El poliovirus es el causante de la poliomielitis. Se trata de un virus que se contagia de persona a persona, bien sea con el contacto con el moco o la flema o bien a través de las heces. El virus se introduce por la nariz o la boca para reproducirse posteriormente en la garganta y el tracto intestinal. Luego de ser asimilado se traslada a la sangre y al sistema linfático. El periodo de incubación puede variar entre los cinco días y poco más de un mes. Las personas con mayor riesgo de contraer la enfermedad son aquellas que, no habiendo sido vacunadas, viajan a zonas donde haya algún brote de poliomielitis. En este caso, los más vulnerables serán los niños, los ancianos y las mujeres embarazadas.

Sintomatología de la poliomielitis

A la hora de hablar de los síntomas conviene diferenciar los tres tipos básicos en que se puede presentar la enfermedad, y que son la infección subclínica, la no paralítica y la paralítica. Por lo que respecta a la infección subclínica, que representa a más del 90% de los casos, los síntomas son:

Estos síntomas pueden durar tres días o incluso menos. En algunos casos es posible que no aparezca síntoma alguno.

Cuando la poliomielitis afecta al sistema nervioso central, entonces ya nos enfrentamos a síntomas que pueden revestir una mayor gravedad. La afectación meníngea asemeja algunos síntomas de la meningitis. En la poliomielitis no paralítica, los síntomas son:

  • Dolor de espalda.
  • Dolor en cuello, brazos, piernas y abdomen.
  • Dolor de cabeza.
  • Diarrea.
  • Irritabilidad.
  • Fiebre.
  • Rigidez muscular.
  • Erupciones en la piel.
  • Vómitos.
  • Espasmos.
Los síntomas pueden prolongarse entre una y dos semanas. Por lo que respecta a la poliomielitis paralítica, los síntomas más significativos son:

  • Fiebre (que aparece días antes que el resto de síntomas).
  • Pérdida de sensibilidad.
  • Dificultad para respirar.
  • Estreñimiento.
  • Dolor de cabeza.
  • Irritabilidad.
  • Dificultades al orinar.
  • Espasmos musculares.
  • Babeo.
  • Dificultad al deglutir.
  • Distensión abdominal.
  • Dolor muscular.
  • Debilidad muscular que afecta a un lado, o a uno más que a otro.
  • Rigidez en la nuca y la espalda.
  • Sensibilidad al tacto.

Diagnóstico y tratamiento de la poliomielitis

Para diagnosticar la poliomielitis se efectúan una serie de exámenes que abarcan los niveles de anticuerpos del virus de la polio, cultivos virales y análisis de LCR.

El propósito del tratamiento se centra en el control de los síntomas. Los casos más graves pueden requerir ayuda respiratoria. Según sea la gravedad de los síntomas se pueden utilizar:

  • Antibióticos (cuando haya complicaciones como una infección urinaria).
  • Calor húmedo para el dolor y los espasmos.
  • Fisioterapia.
  • Analgésicos.
El pronóstico de la enfermedad varía en función del tipo de poliomielitis y de la zona afectada. Cuando no están afectados el cerebro ni la médula espinal, tal y como sucede en la mayoría de casos, hay muchas posibilidades de que la recuperación sea completa. En caso contrario los síntomas pueden ser graves, con la posibilidad de complicaciones como:

  • Neumonía.
  • Falta de movimiento.
  • Cálculos renales.
  • Cor pulmonale.
  • Miocarditis.
  • Hipertensión arterial.
  • Parálisis, discapacidad o deformidad.
  • Íleo paralítico.
  • Edema pulmonar.
  • Infecciones urinarias.
  • Shock.

Prevención y vacuna de la poliomielitis

La medida preventiva más utilizada y más efectiva consiste en administrar la oportuna vacuna contra la poliomielitis. La efectividad supera el 90%. En la actualidad, gracias a las investigaciones y a las posteriores vacunas que se han desarrollado, la poliomielitis se ha reducido en gran medida, siendo erradicada en muchos países, donde se administra de modo rutinario.

Existen dos tipos de vacuna que se emplean en todo el mundo. En 1955 Jonas Salk presentaba una vacuna contra la poliomielitis que consiste en una dosis inyectada de polivirus inactivados o muertos. Albert Sabin, en 1962, desarrolló una segunda vacuna, en este caso oral, utilizando polivirus atenuados. Con ambas vacunas la incidencia de esta enfermedad ha descendido enormemente. De los 350.000 casos estimados para el año 1988 se ha pasado a menos de 2.000 en el año 2006.

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