
- Luis García Montero - EFE
“Tras azules cristales / se oculta el hombre pálido / y apoya la mejilla en sus estrellas”. Estos versos de Georg Trakl resultan especialmente atractivos por la confusión que crea el uso del posesivo “su”, que pone las estrellas mencionadas no se sabe si en las manos del cielo contemplado, del hombre que contempla o del propio cristal, a la vez reflejo (pues en él acaba el hombre viéndose a sí mismo), fortaleza inexpugnable (el hombre se oculta tras él) y prisión (ya que su morador palidece).
En Poesía, cuartel de invierno, ensayo de uno de nuestros más lúcidos y mejores poetas del momento, Luis García Montero, hay una cita que recuerda vagamente a ésta. La pronunció Breton en una noche en la que, afirmaba, la frase llegó hasta él de forma insistente y casi física, como si estuviese “pegada al cristal” de su habitación. La sentencia decía: “Hay un hombre al que la ventana ha partido por la mitad”.
Ambas imágenes lo son de una escisión: entre el mundo y el ser humano, entre objetividad y subjetividad, entre exterior e interior. Usa escisión que, según este estupendo volumen, deberíamos llamar conciencia. O, tal vez, simplemente poesía.
A través de este ensayo, comenzado en 1987, tenemos ocasión de asistir a distintas formas de asomarse a esa ventana metafórica, diferentes miradas poéticas posibles desde finales del siglo XIX.
Así, encontramos una poesía que comienza siendo un viaje físico y externo (véase La Odisea, por ejemplo) para convertirse, desde el Romanticismo, en una ruta interna de reconocimiento. Baudelaire todavía camina por la ciudad mientras piensa, pero sus pasos resuenan ya más en su interior que sobre la acera, más en el verso que en el empedrado: “Voy practicando solo mi singular esgrima / husmeando en rincones el azar de la rima / tropezando en palabras como en los adoquines / dando a veces con versos largo tiempo soñados”. El viaje, que se realiza en soledad, mira a la calle, pero en ella el poeta no ve otra cosa que una imagen de sí mismo. Las estrellas del cristal no son ya algo externo, ni tan siquiera un reflejo romántico de las emociones del poeta. Son un símbolo, un mensaje cifrado, que habla de nosotros mismos.
El camino queda abierto, así, a la sacralización de la poesía, al poeta vidente que descifra el mundo. Ya Bécquer, pero también San Juan de la Cruz, habían descubierto el papel revelador, fundacional de la palabra. Ellos, y también los simbolistas, ven en el cielo un mapa, en las estrellas signos, en las palabras profecías que nombran lo innombrable.
Sin embargo, el poeta es profeta sin auditorio, al margen de la sociedad. Y el abismo que abre la palabra es oscuro y amenazador. “¡Ay! Todo es abismo; acción, deseo, sueño, palabra!” --dice Baudelaire—“no veo más que infinito por todas las ventanas”. De nuevo, pues, la ventana, pero con el vértigo presidiendo ambos lados de la misma, un sentimiento de quiebra cada vez más agudizado, un individuo cada vez más partido en dos por el cristal.
El recorrido de este ensayo, que se extiende hasta la Vanguardia, nos muestra, pues, una poesía sagrada, maldita, destructora, irrisoria, incluso política. Facetas todas ellas que este género recorre hasta 1987. Pero, ¿y después? ¿Cómo asomarse ahora a esa ventana llamada poesía?
El texto más reciente recogido en Poesía, cuartel de invierno es el que, sin embargo, da comienzo al libro, y el que esboza lo más parecido a una conclusión en este ensayo voluntariamente inacabado. En él se nos invita a prestar atención a ese cristal, esa escisión que divide en dos al hombre contemporáneo. Intentar unir las piezas, resolver ese abismo, encontrar la identidad perdida, dice García Montero, sería negar la que puede ser, precisamente, la más fundamental función de la poesía actual: activar, en nuestro pensamiento, un signo de interrogación, asomarse a ese abismo y dar cuenta de un vacío.
Por eso añade García Montero que la defensa de la poesía “tiene hoy más que ver con la conciencia que con el sentimiento o la divinización de la belleza”. Y es que el poeta no tiene hoy por qué mostrarnos al hombre que mira por la ventana, ni al paisaje contemplado, sino revelarnos con claridad la presencia de ese cristal desde el cual miramos al mundo y a nosotros mismos, porque esa toma de distancia se llama conciencia y también poesía.
