Es obvio que los cambios socioeconómicos ocurridos a principios del siglo XIX influyeron en la visión romántica del vampirismo. Las cuestiones de clase y de género afectan tanto a los hombres mortales como a los vampiros y femmes fatales de las obras de los poetas románticos.

La Revolución Francesa y los poetas románticos

La Revolución Francesa supuso la caída de la clase dominante aristocrática y el inicio de una cadena natural de acontecimientos que afectó a toda Europa. El antiguo régimen se convirtió, en su imaginario, en un paraíso perdido. Esto explica por qué algunos poetas románticos, nacidos en las clases altas, que estaban deseosos de verse a sí mismos como aristócratas, cambiaron de punto de vista al ser expulsados de su ambiente confortable y tener que afrontar este cambio en su destino. Byron y Shelley son los máximos representantes de este colectivo de escritores.

Byron y Shelley

Byron salió de Inglaterra, dejando un rastro de escándalo por su conducta incivil y desde entonces se vería como un exiliado expatriado. Shelley fue expulsado de Oxford y cayó en desgracia. Siempre luchó por conciliar su origen con sus ideas políticas: "Shelley no encontraba la manera de resolver sus propias opiniones contradictorias" (Cronin, 2000).

El ángel caído de los poetas románticos

El icono del aristócrata caído se basa en un personaje venerado por los poetas románticos: el ángel caído. El “Satanás” de Milton se convirtió en la figura rebelde preferida entre los poetas románticos. Milton repite la idea medieval de un horrible Satanás y envuelve su figura con la grandeza épica de un ángel caído en desgracia. Muchos de los héroes de Byron compartían con este Satanás la caída de la condición de gracia.

El vampirismo y los poetas románticos

Hay otro factor social tras la formación del mito romántico del vampiro. A principios del siglo XIX se establecieron las bases de lo que luego se convertiría en una sociedad de masas. La expansión de la prensa y del público lector produciría una mayor difusión de las obras y movimientos literarios, que además propició el auge del género gótico. Byron experimentó la sensación de convertirse en un proto-best-seller. La unificación del gusto literario y las preferencias fueron un correlato de este cambio social y no podía permanecer ajeno a la noción romántica del gusto individual y la sensibilidad original. Con el fin de luchar contra esta fuerza unificadora, los poetas románticos reverenciaban a los que vivían al margen de la sociedad y estaban libres de las preocupaciones comunes de la gente de bien. Muchos de los héroes de Byron despreciaban a las masas, a las que observaban desde una posición de superioridad, a pesar de que caminaban entre ellos. Pero por su naturaleza lograban no contaminarse, en una especie de exilio en el mundo, similar al de un fantasma o un espíritu maldito.

Esta auto-definición de Manfred es verdaderamente reveladora:

"Desde mi juventud hasta ahora

mi espíritu no ha caminado con las almas de los hombres.

Tampoco he mirado en la tierra con ojos humanos;

su sed de ambición no era mía,

el objetivo de su existencia no era mío;

mis alegrías, mis penas, mis pasiones y mis poderes

me convirtieron en un extraño, aunque yo tenía su misma forma,

no tenía simpatía con la respiración de la carne".

(Manfred II, ii, 50-58)

Más vampiros románticos

No sólo las obras de Byron se las ingeniaron para producir la imagen moderna del vampiro en relación con el arquetipo de hombre seductor, sino también algunos sucesos extraños en su vida y la vida de quienes lo rodeaban ejercieron una influencia decisiva. Un estudio crítico compuesto por una antología de cuentos de vampiros (Conde de Siruela, 2001) atribuye a la novela corta “El vampiro” (1819) de John William Polidori la siguiente afirmación "es una imagen clásica del vampiro literario como aristócrata vanidoso, frío y enigmático, pero, sobre todo, perverso y fascinante para las mujeres".

Reuniones en Villa Diodati: Mary Shelley idea Frankenstein

Mario Praz, en la misma línea, también afirma que Byron era "en gran parte responsable de la moda del vampirismo". Polidori era el médico desafortunado y asistente personal de Lord Byron que murió medio loco a los 25. La idea de la historia publicada en 1819 surgió de las famosas reuniones en Villa Diodati en junio 1816 entre Byron, Percy Shelley, Mary Shelley y Polidori, en las que probablemente fueran las veladas más fructíferas para la ficción fantástica en la historia de la literatura moderna.

