Peronismo histórico y Estado de bienestar social

Coalición populista clásica, autoritarismo y reforma rupturista

Juan Domingo Perón - Web site Taringa!
Juan Domingo Perón - Web site Taringa!
La peculiar base social peronista explica la implantación (autoritaria) de un Estado benefactor. El problema del régimen político produjo luego una crónica inestabilidad.

El peronismo argentino, entendido como un amplio movimiento político-partidario y social, tuvo la capacidad –a pesar de no haber podido constituirse a sí mismo como un régimen político: es decir, al mostrarse incapaz de determinar las reglas del juego político en el largo plazo- de generar una relación cuasi simbiótica con la sociedad argentina, particularidad surgida durante su propio proceso de gestación.

Esta simbiosis era posible debido a la amplitud y a las específicas características de su base social, la llamada “coalición populista clásica”.

Estas características llevaron al primer peronismo, o peronismo histórico (años 1945 a 1955), a resolver la crisis de legitimidad del régimen político –crisis iniciada con la caída del presidente radical Hipólito Yrigoyen en septiembre de 1930-, aunque sin la posibilidad de crear un nuevo régimen que lo interpretara adecuadamente, es decir, diferenciado del tradicional régimen constitucional establecido en el año 1853-.

En este sentido, la Constitución de 1949 puede entenderse como un intento, fallido o trunco, de modificación de la democracia liberal (representativa, republicana y federal).

La absorción de la izquierda y la derecha

La conformación de la coalición populista y la consecuente concepción autoritaria, movimientista y unanimista del peronismo implicaba, necesariamente, la absorción del electorado de izquierda -el estrato social más representativo del movimiento estuvo constituido por la clase obrera organizada- y de buena parte del segmento conservador.

De acuerdo con la caracterización del sociólogo Manuel Mora y Araujo, la mentada coalición social respondía a la siguiente configuración: la clase obrera organizada (sindicalizada), ciertos sectores emergentes de la burguesía nacional –sectores (Beatriz Rajland habla de empresarios pequeños y medianos) que en otro contexto hubieran estado (probablemente) aliados a la gran industria-, determinados sectores de las clases medias y los sectores de clase baja no sindicalizados.

Este último sector, llamado por Mora y Araujo “el potencial populista”, se componía de los estratos sociales bajos y arcaicos, urbanos y rurales de mentalidad conservadora (no-reformista), que en países de Europa occidental acostumbraban a votar a partidos de centro-derecha.

Esta captación de una buena parte del segmento conservador del electorado fue descrita por el politólogo Eugenio Kvaternik como “el rapto de la derecha” -básicamente la incorporación del aparato partidario conservador de gran parte del interior del país, incluido el de la provincia de Buenos Aires-.

Empate social

Al analizar la base social del peronismo histórico, Rajland resalta la relativa debilidad o falta de autonomía de sus dos principales estratos, que por otra parte se encontraban “empatados” en cuanto a su poder e influencia sobre el sistema político.

En efecto, tanto los nuevos industriales (pequeños y medianos) como buena parte de la clase obrera eran producto de procesos sociales y económicos desplegados durante los años veinte y treinta, es decir, no tenían una existencia previa -tenían por lo tanto una escasa conciencia de clase-.

La debilidad era especialmente notable en el caso de la pequeña y mediana burguesía, que no contaba con organizaciones que estuvieran a la altura de los sindicatos obreros. Asimismo, la década del treinta mostró un proceso de progresiva autonomización del Estado.

Desempate y autoritarismo estatal

La combinación de estos y otros factores –dos clases sociales dependientes (del Estado) y empatadas en cuanto a su poder e influencia (la clase obrera y la nueva burguesía), la neutralización de sectores sociales conservadores “ganados” por la causa peronista, la mayor autonomía del Estado y el liderazgo carismático y personalista de Perón- determinó un amplio margen de maniobra disponible para el gobierno.

Nos encontramos entonces frente a un Estado fuerte, autoritario y arbitrario, que decide relegar a un segundo plano a la clase dominante (los sectores agropecuarios y la gran industria vinculada al capital extranjero), y funcionar como “árbitro” de los dos sectores integrantes de la coalición populista (nueva burguesía y trabajadores), pero subordinando sus intereses a los del propio Estado.

Ruptura histórica y Estado de bienestar

El “arbitraje” del Estado –del gobierno peronista- consistió en la súbita y autoritaria implementación de un tipo de Estado de bienestar social –según Rajland determinado por las particularidades propias de un país (la Argentina) perteneciente, en este caso, al capitalismo periférico-.

Éste consistió en un programa de políticas económicas, laborales y sociales marcadamente redistribucionista y revolucionario (en tanto consistió en una ruptura histórica respecto de las políticas públicas anteriores, y esto mas allá de que los elementos nacionalistas, estatistas e industrialistas no implicaran estrictamente una innovación), aunque en última instancia capitalista –la estructura económico-social del país permaneció de todos modos inalterada.

La efectiva implantación del Estado benefactor fue posible, al igual que la mencionada simbiosis entre peronismo y sociedad, gracias a la particular configuración de la base social peronista. En efecto, ésta cobijaba –dentro de sí- a sectores sociales y económicos que, de otra manera, no hubieran apoyado las reformas sociales en cuestión.

Las consecuencias del reformismo autoritario

La ausencia de gradualismo -es decir el autoritarismo- implícita en todas las reformas implementadas, tornaba a muchas de ellas inviables en el largo plazo. En este sentido, el peronismo no contaba con el poder suficiente como para modificar el régimen político, y de ese modo institucionalizar todas las reformas y políticas públicas implantadas.

De todos modos, los grandes trazos del nuevo esquema industrialista -incluido el debilitamiento y desplazamiento del sector agro-exportador- y la incorporación de los trabajadores al mercado interno (ambos procesos desplegados por el peronismo) no fueron desmantelados posteriormente -Rajland describe estas transformaciones como la “misión histórica” del peronismo-.

No es posible conjeturar qué hubiera ocurrido en el caso de un intento de implantación gradualista y más ampliamente consensuado de las reformas en cuestión.

Queda claro, sí, que el precio pagado por nuestro país en virtud del reformismo autoritario -el afianzamiento o consolidación de una crónica inestabilidad política y económica luego de la experiencia del primer peronismo- resultó muy alto.

Salvador Fillol, María Capdevila

Salvador Fillol - He cursado la carrera de Músico Profesional en la Escuela de Música Contemporánea (Berklee) de la ciudad de Buenos ...

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