Cuando las alertas informativas inundan las pantallas de las principales cadenas televisivas del mundo, un hecho de alto impacto está colapsando algún lugar del planeta. El tsunami de Asia en 2004, el terremoto de Haití y el de Chile en 2010 y Japón 2011, son claros ejemplos de catástrofes mediáticas. ¿Pero qué sucede cuando las réplicas cesan, el tiempo transcurre y los medios dejan de transmitir en vivo?

Sin duda, las secuelas de la catástrofe siguen impactando en la gente. Y comienzan a sentirse las réplicas psicológicas del terremoto, las que no registran los sismógrafos, pero que presentes en muchas personas estremecen la mente y reviven la tragedia.

La magnitud de un terremoto

Cuando un sismógrafo registra e informa sobre la intensidad epicentral y la magnitud de un sismo, anticipa cómo lo perciben las personas y los daños materiales que produce. La escala Ritcher representa la energía sísmica liberada en cada terremoto y permite así cuantificar el efecto mediante la asignación logarítmica arbitraria de un número.

A partir del grado 8 de esta medición, se considera un gran terremoto, tal como el ocurrido recientemente en Chile cuya magnitud exacta fue de 8.8 puntos. Es importante aclarar que la escala Ritcher es abierta y no tiene un límite máximo teórico.

Si bien este tipo de datos permiten anticipar una evaluación de los daños físicos, la cuestión varía sustancialmente de acuerdo al lugar y densidad población, a la hora de analizar los efectos producidos sobre las personas. Especialmente los emocionales y psicológicos.

Trastorno de estrés postraumático

El trastorno de estrés postraumático se manifiesta cuando la persona afectada revive con persistencia las sensaciones del evento ocurrido, en los casos descriptos, un tsunami o terremoto.

Es un trastorno que se detecta al observarse que el individuo incrementa su estado de vigilia y desinterés, modificando fuertemente su conducta. Pesadillas, hipervigilancia, irritabilidad, agresividad y aislamiento social son los primeros síntomas que pueden derivar en ataques de pánico, depresiones y conductas extremas si no reciben el tratamiento adecuado.

Por otra parte, los individuos afectados suelen manifestar también un conjunto de síntomas físicos como mareos, náuseas, palpitaciones, dolor de cabeza y desmayos, entre otros.

El shock emocional

Tras el terremoto que afectó a Haití y República Dominicana, las autoridades afirmaron que muchas personas quedaron emocionalmente afectadas y presentan actualmente trastornos del sueño y de ansiedad.

Tristeza, dolor, desconsuelo, ira, rabia, resentimiento y bloqueo emocional, acompañan las pérdidas materiales y humanas que experimenta una persona durante una catástrofe. Son sensaciones que constituyen el daño psicológico y persistente, más allá de las muertes, que ocasiona un terremoto o cataclismo.

El shock emocional dependerá de la forma de vida, historia y cultura de cada pueblo y de la asistencia y solvencia con las que enfrenten el problema las autoridades gubernamentales. Cada error y cada imponderable pueden generar nuevas situaciones conflictivas como por ejemplo saqueos, enfrentamientos y actos de violencia.

Este tipo de problemáticas se presentan cuando la ayuda humanitaria, por determinadas causas, no logra coordinar la llegada del abastecimiento de agua potable, alimentos y atención médica, a la población necesitada.

Los niños, ruptura de familias, abusos y organizaciones de trata

Las rupturas de los núcleos familiares es otra de las consecuencias indeseables de una catástrofe. En Tailandia se estima que más de 1.200 niños y niñas perdieron a sus padres en el tsunami. Sin la protección adecuada, se encuentran en estado de extrema vulnerabilidad y a merced de intereses oscuros.

Un hecho similar, sumado a la precariedad existente en materia de Derechos del Niño, se manifestó tras el terremoto de Haití. Veronique Taveau portavoz de UNICEF, manifestó la preocupación del organismo al respecto y señaló que tras la catástrofe “miles de niños vagabundean por las calles de Puerto Príncipe” y pueden ser víctimas de las redes de trata de personas. Reconoció además numerosos casos se abusos y de violencias sexuales contra menores.

El terremoto ocurrido en Perú en 2007, mantiene sus secuelas en el presente. Ante la imposibilidad de reconstruir la infraestructura educativa, muchos infantes reciben sus clases en improvisadas aulas de paja entrelazada; y su educación presta especial atención a contenidos como la higiene y cuidados sanitarios, para evitar la proliferación de enfermedades infectocontagiosas propias de estas situaciones.

Educación para la catástrofe

Mientras que un tsunami o un terremoto duran apenas unos minutos, las consecuencias económicas, humanas y psicológicas perduran en el tiempo.

Para minimizar, de alguna manera, los daños emocionales que ocasiona es necesario abordarlos con una política integral de salud y como medida preventiva, preparar a las poblaciones que se encuentran en regiones y situaciones de riesgo, con un protocolo de acción.

Valorizar antes que nada la vida humana, mantener la calma, entender lo que está sucediendo y su duración, conocer medidas de protección, de evacuación y practicar acciones solidarias si es posible; son medidas de utilidad en la relación de la persona con la catástrofe. Y serán el único paliativo inmediato del que se dispondrá.