que han salido en defensa de una mayor visibilidad de la mujer en el léxico del castellano, pero, ¿es necesario llegar a tales extremos?

Compañeros y compañeras

En los últimos años está siendo muy frecuente escuchar a políticos, profesores, sindicatos, etc. expresiones que aún hoy siguen sonando extrañas a oídos de quienes las escuchan por no estar acostumbrados a ellas. Compañeros y compañeras, ciudadanos y ciudadanas, alumnos y alumnas o todos y todas son sólo algunos ejemplos. Estas frases se han empezado a pronunciar para disipar la duda de si la mujer tenía o no presencia en cada una de las expresiones, pues se trata de luchar contra la desigualdad de género todavía existente en pleno siglo XXI. Sin embargo, ¿al cambiar las palabras se modificarán los hechos que realmente hacen que sufran las mujeres? ¿De verdad dejará de ser reflejada en carteles publicitarios como un objeto puramente sexual? Añadir sustantivos en los discursos y en el habla cotidiana no hará que éstas dejen de vivir abusos, violaciones o desigualdades laborales.

Luis Martín-Cabrera

En cuanto al Informe de Bosque, Luis Martín-Cabrera, profesor de Literatura y Estudios Culturales en la Universidad de California, ha opinado y comienza diciendo que por cambiar el lenguaje no se cambiarán automáticamente las condiciones de desigualdad entre hombres y mujeres, algo muy acertado, pero concluye afirmando que de ahí a inferir que el lenguaje sea neutral o que no tenga impacto alguno en la liberación de la mujer o de otros colectivos oprimidos va un largo trecho. Pero, como bien afirma Bosque, son muchas las mujeres que no se sienten discriminadas ni oprimidas por el hecho de que no se añada un nombre femenino tras el masculino, pues saben que en una expresión de ese tipo están incluidas y que, es más, se emplea sólo uno de los dos sustantivos para acortar o abreviar la frase en cualquier discurso, ponencia, o simplemente para expresarse en el día a día en un ambiente coloquial. Las críticas de que no se da visibilidad a la mujer son, en realidad, de una minoría de la población.

Ignacio del Bosque

Por otro lado, hay que tener en cuenta que el castellano no tiene un artículo neutro, como sí ocurre en otros idiomas, el alemán o el francés, entre otros, donde se emplea éste precisamente para referirse a ambos sexos, por lo que en castellano hay que utilizar uno de los dos para designarlos, sin que ello signifique que se discrimine al que no se nombra. Además, si de repente hay que cambiar las expresiones y pasar a mencionar a los dos sexos, al final no se va a poder hablar, como bien señala Bosque en el Informe, por si acaso alguien resulta ofendido, o al menos no sin haber pensado bien qué palabras emplear.

Yolanda Besteiro

Por su parte, la presidenta de Mujeres Progresistas, Yolanda Besteiro, ha asegurado que un estamento dirigido por hombres se resiste a avanzar y hace resistencias a los avances en la igualdad. ¿Realmente supone un avance tan desmesurado cambiar la forma de hablar? Mejor sería centrarse en luchar en otros frentes, como menciona Enriqueta Ortega en su blog empresas en español, diciendo que no pensaremos ni actuaremos mejor hablando peor. Cambiemos de verdad nuestra mentalidad y nuestra realidad y, de forma natural, se amoldará nuestro lenguaje.

Un caso parecido a este de lenguaje no sexista ocurrió hace algunos años, cuando algunos partidos políticos abogaban por que los cargos de ministros fuesen ocupados por mitad hombres y mitad mujeres. Sin embargo, ¿qué pasa si hay un hombre candidato a ministro más válido que otra mujer aspirante? O el caso contrario, ¿que haya más mujeres válidas que hombres para desempeñar determinados puestos? Ya que en este caso sería el hombre el que debería sentirse discriminado, por lo que en ninguna de las dos posibilidades se conseguiría tener a todos contentos. ¿De verdad se debe anteponer semejante sensibilidad hacia la discriminación de la mujer a la valía de las personas para ejercer un trabajo? Actuar así no hará que se apoye más o menos la igualdad de género, sino que se cometa el error de designar un cargo a alguien cuando haya otra persona más adecuada para el puesto.

Reglas gramaticales

Por otro lado, es posible que esta cuestión simplemente se solucione con un cambio en la conciencia de aquellos que piensan que se deben mencionar los dos nombres para dar visibilidad a la mujer, pues hay que tener en cuenta que, cuando se fijaron las reglas gramaticales, proceso que duró varios siglos, aunque no se pretendía resaltar a la mujer porque entonces ocupaba una situación secundaria en la sociedad, no quiere decir que hoy en día sea de la misma manera. Es más, por suerte ya ocurre todo lo contrario, pues éstas han ido ganando terreno en una lucha que ha ido recogiendo frutos, como el de 1931, cuando se logró el sufragio universal tan esperado gracias al esfuerzo de mujeres como Campoamor y de otros políticos del siglo XX. Con avances como aquel, ahora, décadas después, al fin desempeñan un papel tan destacado como el de los hombres, aunque nadie duda que todavía queden hechos importantes por perfeccionar y que muchas cosas deban seguir puliéndose para llegar a una plena igualdad. En cualquier caso, que se haya tardado tanto en llegar a esta situación en la que se valore a la mujer no ha sido culpa del idioma, sino de la mentalidad de cada época vivida durante la Historia.

Con todo ello, la discusión sobre la terminología sexista empieza a rozar seriamente lo absurdo, así que mejor será dedicarse a intentar que en los hechos cotidianos de la vida real se termine de una vez por todas con la discriminación de la mujer en cuanto a violencia de género o sueldos inferiores en la vida laboral, porque es lo verdaderamente importante. De esta manera se cumplirá el clásico más hechos y menos palabras, nunca mejor dicho ahora, y se cuidará el lenguaje que tantos años se lleva conservando, ya que, como ha afirmado Ángel Gabilondo en el programa de Juan Ramón Lucas de RNE el pasado 9 de marzo: Se empieza descuidando el lenguaje y bien pronto acaba descuidándose uno de sí mismo y de los demás.