Cuando surgió el Cristianismo, la monogamia constituía la forma de matrimonio característica del Imperio Romano, y por tanto, fue la forma elegida naturalmente por una Iglesia especialmente interesada en controlar y limitar la sexualidad (y las actividades sexuales) de las personas. Este elemento básico de la construcción del concepto occidental del matrimonio y la pareja, sin embargo, chocaría desde pronto con las costumbres sexuales y tradiciones matrimoniales de otros pueblos de la Antigüedad Tardía, como los célticos, los escandinavos y los germánicos, y dentro de éstos, de forma aún más evidente, entre sus hombres ricos y poderosos.

Poligamia en la temprana Edad Media

Los jefes irlandeses, por ejemplo, gozaban de un régimen de poliginia, basada en un sistema de relaciones múltiples, en diversos grados, desde el concubinato y el matrimonio solemne hasta los encuentros amorosos ocasionales, a veces incluso incestuosos -algo bien probado, a tenor de lo visto en el sínodo reformista de Cashel (1101), en donde se atacó directamente el incesto, si bien no se tocaron entonces otros temas difíciles, como el divorcio y el concubinato-; por su parte, en el mundo germánico los reyes también disfrutaron de diversos "grados" de matrimonio y concubinato; varios monarcas francos merovingios, por ejemplo, tuvieron dos o tres mujeres a la vez, caso de Clotario I, Chilperico I y Dagoberto, entre otros.

La verdad es que, a principios de la Edad Media, individuos poderosos como estos reyes tenían bastante fácil encontrar excusas morales para tener una o varias mujeres bajo su techo (y en su lecho); les bastaba con echar mano de ciertos pasajes bíblicos, como aquél en donde se citan las setecientas mujeres y trescientas concubinas de Salomón, para disponer de justificaciones más que válidas para sus prácticas poligámicas .

Asimismo, algunos hombres sencillos pudieron permitirse ocasionalmente el lujo de tener más de una mujer, no tanto por un deseo de disfrutar de nuevos goces carnales (que también), sino fundamentalmente por el peso de determinados condicionantes socioeconómicos y familiares (ayuda en las tareas domésticas, procreación, cuidados maternos, etc.). Al respecto, una hagiografía cuenta la historia de un hombre humilde que tomó a una segunda esposa mientras la primera, que se había quedado ciega e inútil, aún seguía viva; cabe suponer que aquella nueva unión, si bien no consistió probablemente en un matrimonio propiamente dicho, sí supondría alguna forma de relación, que, en el ámbito germánico, era admitida socialmente (ya que no cristianamente), aunque sin caer dentro del marco de ese concepto impreciso y desfasado de Friedelehe, que acuñó Meyers hacia 1920, difícilmente traducible como "unión entre amantes".

A pesar de toda constatación de la existencia de casos de poligamia entre las clases humildes de la Europa altomedieval, se debe afirmar que fue más bien cosa rara, una práctica infrecuente y fundamentalmente circunstancial; al menos lo que entenderíamos, por así decirlo, como "poligamia legal" (por ser costumbre antigua, pre-cristiana). Otra cosa bien distinta son los amantes y romances adúlteros, que siempre existieron -y seguirán existiendo- en todas las clases sociales, con o sin beneplácito del clero, o de los/las esposos/as legítimos/as (dicho sea de paso).

De la poligamia a la monogamia secuencial

En el centro de la Cristiandad germánica la poligamia empezó, no obstante, a perder fuerza ya en el siglo VIII. Pipino el Breve, considerado el fundador de la dinastía carolingia, fue también, en cierto modo, el instaurador en su familia de una especie de "nueva forma" de entender el matrimonio.

Si su abuelo, Pipino de Heristal, y su padre, Carlos Martel, habían sido polígamos declarados -cada uno tuvo dos mujeres al mismo tiempo, y al menos una amante conocida-, Pipino debió sorprender a todos cuando pareció decantarse por una especie de monogamia secuencial o "seriada", conformándose con tener una sola esposa oficial cada vez. Esta práctica, que pudo parecer extravagante o absurda en la corte de los últimos merovingios, sin embargo le valdría para estrechar lazos de amistad más firmes con el Papado, contentando a una Iglesia cuyo respaldo necesitaba para obtener la ansiada aprobación y legitimación espiritual de su mandato (recordemos que Pipino era mayordomo, por tanto, carente de sangre real).

Carlomagno seguiría la línea marcada por su padre, para evitarse conflictos con el discurso de la Iglesia sobre el matrimonio monogámico y la prohibición del divorcio; algo doblemente lógico desde que los carolingios se convirtieran en los protectores oficiales de los Estados Pontificios. Así, si bien estuvo casado cuatro veces a lo largo de su vida, Carlomagno se limitaría a tener una sola mujer oficial cada vez (no obstante tuviera también, paralelamente, varias concubinas e hijos ilegítimos, y no se cortara un pelo en terminar un matrimonio cuando así le convino).

La monogamia secuencial se convirtió en la política oficial de los reyes carolingios y acabó popularizándose, para poco después extenderse no sólo entre sus sucesores, como los Capetos de Francia y los Otónidas alemanes, sino también entre las demás casas reales europeas, entre los siglos IX y XI. A las alturas del siglo XIII, ya no quedaban apenas en el Occidente medieval huellas de poligamia entre las clases privilegiadas, pudiendo decirse que la Iglesia había tenido éxito en su empeño por implantar la monogamia como única forma jurídicamente legal de unión hombre-mujer, la única "admitida y querida por Dios".

Límites de un triunfo

Pero ese triunfo, aunque significativo, fue sólo relativo o parcial. Durante algún tiempo quedarían pervivencias de la poligamia primitiva, sobre todo en las regiones periféricas de Europa; por ejemplo, entre los vikingos, frecuentemente reacios a abandonar sus hábitos tradicionales, incluso tras su conversión al Cristianismo; o en las regiones "salvajes" del Este, donde se dio el caso célebre, incluso jocoso, de Ladislao IV el Cumano, rey de Hungría desde 1272, que se trajo a palacio a sus tres esposas "a la manera cumana", para disgusto de su esposa occidental, la francesa Isabel de Anjou. Además, si bien no todos, muchos seglares poderosos seguirían el ejemplo de Carlomagno, casándose sucesivamente con diversas mujeres pero manteniendo concubinas entre cada matrimonio (o incluso durante alguno que otro).