
- Ribeyro en Renso Gonzales - Renso Gonzales
Este es uno de esos libros que marcan un antes y un después en la trayectoria, quizá en la vida de un lector. Ribeyro es un sentimental y agudo observador, poseedor de una prosa tan bella que deslumbra y una conciencia dolorosa del sinsentido de la vida que hace de sus observaciones leves, punzantes revelaciones.
Ribeyro y la tristeza
El autor peruano parece un espantapájaros: feo, enfermizo y flaco, narigudo y desgarbado, la ropa que lleva parece siempre prestada, de otra talla. Los ojos marrones son tristes y pequeños y mantiene, durante las escasas entrevistas que concedió, una sonrisa amable y generosa. Es enjuto y larguirucho como los cigarros que enciende sin apenas pausas. Tiene, en cierto sentido, el aspecto de lo que escribe: lacónico, es uno de los autores de escritura más solitaria que conozco y hace malabarismos con las palabras en el territorio de los grandes insatisfechos. Porque encierra tanta soledad, tanta desilusión, tanta torpeza, nos consuela de nuestra soledad, desilusión y torpeza.
Con respecto a su tristeza, el gran autor peruano matiza: “Yo no me considero realmente un pesimista, sino un escéptico optimista. Lo que puede parecer contradictorio. Esta especie, más numerosa de lo que se cree, conserva cierta esperanza secreta de que las cosas tal vez se arreglen”.
Ribeyro, el gran cuentista peruano del siglo XX
Reconocido hoy como extraordinario cuentista, durante su vida quedó, nos dice Bryce Echenique, injustamente postergado por ser un gran cuentista en un movimiento de novelistas: en la época en que se gesta el Boom hispanoamericano, cuando sus coetáneos están construyendo ambiciosas tramas argumentales y experimentando con la técnica narrativa, Ribeyro se crea un espacio marginal y relata con genio las pequeñas tragedias cotidianas. Se mueve en el cuento y en la escritura fragmentaria, de la que Prosas apátridas es un ejemplo, mejor que en la novela.
Yo le prefiero, sin embargo, en estas Prosas; admiro sus cuentos, en los que el dominio técnico le permite crear lo que requiere un cuento memorable: una historia redonda, cerrada, un noqueo al lector; le busco, sin embargo, en estas Prosas deslavazadas en las que le siento mucho más cálido y cercano, moviéndose entre la desolación y la alegría, frágil y contradictorio, porque es una cercana, humana compañía que narra con intensidad los pequeños desastres y desmenuza el mundo propio en palabras en las que uno se encuentra.
Los soñadores aplastados
“En una ocasión -nos dice Alonso Cueto-, descubrió que una prestigiosa editorial francesa había puesto la foto de un escritor angoleño apellidado Ribeiro, de raza negra, en uno de sus libros, y desistió de protestar ante el temor de ser catalogado como racista”. Un acontecimiento que bien hubiera podido protagonizar el personaje de uno de sus cuentos, en esas derrotas ordinarias que rápido se leen como evidencias de la íntima derrota vital del puñado de “soñadores aplastados” -de nuevo Cueto- que son sus personajes.
No hay en su prosa ambición de grandes logros y lo deseable se formula como mera evasión de la desgracia. En una entrevista, al ser inquirido por sus aspiraciones, Ribeyro dice: “Mis aspiraciones son muy banales: no enfermarme, no sufrir, no padecer hambre, pobreza (...)”. Mantiene el escritor al hablar una sonrisa cálida, y se hace innegable la timidez de este intelectual pudoroso que a veces tartamudeaba. Se expresa con modesta sencillez, como si no hubiera llegado a darse cuenta de su grandeza. Él lo dice así, interrogado sobre si ganar el Premio Rulfo era un masaje a su vanidad: “Sería un masaje a mi vanidad si yo tuviera vanidad”.
Tampoco hay en su narrativa historias de amor satisfecho o argumentos sofisticados: el meollo de la acción está en lo que sienten los personajes, que no se dice, y que el lector infiere por los acontecimientos que se narran. Sus frases precisas dan una falsa apariencia de simplicidad con la que va trazando un mundo literario íntimo, sincero y propio.
Influencias y afectos literarios
Decía Ribeyro que los autores que más contribuyeron a su formación intelectual fueron Salgari, Julio Verne o Alejandro Dumas, leídos en su primera juventud, y los autores franceses del XIX: Stendhal, Balzac, Maupassant (al que consideraba el mejor de los cuentistas) o Flaubert. Reconoce su admiración por Kafka, Joyce, Proust o Faulkner, pero dice que no influyeron con la misma intensidad en su creación, puesto que era ya mayor cuando los leyó y el mayor aprendizaje se produce en la intensidad de la adolescencia.
Prosas apátridas
Que nadie deje de leer esta obra, en la que encontrará una visión escéptica del mundo en la que las ilusiones, frágiles, perdidas o imposibles y un personaje condenado a buscar sin hallar nada que no sea la propia búsqueda, inmensa y preciosa, son regalo y compañía. La encontraréis en este link.
