La mayoría de las obras de Shakespeare se basan en hechos reales que luego el poeta dramatizó a su antojo, pero después de documentarse ampliamente; La tragedia de Ricardo III, data de 1591, y se basa en una serie de datos profundamente estudiados por historiadores de la época. Mas lo verdaderamente importante en su dominio teatral es la evolución de un personaje siniestro, que empieza con un éxito y acaba con doble derrota: la que le infligen los espíritus de quienes asesinó y el fracaso militar en una batalla definitiva.

Un aristócrata jorobado que ansía poseerlo todo

Es sintomático: desde la aparente sumisión y bondad del pobre jorobado que además cojea, se eleva la sabiduría de un monstruo ávido de poder y de la sexualidad que no le es permitida dada su fealdad en una corte entregada a las apariencias. De allí la genialidad de la creación de este personaje en un drama que, si se respeta el original, podría durar más de cuatro horas y que todos los equipos de producción adaptan según su criterio de puesta en escena. Pero el texto tiene una vida literaria, dramática y poética asombrosa.

La perfecta simetría de la ambición político-militar podría, perfectamente, adaptarse a muchos de los innumerables tiranos de la historia. Mas el talento de Shakespeare permite que el espectador de todos los tiempos (es bueno recordar que se trata de una obra escrita a finales del s. XVII y que se sigue admirando en el s. XXI) se conmueva, admire, deteste y odie al deforme Ricardo de Gloucester que llega a ser rey y logra "poseer" a dos mujeres de diferente edad y condición tras asesinar a todos sus adversarios y algunos más en una irresistible ascensión a un infierno en el que jamás encontrará la paz y el resplandor buscados.

Pero lo más importante es que el genial militar, triunfador en muchas batallas, llegará a lo más alto tras astuta y feroz escalada de crímenes y posesiones sexuales, hasta que alcanza su terrible final acosado por sus muchos muertos; espíritus que no le dejan dormir susurrándole "Mañana en la batalla piensa en mí; desespera y muere", desfile de voces con recuerdos puntuales que le doblegan: "¡Tengo miedo! Las almas de todos los que he asesinado vinieron a mi tienda!". Hasta que sólo es una pura piltrafa que grita, desesperado: "¡Mi reino por un caballo!". Deseoso ahora de entregar su reino a cambio de un caballo para huir. Pero ya es demasiado tarde. La sangre y el horror lo inundan todo.

Como en Macbeth y en Hamlet, los muertos responden, actúan, señalan el camino, determinan para siempre el futuro del verdugo. Ricardo de Gloucester, Ricardo III, ejemplifica la ambición desmedida en el terrorífico círculo del rencor y el afán de posesión para llegar al final con las manos vacías... pero teñidas de tal cantidad de sangre que jamás le permitirán recuperar la inocencia perdida.

Ricardo III: cine y buenas ediciones literarias

La adaptación cinematográfica más celebrada es la realizada por Laurence Olivier en 1955, donde compone un escalofriante "monstruo del mal", con una continuidad teatral muy importante, ya que venía de montar la tragedia en escena; con su habitual afán perfeccionista el gran actor matizó la crueldad del personaje con gran sutileza, de manera que este Ricardo III deforme, moral y físicamente adquiere un rigor exento de exageraciones, perfectamente delineado en la inteligencia de quien lo quiere poseer absolutamente todo: poder, riqueza, belleza femenina, esclavitud de los hombres.

Richard Loncraine dirigió en 1995 una versión ambientada en los años 30, con Ian McKellen de protagonista, aunque con una tendencia al mamarracho con afán de actualidad, algo que no es necesario, pues las situaciones hablan por sí mismas más allá del tiempo y el espacio. Por último, Al Pacino dirigió e interpretó un atractivo documental (Looking for Richard, 1996), en el que se intercalan escenas de la obra (contando con la muy eficaz colaboración de Winona Ryder) con entrevistas a académicos y gente de teatro.

Apasionante personaje digno de ser leído con gran placer, Ricardo III cuenta en la actualidad con varias ediciones, una de las más interesantes es la de la editorial Valdemar, ya que cuenta con traducción de Eusebio Lázaro, quien realizó una inolvidable creación como protagonista y director en el teatro Español en 1983. Su elenco lo integraban, entre otros, Marina Saura, Pedro Mari Sánchez, Helio Pedregal, Fernando Valverde y una gran actriz argentina, Zulema Katz fallecida en 1994.