Es una tarde soleada. Anaïs Nin y Henry Miller se encuentran en el estudio de la calle de Villa Seurat 8, París. Ella ha llegado con algunas compras. Él no ha almorzado. Anaïs prepara algo rápido, corta unas berenjenas y las exprime. Henry se acerca lentamente, le susurra algo al oído, la ha esperado toda una mañana, una tarde, toda una vida. Se acarician, se besan, se deshacen de amor. Se acuestan en la cama y duermen. Ella se levanta y se viste con un traje de coral de cuello de Médicis, se cubre con una capa y sale. Camina por las calles de París, se siente llena, completa, es feliz.

Anaïs Nin y Culmell nació en Neuilly, cerca de París, el 21 de febrero de 1903. Su madre, Rosa Culmell, era franco-danesa y su padre, Joaquín J. Nin, cubano. Anaïs fue bailarina, modelo y escritora. Ella, como pocas mujeres de su tiempo, cuenta sus historias apasionadas en el marco de un espacio singular: la Ciudad Luz.

Surrealismo

Durante los años veinte y treinta fue el centro de vanguardia artística. En 1920, André Bretón lanzó el Manifiesto Surrealista” y de aquella corriente, Anaïs mostró diversas opiniones. Al principio la aceptó debido a que buscaba el movimiento y la aventura, después la rechazó porque pensaba que ésta se burlaba del inconsciente. Sin embargo, hoy en día la obra de Nin se considera representativa del surrealismo literario.

Los Mosqueteros de Montpartnasse

Durante ese tiempo, los artistas se reunían en Montparnasse, la zona preferida de los bohemios, donde se encuentra el Moulin Rouge: el cabaret de las chicas ágiles y desesperadas que retratara Toulouse Lautrec en el siglo XIX. A Henry Miller, Anaïs y al novelista Laurence Durrell se les conocía como “Los Mosqueteros” de este barrio pues frecuentaban los cafés y los cabarets, discutían de filosofía, arte y sexo. Esta época la recuerdan nostálgicamente autores como Hemingway, quien evocó sus días durante los años veinte en su libro “París era una fiesta”. Sin embargo, la fiesta no duraría mucho.

La ocupación de la ciudad por las fuerzas alemanas en 1940 puso fin a este período. Anaïs y su esposo huyeron en 1939 a Estados Unidos, finalizando así una época de romanticismo de la que sus diarios íntimos darían fe.

Hoy, la ciudad Luz sigue alumbrando a quienes coquetean con ella, y lo hace con la mayor y más impresionante colección de arte, museos, cultura gastronómica, diseño y arquitectura. En la capital francesa, los pasos de Nin aún se escuchan entre los adoquines históricos y las galerías, van de un lado a otro del Sena y resuenan bajo los puentes, en los callejones, entre los amantes de cualquier época, en el erotismo que despliega este lugar.

París es la ciudad preferida por los románticos; su trazo urbano, sus plazas y sus barrios han sido testigos de muchas confesiones de amor. Pero no todo es color de rosa en esta ciudad. Su lado oscuro es la pasión desgarrada y los celos que han generado desencuentros furiosos, como algunas de las apasionadas relaciones que sostuvo la propia Anaïs Nin.

Henry Miller

En 1931, la escritora se muda a Louvenciennes, un pueblo cercano a París, con su esposo, Hugh Guiler, a quien conoció cuando ella tenía 18 años en una fiesta en Forest Hill, Nueva York. Un año más tarde, en el marco de esta ciudad, alrededor de una vida de lujos, éxitos y dolor, conoce a quien sería su nuevo amante, el escritor Henry Miller. Empiezan a vivir una intensa relación. A pesar de su felicidad, al regreso de una de sus estancias en Nueva York, se siente enferma.

París la sofoca, para distraerse, visita los escaparates de la ciudad. Camina por Rue Saint-Honoré, Rue de Rivoli, Place Vendôme. Hugh la lleva de compras en las tardes de invierno, ella sale de las tiendas vestida de terciopelo negro y estolas de matices brillantes. Hojea revistas de moda. Dice sentirse suave, delicada y sensual mientras contempla de cerca la Torre Eiffel. Se harta de sus jornadas con Bill Hoffmann, los Barclay Hudson, Henri Hunt y Hugh; cena en el Maxim´s y frecuenta el Cabaret aux Fleurs, con Kiki, pero no logra ni divertirse ni relajarse.

Otras veces transcurre las veladas en el apartamento de Henry y sus amigos, Fred, Benno, Max, Roger y Fraenkel. Se queja de Henry, a quien la lleva al cine de barrio, el Alesia, donde se aburre y es torturada por las pulgas.

Los arrebatos de Nin

Cuando se desespera camina para perderse en "Champs-Elysées" y va al salón de Elizabeth Arden para relajarse y soñar, “Me gustaría ser una cocotte” (mujer galante), dice. Necesita dinero, perfumes, lujos, viajes y libertad. “¿Sentarse en el Café Marignan y dejar que un coche amarillo, acompañado de un terrier escocés la lleve con él?”, no suena mal, es una idea que parece darle vueltas en la cabeza. Busca un lujo que sea dulce y hermoso. Pero algunos de sus amigos no tienen dinero, están dedicados al arte. Eso lo explica absolutamente todo.

Sólo una ciudad como París pudo contener la pasión y los arrebatos de Anaïs Nin. Sólo París, la urbe que fue creada para no decepcionar. Durante su vida aquí ella conoció a escritores, pintores, músicos, bailarines y actores. Ella era uno de los talentos de su época: “Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria, a establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis”.