Toda criatura esconde un reloj interno que cronometra su permanencia máxima sobre el planeta. En tanto algunos insectos tienen una existencia efímera, la tortuga y el esturión llegan a ser centenarios. Aunque el hombre moderno vive por término medio casi el cuádruple que un antiguo griego o romano, todavía está lejos de alcanzar la mítica barrera de los 120 años, la edad tope a la que nos permite llegar nuestro programa genético, según algunos expertos.

Los genes determinan nuestra existencia

Desde el punto de vista estrictamente biológico, el único objetivo de nuestra existencia es perpetuar la especie, y para ello la naturaleza otorga a los individuos el tiempo suficiente para que crezcan, encuentren pareja, se apareen y, en algunos casos, cuiden la prole.

Son precisamente los genes (nuestro material hereditario) el lugar donde se esconden las claves del envejecimiento y de la muerte. Desde la década de los sesenta, los científicos saben que el número de veces que una célula puede dividirse está determinado de manera muy precisa en cada especie. Las células de un perro, por ejemplo, nunca llegan a escindirse las cincuenta veces que lo hace una humana.

En los años noventa, varios equipos de investigadores descubrieron que cada vez que una célula de nuestro cuerpo se divide, los cromosomas pierden entre cinco y veinte fragmentos de una región situada a sus extremos. El resultado es una célula cada vez más chica, que en una determinada generación, al estar tan debilitada, fallece.

Es por ello, que en busca de la inmortalidad, muchos científicos estudian las células cancerosas, que pueden dividirse indefinidamente y nunca mueren. El propósito es hallar las claves para retrasar el envejecimiento humano y, por consiguiente, la muerte. También, hay otros científicos que creen que el secreto podría estar en ciertos animales, como las ranas, que en invierno se congelan y paralizan sus funciones vitales.

Quienes mueven los hilos hacia nuestra muerte, no son otros que nuestros genes. Nuestras células, al llegar a una cierta edad se “suicidan”. Actualmente los científicos estudian los genes “suicidas”, buscando darle una respuesta a la búsqueda de la juventud eterna. Ya se han realizado numerosos estudios, en los cuales se les suministró células madres a pacientes, con muy buenos resultados.

El deterioro del cuerpo

Una de las manifestaciones de la vejez en el ser humano, es el deterioro progresivo de los sistemas fisiológicos. Los órganos más afectados en la última etapa de la vida, son:

  • El cerebro se achica. Las neuronas del tálamo, la corteza y el cerebro se atrofian.
  • Se pierde la visión y capacidad de enfoque del ojo.
  • Decrece la respuesta inmunológica ante las infecciones.
  • Desciende la capacidad funcional del corazón (el bombeo de sangre se reduce en un tercio), los pulmones (el volumen torácico se reduce a la mitad) y los riñones (éstos filtran la mitad de la sangre).
  • Disminuye la sensibilidad del cuerpo para reaccionar a los cambios climáticos.
  • Aumenta notablemente el almacenamiento de grasa.
  • Desciende la capacidad sexual. La fertilidad se apaga.
  • Las arterias y las venas se endurecen (arterioesclerosis).
  • Se debilitan las articulaciones de los huesos.

La vida después de la muerte

La definición de muerte como cese del latido cardíaco ha quedado obsoleta. La moderna medicina acepta que la muerte es el paro total de la actividad cerebral.

Un individuo postrado puede estar muerto pese a que su corazón aún lata y sus pulmones respiren con soportes mecánicos artificiales e, incuso, aunque algunos grupos de neuronas de su cerebro sigan funcionando.

Comprender esta situación por parte de los familiares de los donantes de órganos es fundamental, ya que los cirujanos precisan mantener artificialmente al cuerpo respirando y con su corazón bombeando sangre. De esta manera, se evita que las células de los tejidos y órganos trasplantables se necrosen. Y solo así, la muerte se convierte en una fuente de vida.