La peste bubónica puede considerarse a día de hoy como una enfermedad muy rara. De hecho, y según las estimaciones de la OMS, se producen entre 1.000 y 3.000 casos al año en todo el mundo. Estos brotes, que en algunos casos son endémicos, están localizados en zonas desérticas de Brasil o Estados Unidos, así como en algunas zonas de África, Asia o Sudamérica.

La peste bubónica es una enfermedad que afecta particularmente a los animales, siendo transmisible al hombre debido a la picadura de una pulga que se encuentra en las ratas, aunque también puede estar en conejos, liebres, gatos y otros animales.

La Yersinia pestis es un cocobacilo gram negativo; una bacteria de la familia de las enterobacterias. Recibió este nombre en honor a André Yersin, un microbiólogo francés del Instituto Pasteur que consiguió aislarla e identificarla en Hong Kong en el año 1894. Este microorganismo puede mantenerse viable durante un largo periodo de tiempo en el agua, harinas y granos húmedos, si bien se destruye en pocas horas cuando es expuesto a la luz solar.

La peste bubónica, que procede del latín bubón, y cuyo significado es ingle, prolifera en lugares donde existen notables deficiencias higiénicas. La peste afecta por igual a hombres y mujeres, y sin el tratamiento adecuado la mortalidad puede llegar al 50% ó 60%.

Historia de la peste negra

La peste bubónica es una de esas enfermedades que forma parte de la memoria colectiva de la humanidad, ya que existen registros sobre su acción devastadora desde tiempos antiguos. La primera pandemia de la que se tiene noticia tuvo su origen en Egipto, propagándose posteriormente por el norte de África, Europa y extensos territorios de Asia. Se estima que diezmó a la mitad de la población.

La segunda pandemia, sin duda la más conocida, tuvo lugar durante la mitad del siglo XIV, siendo tristemente recordada como la “muerte negra”. Se cree que acabó con la vida de casi la tercera parte de la población europea, provocando profundas repercusiones en la sociedad de la época, tanto a nivel político, cultural como religioso.

Sería en 1855 cuando aparecería la tercera gran pandemia, cuyo origen tuvo lugar en China. De allí se propagaría, a través de los barcos que transportaban mercaderías, a puertos de Sudamérica, África y Asia. Durante la primera mitad del siglo XX, la India sufriría otra gran pandemia, también con un elevado índice de mortandad. Solo en la India se estima que murieron más de 10 millones de personas.

Causa o etiología de la peste bubónica

La causa de la peste bubónica hay que buscarla en la picadura de una pulga que, habitualmente, parasita las ratas. La pulga inocula miles de bacilos en la piel, que posteriormente viajan por los vasos linfáticos hasta alcanzar los ganglios linfáticos regionales. Allí se multiplican provocando la necrosis de la estructura ganglionar. La peste bubónica no se transmite fácilmente de persona a persona, a no ser que se dé un contacto físico directo con los bubones supurantes. El contagio sí se da con más facilidad con el contacto con los animales infectados, pudiendo penetrar las bacterias infectadas a través de la piel.

Sintomas de la peste bubónica

Tras un periodo de incubación que oscila entre los 2 y los 8 días, aparecen bruscamente síntomas como la cefalea, fiebre, escalofríos, convulsiones y debilidad general. A partir de ahí, y al cabo de pocos días, o incluso de horas, el afectado ya nota la presencia del bubón. Este suele tener entre 1 y 10 cm de diámetro y es doloroso al tacto. Su localización habitual es la zona inguinal, axilar o en el cuello, pudiendo supurar en ocasiones. La palpitación de esta adenopatía produce un dolor muy intenso. También es frecuente que vaya acompañado de una hepatoesplenomegalia (agrandamiento anormal del hígado y del bazo). Esta sintomatología puede ir acompañada de otras complicaciones como lesiones purulentas, necróticas y hemorrágicas, hipotensión arterial, coagulación intravascular o meningitis.

Diagnóstico y tratamiento de la peste bubónica

El diagnóstico se lleva a cabo aislando la bacteria Yersinia pestis en sangre, bien con el exudado del bubón, con el líquido cefalorraquídeo o a través del esputo. Si el diagnóstico resulta positivo, la primera medida consiste en aislar al paciente y estabilizarlo. El tratamiento antibiótico debe iniciarse desde el primer momento, preferentemente con estreptomicina. En los casos de hipotensión o meningitis se administrará cloramfenicol. Aunque los bubones suelen remitir, en ocasiones puede ser necesaria la incisión y el drenaje del mismo.

La vacuna contra la peste es de uso muy limitado. Como norma general, debe vacunarse el personal de laboratorio que manipule la bacteria, así como las personas que por su trabajo estén en contacto con animales infectados. También deberán hacerlo aquellas personas que viajen a zonas donde la enfermedad sea endémica.

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