Los balnearios son un lugar idóneo para el cuidado de la belleza, gracias a la multitud de tratamientos estéticos que ofrecen en la actualidad. Ello hace que se tienda a olvidar que, a través de la historia, su función ha sido fundamentalmente el mantenimiento y recuperación de la salud mediante la acción del agua sobre el organismo. Los verdaderos balnearios siguen manteniendo su función curativa, algo que, sin duda, repercute también positivamente en el aspecto físico.

El nacimiento de la cultura del agua

Tradicionalmente, muchos pueblos de la antigüedad tuvieron presentes las virtudes del agua y la posibilidad de mantener o recuperar la salud a través de este elemento. En la zona mediterránea, griegos, romanos, árabes y judíos supieron crear toda una cultura del agua.

El pueblo romano destaca en la importancia que concedía al agua, hasta el punto de que los baños públicos o termas eran un servicio fundamental que debía estar al alcance de los ciudadanos que no podían permitirse el lujo de tener un baño propio en su casa. En las termas, los romanos podían no solo bañarse, sino también recibir masajes, realizar deporte... y gozar de la vida social, ya que en ellas se reunía una gran cantidad de personas para charlar e incluso cerrar negocios. Las termas de Caracalla, construidas en el siglo III d.C. en Roma, son el máximo ejemplo de esta cultura del agua en la Edad Antigua: en ellas podían reunirse más de mil quinientas personas.

Pero no solo en el Mediterráneo se gozaba del agua. En los países nórdicos también supieron aprovechar las múltiples virtudes de este elemento. En concreto, allí se realizaba el ritual de la sauna, alternando las propiedades del vapor caliente con las del agua fría, para así revitalizar cuerpo y mente. Suele atribuirse al pueblo finlandés la invención de la sauna, y es cierto que en Finlandia la sauna es toda una institución nacional.

El resurgimiento de la hidroterapia

En la Edad Media se abandonó la cultura del agua en Europa, quedando tan solo testimonio escrito de los rituales antiguos en los libros que celosamente se guardaban en las bibliotecas de los monasterios.

No fue hasta el Renacimiento cuando el ser humano volvió la vista hacia el pasado y redescubrió las virtudes de la hidroterapia. Se estudiaron textos griegos y romanos, como por ejemplo la “Historia Natural” de Plinio, obra en la que se alaban las propiedades del líquido elemento, en especial de las aguas con propiedades medicinales, como las ferruginosas. Pero no solo se estudiaron las obras antiguas, sino que comenzaron a escribirse tratados de balneoterapia, como “De Balneis et Thermis”, de Juan Miguel Savonarola.

Así, a través de los siglos se va estudiando cada vez más la hidroterapia y, lo que es más importante, desde un punto de vista científico y médico. Se va poniendo cada vez más el acento en las propiedades curativas del agua, y no solamente en las preventivas de diversas dolencias.

La creación de los balnearios modernos y su relación con la medicina holística

Fue en el siglo XIX cuando la balneoterapia alcanzó cotas hasta entonces insospechadas. Vincenz Priessnitz, nacido en Moravia del Norte en 1799, abrió el primer establecimiento de hidroterapia moderno, al cual acudían príncipes, filósofos, escritores...

Cuenta la leyenda que, cuando era muy joven, Priessnitz observó cómo una cierva se curaba unas heridas graves sumergiéndose en las frías aguas de un río. Años más tarde se fracturó varias costillas y el médico le indicó que quedaría paralizado. Pero él no se resignó y se acordó de la cierva, con lo cual comenzó a aplicarse agua fría localmente y logró curarse en un año. Fue aplicando los tratamientos de agua fría para curar dolencias de sus amigos y vecinos y su fama creció enormemente, hasta el punto de que se le llamaba “el médico de las aguas”.

Balneoterapia y salud

Sebastian Kneipp dio un nuevo paso adelante en la balneoterapia. Era un teólogo que a los 24 años contrajo la tuberculosis. Los médicos no le daban esperanzas, y él comenzó a investigar por su cuenta, leyendo libros clásicos y renacentistas de medicina y de balneoterapia. Así, comenzó a acudir diariamente a bañarse al Danubio, aunque el agua estuviera fría en extremo, abrigándose después del baño. A esta práctica la acompañaban la ingesta de mucho líquido, la toma de plantas medicinales y la práctica de ejercicio. Se curó espectacularmente en poco tiempo. Después, aplicó su método a algunos compañeros de estudios que también habían contraído la enfermedad, quienes sanaron igualmente.

La fama de Kneipp comenzó a extenderse, mientras él siguió investigando y escribió seis libros. Paralelamente, fue ordenado sacerdote, siendo destinado a diversas parroquias hasta que llegó a Wörishofen, donde trató a muchos pacientes. Aconsejaba aumentar el ejercicio físico, haciendo hincapié en el hecho de caminar a diario sobre la hierba mojada por el rocío, a la par que recetaba baños de agua fría y una dieta saludable, recomendando comer más fruta y verdura y menos carne y dulces. Fue el primer naturista que aplicó la balneoterapia al tratamiento de las enfermedades psíquicas, transformando a la localidad de Wörishofen en un gran centro de medicina natural.

Fue en el siglo XX cuando el cuidado de la belleza entró de lleno en los balnearios, transformando el concepto de los mismos. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.