En el 2000, Ignacio García May estrenó la primera obra del teatro español acerca de las guerras internacionales, y el incómodo y a menudo cínico papel de los periodistas y los benefactores como algunas ONG, entregados por igual al egocentrismo y la corrupción. Aquella obra fue un estreno del Centro Dramático Nacional dirigido entonces por Pérez de la Fuente. Se titulaba Los vivos y los muertos.

Desde entonces hasta aquí se estrenaron algunas obras que orillaron el tema desde diversas perspectivas, pero ninguna que afronte la barbarie inducida por los supuestos salvadores de la democracia internacional. Si en Los vivos y los muertos se jugaba el drama entre un grupo de hombres a resguardo de las bombas, pero lanzados al peligro de ser ellos mismos y confesar diversas mezquindades como la de abusar de un menor aprovechando sus necesidades, esta vez, La piel en llamas, 11 años después, y también producida por el Centro Dramático Nacional (bajo la dirección de Gerardo Vera), va mucho más allá, pero toma la alternativa. Otro autor español que aprovecha el mayor conocimiento de las atrocidades políticas de Occidente en el Tercer Mundo y elabora una obra breve decididamente magistral.

El Tercer Mundo a merced de la corrupción de Occidente

El testimonio político es directo, terrorífico. El espectador menos sensible saldrá del teatro convencido de colaborar con una ONG seria de diferentes maneras, o callar para siempre y mirar hacia otra parte. El mundo es ancho y ajeno, o muy cercano y desgarrador. La piel en llamas nos pone delante de un acontecimiento brutal: un reportero adquiere fama internacional con la foto de una niña en medio del estallido de una bomba. Veinte años de zozobra: ¿Podía haberla ayudado, en lugar de hacer mi trabajo? ¿Vivirá? Otra periodista indaga en el célebre hombre con odio y avidez de justicia.

Al mismo tiempo un funcionario de la ONU abusa de la sumisión de una mujer que cree estar ayudando de ese modo a su hija enferma. El funcionario padre de cuatro hijos en su tierra de origen, disfruta enormemente al ejercer su sadismo sobre la indefensa mujer. La erótica del poder en su clave más rotunda: un deseo ferviente de sacar inminente provecho de lo que se brinda por hambre, por miseria, por esclavitud.

Perversión sexual y política

Esta historia se desarrolla en escena de un modo poco frecuente: las dos parejas no se cruzan nunca, pero las escenas simultanean, y el sexo como tema principal en una pareja ha de convivir con el diálogo trepidante de la otra, con el sobreesfuerzo de los actores de actuar como si estuvieran solos. El espacio es suficientemente amplio, pero el público está encima, y esa cercanía sobrecoge aún más si se tiene en cuenta que gran parte de la acción la víctima del funcionario permanece desnuda y a su capricho.

En sólo una hora de representación, he creído estar ante mucho más tiempo, tan intenso es el recorrido por las vidas y situaciones de estos personajes, deseando que todo llegue a su fin sin mayor sufrimiento. Y el límite en el tiempo y la adecuada dirección de actores e interpretación sobresaliente lograron que esto sucediera con precisión matemática y a la vez de gran sensibilidad, en un entramado teatral basado en diálogos sin discursos, sin sermones: puro teatro.

La piel en llamas con sobresaliente reparto

Los cuatro actores "navegan" por esta tragedia contemporánea guiados por José Luis Arellano, un director con gran experiencia en la asistencia de dirección en obras teatrales y óperas muy importantes (Woyzeck, Madre coraje...), y aquí el precioso texto de Guillem Clua (Marburg) resulta electrizante desde el primer momento en que José Luis Alcobendas (cautivante en Drácula, de García May; divertido en Tócala otra vez, Sam, de Woody Allen, terrorífico en La paz perpetua, de Juan Mayorga) entra en la habitación de un hotel decidido a conceder una entrevista a Marina Seresesky (Agosto). Al poco rato se incorpora a la acción Chani Martín (La verdadera historia de los hermanos Marx) y Helena Castañeda (Hamelin).

Los cuatro actores alcanzan un dominio escénico poco común en un drama de estas características. Transmiten los sentimientos de sus personajes con una carga emocional jamás desbordada, en el punto justo donde el demonio del abuso de poder en unos y la desgracia infinita en otros ha de entremezclarse con otras historias a su vez atractivas.

Si toda la creación artística de este duro testimonio político resulta encomiable, mención aparte merece el trabajo de Helena Castañeda, desnuda la mayor parte del tiempo, poseída y humillada de diversas maneras junto al espectador o a pocos metros, interpretando siempre con una capacidad actoral asombrosa; no hay instante en que se descuelgue del personaje y la difícil situación de su puesta en escena.

La piel en llamas, de Guillem Clua, en la Sala Princesa del María Guerrero. Posiblemente el trabajo teatral más impactante y mejor conseguido de este momento, al que se asiste como a un thriller de exquisita factura y se vive como un drama personal.