Desde la antigüedad, ha existido una gran preocupación por los olores del cuerpo humano y los métodos para suprimirlos. Ya Aristóteles en su libro Problemata planteó la interrogante "¿Por qué la axila tiene un olor más desagradable que cualquier otra parte del cuerpo?".

Hoy en día, cada vez es más frecuente dar por sentado que, en el cuerpo, la ropa es una sofisticada herramienta para transmitir visualmente los estados de ánimo y se considera el uso de fragancias artificiales como un valioso soporte de la personalidad.

Un ejemplo reciente de ello es la descripción que la cantante Rihanna da a su perfume: "es como vestir zapatos de tacón con una mini-falda vaporosa", una muestra más de la referencia del olor corporal como objeto y no como un poderoso y honesto medio de comunicación subliminal intrínseco al individuo. De seguir así, el ser humano está contribuyendo de manera acelerada y deliberada a la anulación definitiva de su esencia personal.

La vergüenza social del "olor corporal"

El invisible proceso realizado por el sudor comunica el estado de salud, las emociones, la sexualidad, la edad, la condición física y la agresividad del ser humano.

El sudor por sí solo no emite un olor, porque es únicamente agua y sales expulsadas por las glándulas sudoríparas para controlar la temperatura corporal. Las bacterias mezcladas con el sudor de una persona son las que crean el aroma que hemos definido en el mundo occidental como 'BO' (Body Odor) u "olor corporal".

El término "BO" fue inventado como una expresión negativa de un grupo de anunciantes de Estados Unidos en la década de 1920. A través de la publicidad, se alentó a las mujeres a comprar productos, destacando sus inseguridades personales y las relacionadas con el mundo que las rodeaba, ofreciendo promesas que aseguraban rescatarlas de la potencial vergüenza social del "olor corporal".

Debido a que la mayoría de las personas se preocupan por su aspecto y su olor, estos anunciantes tuvieron un éxito fenomenal. Se aprovecharon del profundo miedo arraigado de la exclusión social, como medio para justificar sus propósitos comerciales.

El olor del cuerpo como la fragancia más exclusiva

El olor de algunas personas es muy sensible a un componente del olor corporal llamado androstenona, un atrayente químico humano que se encuentra entre las secreciones corporales como el sudor. Los hombres liberan cantidades mucho más grandes de esta sustancia que las mujeres y, como resultado, tienen más probabilidades de ser juzgados por su olor.

Estudios científicos han demostrado, que el cincuenta por ciento de la población no puede oler la androstenona en absoluto. A aquellos que son capaces de olerlo, no les gusta de manera consciente y lo comparan con la orina o la transpiración.

Las investigaciones también llegaron a mostrar que los seres humanos están tan acostumbrados a la forma en que los olores son organizados y regulados, que ya no los notan. Estos resultados confirman que, en los últimos tiempos, se ha perdido la verdadera relación con el medio ambiente debido a los avances en la tecnología y la capitalización del territorio de olor.

El sentido del olfato y el derecho a la libertad de olor

La gestión olfativa humana se encuentra afectada en todos los aspectos de la vida: desodorantes y perfumes para el cuerpo, detergentes con olores artificiales para la ropa, los ambientadores para el hogar y el lugar de trabajo, etc. El olfato se ha separado de la experiencia original que la acompaña, de modo que se ha distorsionado por completo el lenguaje del olor como medio comunicacional.

Es muy posible que el ser humano se enfrente en el futuro a un mundo en el que nadie recuerde lo que una fresa realmente olía, por ejemplo, y en el que todos los olores sean mediados comercialmente. Por lo tanto, es importante mantener el derecho a la libertad de olor, antes de que desaparezca sin ni siquiera darse cuenta de que existía.

Cada individuo es responsable de rescatar el maravilloso sentido del olfato y olor corporal, el mismo que en la novela "El Perfume: historia de un asesino", de Patrick Sükind, le sirvió a su protagonista Jean-Baptiste Grenouille para despertarlo cuando nació y alentarlo a vivir, pero sin llegar a sus extremos.