Catón el Viejo decía que “es bueno que los jóvenes poseídos por la lujuria vayan a los burdeles en vez de tener que molestar a las esposas de otros hombres”. Esto refleja el grado de aceptación que la prostitución tenía entre los romanos. Lo que es normal en una cultura en la que el amor era signo de debilidad, ridiculizado con asiduidad.

Era normal que un hombre casado frecuentase a otras mujeres y que a su vez las esposas recibiesen visitas en sus aposentos. Muchas parejas acomodadas contaban con esclavos de ambos sexos destinados exclusivamente al placer y al deleite de sus amos, incluyendo la sodomía; que era algo ampliamente aceptado, incluso sin aplicar un término que la identificara.

El matrimonio romano

La institución del matrimonio, de cuyos ritos desciende directamente el rito cristiano, era prácticamente un contrato, un mero negocio o transacción comercial destinada simplemente a la procreación de hijos legitimados por el mismo. Por esta razón las mujeres casadas encontraban a sus amantes entre los espadones, que eran hombres castrados en edad adulta y que normalmente eran esclavos o ejercían la prostitución, evitando así el quedar embarazadas.

El adulterio a su vez era considerado un crimen, pero solo cuando un hombre, sin importar su condición era sorprendido en la cama con una mujer casada. Irónicamente, el marido podía incluso matarlos a ella y a su amante legalmente. Por eso, la mujer casada debía mantener una serie de códigos sociales al recibir a sus visitantes, ya que es importante saber que para los romanos, el concepto del control, que hacía parte de lo que ellos denominaban la virtus (una especie de código de honor), era fundamental dentro de lo que era su moral.

Todo esto hacía que el negocio de la prostitución prosperase a la vez que lo hacían los ciudadanos de Roma. Los lupanares florecían en las cercanías del Circo Máximo, al igual que en el Esquilino y nunca hubo falta de clientela de ningún sexo.

En el lupanar

Existían en Roma tres tipos de prostitutas: la prostituta, que escogía a sus clientes cómo y cuando ella quería; la pala, que se vendía a quien pudiese pagar sus servicios sin poder elegir y la meretrix, que básicamente trabajaba por su cuenta. Eran obligadas a llevar vestidos cortos y oscuros, incluso a teñirse el pelo o a llevar pelucas amarillas para distinguirlas en la calle. La gran mayoría hacía parte de un registro y pagaban o se pagaba impuestos por ellas, pero había una gran parte que ejercía en negro. En cualquier lugar se las podía encontrar. Había prostitutas en los bosques a las afueras de las ciudades, al lado del camino, en las calles e incluso en los cementerios. Pero el lugar de preferencia eran los lupanares.

El lupanar (palabra que viene de lupa, que quiere decir prostituta, a la vez que loba) era semejante a lo que entenderíamos como un burdel. Estaban señalizados en la calle con un enorme falo sobre la calzada. Al entrar se encontraban varias celdas llamadas fornices (de donde proviene la palabra fornicar), con un nicho de piedra en donde se colocaba una especie de colchón. Las prostitutas solían ser esclavas de algún proxeneta, quien era quien recaudaba el dinero a la entrada. Estas esclavas sexuales eran educadas desde niñas en el arte de la conversación y las artes amatorias. Las más sofisticadas podrían ser comparadas a las geishas japonesas. Prácticamente realizaban cualquier tipo de servicios, aunque el más costoso, al ser para ellas el más repugnante, era la felación. Lo cual no es difícil de entender dadas las potenciales condiciones higiénicas de sus clientes.

Aparte de los lupanares, también existían rincones llamados Statio Cunnulingiorum, que era donde los prostitutos practicaban a las mujeres que pudiesen pagar sus servicios, el sexo oral. Actividad denigrante para el hombre libre romano.

El negocio del sexo

El proxenetismo era básicamente una profesión bien vista, ya que para los romanos, estos personajes eran los proveedores de un bien público y social. Estos compraban a las niñas desde muy pequeñas a sus familias, que no podían alimentarlas, para educarlas como prostitutas y comerciar con sus cuerpos. O eran traídas desde los confines del imperio para venderlas como elementos exóticos a los ricos ciudadanos de la metrópoli. Entre las mujeres patricias eran realmente apreciados los gladiadores y los atletas; y pagaban cantidades exorbitantes por ellos. Hay constancia incluso de que algunas ellas los preferían justo después del combate, cubiertos de sangre y sudor.

Está claro que en la Antigua Roma existía una gran libertad sexual que solo vino a terminar con el advenimiento del cristianismo. En el siglo V, el Imperio Romano proscribió la homosexualidad, al igual que las religiones que animaban a la prostitución; obviamente influenciado por la nueva religión oficial del estado.