Con el fin de pasar las noches de tormenta y con la ambientación que les proporcionaba el entorno de la Villa Diodati, accedieron en escribir cada uno una historia de terror. Mary Shelley (que por aquel entonces tenía 17 años de edad) concibió durante estas noches la idea de lo que más tarde se convertiría en “Frankenstein” y Polidori escribió el cuento “El vampiro” que publicaría tres años más tarde. La historia apareció en la revista New Monthly falsamente atribuida por el editor a Lord Byron (ventajas de tener el aura de satanismo que rodeó al poeta en la opinión popular para promover las ventas de la revista). Un equivocado Goethe elogió la historia como lo mejor que Lord Byron había escrito nunca. El cuento fue, en realidad, un retrato encubierto de Byron, disfrazado como el vampiro Lord Ruthven, un jugador cruel y asesino de niñas inocentes. Polidori había introducido fragmentos de una novela autobiográfica llamada “Glenarvon” escrita por Caroline Lamb, una ex-amante de Byron.

"Drácula" de Bram Stoker

Finalmente Bram Stoker escribiría “Drácula” (1897), una mezcla de la tradición derivada de Polidori con algunos viejos cuentos húngaro-rumanos de muertos vivientes y castillos encantados, fijando así la imagen moderna del vampiro.

El vampiro como amante

El vampiro se encuentra estrechamente vinculado a otro arquetipo romántico: el amante insatisfecho. Rafael Argullol resume sus características: "el enamorado romántico reconoce en la consumación amorosa el punto de inflexión a partir del cual muestra su pasión su faz desposeedora y exterminadora." El amante romántico empieza a sentir una sensación de insatisfacción, caducidad y mortalidad en el momento mismo en que su pasión se ha cumplido. Este sentimiento lo impulsa a embarcarse en una montaña rusa sentimental en el que cada pico de satisfacción es seguido por un valle de desesperación y el impulso de buscar el placer en un nuevo objeto de deseo para renovar la pasión desvanecida (el extremo de esta actitud es el carácter de Don Juan).

Vampirismo y seducción

El vampiro va un paso más allá que el seductor: para él, el ser amado se presenta como una imagen de su propia insatisfacción y debe ser destruido en el momento mismo en que el anhelo desaparece, en el instante de la consumación. Keats transmite en su “Oda a la melancolía” el sentimiento de mortalidad que se oculta en el momento de placer para los románticos pero hay una diferencia crucial entre Byron y Keats en su acercamiento a la figura del amante asesino: los personajes de Byron son hombres mortales, personificados en vampiros, mientras que los personajes de Keats son mujeres fatales.

Esta diferencia pone de relieve una actitud diferente a las cuestiones de género: a Byron le gustaba emanar una masculinidad dominante que se imprimía en todos sus personajes principales. Keats, sin embargo, tuvo una actitud pasiva en el amor; sus personajes poéticos están obligados a seducir, incluso si eso significa matar. Byron es el aristócrata que piensa que todas las mujeres pueden ser suyas, son sus posesiones y, como tal, disponibles a voluntad. Keats tiene un enfoque más moderno y no patriarcal del amor, donde la mujer es libre para ser el seductor. Sin embargo, como hemos visto, ambos comparten la idea extrema de amor como creación y destrucción, al mismo tiempo, y sus personajes, aunque de diferente sexo, son amantes de los vampiros.

Evolución del vampirismo literario

Esta actitud diferente no es sólo personal, sino que refleja una diferencia más amplia y trascendental. Mario Praz ha observado cómo estos crueles amantes de la primera mitad del siglo XIX son principalmente los hombres, mientras que en la segunda mitad del siglo los roles se van invirtiendo hasta el decadentismo de finales del siglo dominado por mujeres fatales. Esto refleja el proceso literario del avance de los cambios sociales a lo largo del siglo, y la lenta pero continua emancipación del amor de las normas patriarcales. El enfoque del género y los temas va cambiando, pero el poder y la dominación siguen siendo el núcleo de las representaciones del amor, incluso en la sociedad plenamente burguesa de finales del siglo XIX.

No sólo Byron y Keats estaban fascinados por el mito del vampiro, también se puede encontrar su presencia en la mayoría de los poetas románticos, incluso en el primer Goethe proto-romántico. Otros autores similares serian: Southey en “Thalaba el destructor”, Christabel Coleridge y Wordsworth.

La figura del vampiro se forma en el período romántico bajo la forma de un nudo ideológico donde convergen muchas fuerzas sociales: la Revolución Francesa, una embrionaria sociedad de masas, el declive de la aristocracia y el cambio gradual en la separación de las divisiones de género del modelo patriarcal. Por lo tanto, constituye un mito que puede ser leído como un campo de batalla para el juego de los discursos de su época, arrojando luz sobre otras actitudes románticas de la existencia. Como tal, está sujeto a un análisis que, como mantienen nuevas corrientes, es consciente de la historicidad del texto y de la textualidad de la historia.