Hacer una crítica de la primera producción creativa de Felipe Almendros no es tarea sencilla. No porque cueste tener una opinión sobre ella. Todo lo contrario: muy fácilmente se puede concluir que Pony boy (2006) es una pieza maestra, de sentimiento adolescente y de vivencias perturbadoras. Lo que ocurre aquí es algo muy distinto. La sensación de perplejidad que evoca la lectura de esta novela gráfica y, sobre todo, su cierre, deja sin palabras incluso al orador más experto. Aquí se verán los motivos.

Sobre el autor y la editorial del cómic

Felipe Almendros nació en Barcelona en el año 1976. Nunca obtuvo el título de ilustrador, hecho que no fue de impedimento a la hora de plasmar los esbozos de los personajes que dan cuerpo y forma a la novela gráfica Pony boy, impresa en blanco y negro. Almendros también trabajó en el sitio staway.com, en el cómic Save our souls y en las exposiciones gráficas Insane y ADN.

El lanzamiento de Pony boy, allá en la primera década del milenio, estuvo a cargo de Ediciones Glénat, que se encarga de vender ejemplares de títulos originales como Wolfskin, El teniente negro y Toda aquella caspa radioactiva. La opinión que la editorial le merece al dibujante y a su cómic es la siguiente: “Felipe Almendros debuta con esta novela gráfica en la que demuestra su gran sensibilidad como guionista y despliega un estilo expresionista y duro, de blancos y negros rotos, que retratan un descenso a los infiernos cotidianos de la adolescencia”.

Sinopsis y personajes de la novela gráfica

Álex es el protagonista de Pony boy. Se siente atormentado por la presencia recurrente de una pesadilla en la que dispara a una mujer, cuyo rostro se desfigura por el horror y la sorpresa de recibir una visita inesperada, visita que sería la última de su vida. Como el sueño es su peor enemigo, él constantemente compra pastillas para no dormir, que sencillamente consigue de Pau, su amigo ricachón.

Es el único hijo de su familia. Vive con su madre, sin figura paterna alguna. Lleva la vida de un adolescente promedio: forma parte de la cultura punk española, se siente incomprendido por su progenitora, se aísla en su propia apatía y busca refugio en la mutilación, el sexo, las drogas y el rock and roll. En la escuela no le va para nada bien ni recibe contención suficiente de los adultos que le rodean, quienes, al contrario, lo acercan cada vez más a sus propios demonios.

El rol que cumplen de los siguientes personajes es igual de interesante:

  • Pau: él es quien consigue a Álex las pastillas para no dormir y otros tipos de sustancias para nada legales. Es hijo de un matrimonio adinerado pero disfuncional; al igual que su amigo más cercano, está completamente perdido en la inercia de la vida: el no saber qué hacer en su tiempo libre lo lleva a focalizar su atención en los vicios del consumo de drogas y porno.
  • Cris: ella es una joven con poco amor propio, que busca obtener la atención de Álex, sin tener mucho éxito. Se mira al espejo y no le gusta lo que ve; quiere parecerse a las chicas que seducen a su objeto de deseo y cambia su apariencia para poder gustarle de una vez al Pony boy. Una serie de eventos desafortunados la harían presenciar un trágico final, donde vemos de qué manera interesante Almendros involucra a otras personas.
Ahora vale preguntarse si Álex habría buscado ayuda profesional. Porque si los sueños le causan pena y lo hacen dormir mal, flagelarse y sufrir día tras día, parecería lógico si uno se enterase que Almendros incorporó un psicólogo a la lista de personajes del cómic. Y claro que lo hizo: si bien no se le asignó un nombre, el terapeuta escolar y sus estrategias de manipulación cumplen un papel crucial en el desarrollo de la historia.

Crítica del cómic punk de España

Con una trama original y común a quienes alguna vez fueron adolescentes, Pony boy deja en evidencia que es una tira sin igual. De fácil lectura y con dibujos simpáticos, quien se topara con esta novela gráfica se encontraría con un protagonista moderno: un joven que vive a través de la pantalla de su televisión y de su ordenador, un chico que trata de evadir su entorno y sus pesadillas de una forma un tanto peculiar. Así, este cómic punk de España logra mantener el interés del lector a lo largo de sus ciento cuarenta páginas.

Desde el momento en que uno mira la portada del cómic, es notorio que los diseños y los esbozos de Felipe Almendros son sencillos y humildes. Es realmente asombrosa su capacidad por ilustrar los gestos de estos personajes, sus partes íntimas y sus drogodependencias. Sin duda, su facilidad por simplificar la imagen de Álex, sus amigos y los espacios que frecuentan, sin recurrir al uso de colores, ayudan a que el lector concentre su atención en una historia singular con la que cualquier persona podría identificarse.

Pero lo que Pony boy tiene de positivo también lo tiene de negativo, ya que, generalmente, este tipo de producciones tienen un alto coste de impresión y de elaboración, que no se corresponden en absoluto con el breve lapso de tiempo que a uno le lleva leer la tira del comienzo al fin (menos de dos horas). Es muy probable que el éxito de Pony boy, como el de otras novelas gráficas, haya sido limitado por este factor irremediable.