En la historia del teatro del siglo XX (en una década el XXI ha hecho muy poco en la literatura dramática bajo predominio muy evidente del director) el personaje ausente es un escalofrío que doblega al espíritu más resistente, una habilidad poética y a veces un mero recurso de "carpintería" teatral que, sin embargo, llega a trascender por el propio espíritu de aquel que, sin dar la cara, se convierte en un ser de carne y hueso que por lo general acabamos amando: en los casos más importantes, más inolvidables, suele ser un personaje que se recupera en sus valores, ingenio y emociones a través de la memoria de los que le relatan.

Eva Smith, Llama un inspector, de J. B. Priestley

Mientras la burguesa familia festeja el compromiso de una hija en un matrimonio de conveniencia, el único hermano se emborracha; afuera, en el confortable barrio de Londres en el que transcurre la acción en 1945, hace mucho frío, llueve y muchas jóvenes deambulan de hombre en hombre, de trabajo en trabajo, con afán de hallar un lugar en un mundo hostil.

En este caso es Eva Smith la que será mencionada una y otra vez en cuanto llama a la puerta un misterioso inspector que lo sabe todo. Que, sobre todo, sabe mucho de los estropicios que los hombres y mujeres de esa familia "intachable" han sido capaces de cometer y llevar al suicidio a Eva: un ser desgraciado cuya vida, de fracaso en fracaso, de explotación en explotación acabará en suicidio. De boca en boca, guiados por el inspector, Eva Smith se convierte en un perfil íntegro y a la vez desesperado: símbolo de tantas muchachas desesperadamente solas en la gran ciudad.

Skipper, La gata sobre el tejado de cinc caliente, de Tennessee Williams

Aunque al comenzar la acción ya ha muerto, el joven, apuesto y atlético Skipper es una sombra que lo recorre todo en un infierno familiar cargado de sexualidad frustrada y sin embargo a su vez exaltada ante el sorprendente advenimiento de un hijo.

El conflicto del protagonista con su padre y las desavenencias con su hermosa mujer, "gata ardiente", tienen el eco de una amistad con su amigo que tal vez, quizás, a lo mejor o a lo peor, según se mire, pudo ser un amor truncado; de hecho ella cree que él se casó para disimular su relación con su amigo "por eso desde su muerte te has dado a la bebida"; él lo niega: "Entre nosotros sólo hubo una amistad limpia y auténtica".

Hay muchas versiones de esta obra según la medida de la censura y los antojos de los diferentes directores. Sin ser la mejor de las obras de uno de los mayores autores del siglo XX, La gata... tiene su principal baza en este personaje omnipresente, a pesar de su ausencia.

Sebastian: De repente, el último verano, de Tennessee Williams

Esta es una de las obras superiores de Williams, a la altura de Verano y humo, Un tranvía llamado deseo o El zoo de cristal. Hace pocos años se dio una estupenda versión en el Valle Inclán de Madrid con espléndidos trabajos de sus protagonistas: Susi Sánchez y Olivia Molina: madre y prima de un poeta exquisito, culto, de clase alta, que encuentra la muerte en una playa

donde fue a buscar la libertad... sexual.

Su poderosa madre intenta una lobotomía para la hermosa prima que dice haber visto la degradación y el peculiar "canibalismo" que devoró a su hijo. Este es un tema muy cercano a Williams porque le sucedió a su hermana, "fagocitada" por la madre de ambos. Pero el gran escritor no usó nunca a una hermosa mujer para atraer muchachos, que es la verdadera historia que se resolverá al final de la función.

En De repente... hay mucha intensidad psicológica y social porque trata un tema todavía de actualidad en numerosos países: el poder social y económico de una clase para determinar la locura de un miembro de la familia, y quitarlo del medio con apoyo de la ley imperante. En cuanto a Sebastian es un personaje adorable y repulsivo, manipulador, bello, excitante para hombres y mujeres y a la vez terrible en su incapacidad para amar... finalmente devorado por una pléyade de muchachos hermosos: metáfora de una pasión reprimida, realidad de un hombre distinto aplastado por la vorágine del mundo más convencional.

La cantante calva:

una mujer del teatro del absurdo

Con Ionesco nació la posibilidad de hablar de la incomunicación con un grupo de personas que no paran de hablar sin entenderse. En su primera obra de posguerra tuvo gran impacto que en el delirante ejercicio teatral tan innovador, no existiera ni una cantante ni una mujer calva: el colmo del personaje ausente, uno que jamás se propuso existir.

Son vidas relatadas en escena pero con una presencia envolvente, seductora... más aún por no estar presentes. Cuando cae el telón tenemos la certeza de que el personaje ausente saluda junto a los actores como un entrañable fantasma que nos ha enseñado muchas cosas.

Nunca se presentarán en escena. Pero sin ellos no habría historia que contar. Son hombres y mujeres de los que se depende porque la vida no puede continuar sin su recuerdo.