Tradicionalmente, se ha promovido un polémico debate historiográfico sobre la existencia –o no– de la llamada prostitución sagrada en la Mesopotamia antigua, cuestión que ha llegado hasta nuestros días prácticamente con la misma virulencia que cuando se planteó originariamente, pero que presenta atisbos de una posible conclusión.

Prostitución sagrada

Las prostitutas sagradas, entendidas como una suerte de personal femenino, religioso y cultual adscrito a un templo y a la adoración de ciertas deidades mesopotámicas, cuyo ejercicio de la prostitución estaba socialmente regulado en base a su carácter sagrado -que las distinguía de las prostitutas corrientes profanas–, sigue siendo un tema vigente en la Historia del Próximo Oriente.

La existencia de prostitutas sagradas fue por primera vez formulada por el griego Heródoto (siglo V a.C.), quien en su primer libro de Historias recogía la que, en su opinión, era la costumbre más vergonzosa de los babilonios: toda mujer nativa debía mantener relaciones sexuales en el Templo de Afrodita con un desconocido al menos una vez en la vida, a cambio de una moneda que se convertía en sagrada.

Noticias similares de esta forma particular de prostitución religiosa institucionalizada en varios lugares del Próximo Oriente, aparecerán siglos después en otras fuentes, como Estrabón o el tratado De dea syria, en donde se narra cómo las mujeres de Byblos tenían que raparse la cabeza en señal de duelo ante la muerte de Adonis; aquéllas que rehusaban, debían obligatoriamente «vender su belleza» durante un día, a cambio de una moneda que ofrecerían a Afrodita, diosa griega equiparable a la Ishtar acadio-babilónica, Astarté semita-fenicia.

Algunos autores como Gernot Wilhelm (1990) otorgan cierta veracidad a estas descripciones, dada la existencia del llamado tidennutu ("esclavitud por deudas", institución muy popular en la Mesopotamia del II milenio a.C.), entendiéndola como potencial causa de prostitución. Algunas mujeres, convertidas en morosas, podrían ser condenadas legalmente a servidumbre y obligadas a prostituirse en beneficio del templo. Pero al entregarse o consagrarse a una deidad, participarían en cierto modo de su carácter sacrosanto, transformándose en "sagradas" bajo protección divina.

Sin embargo, numerosos orientalistas dudan sobre la fiabilidad de los datos recogidos por autores grecolatinos, pues posiblemente nunca presenciaron los hechos descritos, o simplemente volcarían sus propios prejuicios sobre fenómenos imposibles de verificar en su momento. Asimismo, otros opinan que ciertas descripciones de sacerdotisas participando como prostitutas en rituales tan importantes como el del Año Nuevo, están basadas en malas interpretaciones de ciertos términos lingüísticos y realidades pretéritas.

¿Sacerdotisas prostitutas?

Varias eran las mujeres entregadas al culto supuestamente definibles como «prostitutas sagradas». De la existencia de prostitutas laicas no hay duda, como prueba la terminología: en acadio harimtu, derivado del semítico «excluir»; en sumerio kar-kid, «la que hace los muelles», equivalente a nuestra expresión «la que hace la calle»,... La literatura mesopotámica cuenta asimismo con numerosas evidencias; por ejemplo, la famosa Shamhatu ("Voluptuosa muchacha en flor"), la harimtu de la Epopeya de Gilgamesh que fornicaría con el mostruoso Enkidu.

La traducción de shamhatu como "prostituta", cuando realmente significaba en el poema original “muchacha en flor", se perpetuó a través de textos tardíos que lo hicieron corresponder, equivocadamente, con harimtu. Tal identificación de términos que originariamente no implicaban un mismo significado, se debe a una incomprensión posterior de realidades muy diversas.

Las sacerdotisas frecuentemente descritas como «prostitutas sagradas» son, en acadio, la naditu y la qadishtu (en sumerio lu-kur y nu-gig). Naditu (“la sin cultivar”) y lu-kur eran tipos de mujeres consagradas a una divinidad, que tenían prohibido parir hijos (como su etimología indica: "incultivada") aunque podían casarse y adoptar niños. El esposo de una naditu debía evitar mantener con ella relaciones sexuales normales, bien tomando una concubina o bien recurriendo al anticonceptivo más eficaz conocido en Mesopotamia: el coito anal.

Una naditu disfrutaba de amplias libertades en su cultura: según el babilónico Código de Hammurabi, las nadiatu (plural de naditu) gozaban de independencia financiera, pudiendo ser propietarias de bienes materiales y esclavos, y conceder préstamos, síntomas de un status social preeminente.

Las únicas evidencias sobre las nadiatu como prostitutas vienen exclusivamente de fuentes tardías escasamente fiables, que probablemente atribuyeron relaciones de identificación entre términos que, en su sentido original, no eran sinonímicos, dando lugar a malentendidos. Según la crítica actual, los términos naditu y qadištu deben traducirse literalmente como «consagrada» o «sagrada». En esta traducción no hay razones para identificar a tales mujeres con prostitutas. Entonces, ¿por qué este empeño en considerarlas como tales?

Malentendidos intencionados

La hierós gámos ("boda sagrada") es la única manifestación abierta de sexualidad en la religión mesopotámica: durante la festividad religiosa del Año Nuevo, el rey sumerio, representando al dios Dumuzi, escenificaba relaciones sexuales con una mujer-sacerdotisa que representaba a la diosa lunar Inanna (Ishtar), simbolizando el enlace divino que permitiría la resurrección anual de la vida y la primavera.

Se desconocen los detalles exactos del ritual hierogámico, pero probablemente su tergiversación malintencionada es la base de toda creencia en prostituciones sacralizadas. Una deconstrucción tardía permitiría releer los roles de nadiatu y qadištu como "fulanas", pues no sería descabellado pensar que una ceremonia en donde se realizaba –o sólo se simulaba– un coito entre el rey/dios y la sacerdotisa/diosa fuera entendido a posteriori por otras culturas, como la judeocristiana, como una versión demonizada de liturgia, en una fase en que la sexualidad pasó de lo sagrado a lo profano debido a los prejuicios patriarcales de los sacerdotes de dichas culturas. Sobradamente sabido es que judíos y grecolatinos consideraban la sexualidad femenina como objeto de represión.

Aquellas culturas, con una moral distinta, y ansiosas por distinguirse radicalmente de los cultos precedentes (“paganos”, ergo demoníacos), reinterpretarían los rituales mesopotámicos bajo una óptica negativa, que rechazaba además a cualquier mujer con poder religioso, como las nadiatu, cuya independencia desafiaba al patriarcado.

Formas de denominar a las prostitutas en lenguas semíticas como la acadia, amtu, o hebrea, qedêsháh o amah, son perfectamente traducibles como “sierva”. Pues bien, en diversos textos bíblicos ambos términos son empleados igualmente para definir a las "siervas de Dios". ¿Se atreverían los rabinos a llamar a sus más devotas heroínas bíblicas “prostitutas”? Sin duda, no. La cuestión se plantea así como resultado de una campaña de difamación contra creencias anteriores, eficazmente ejecutada por judeocristianos y grecorromanos.