Cuando se habla de límites y disciplina, por lo general, se asocian estos términos a castigo; en otras palabras, a la imposición de pautas o modos de operar ejerciendo la presión y la fuerza, a fin de corregir determinada conducta.

Límite y disciplina deben pensarse en el sentido de ordenar, pautar y orientar la conducta con el propósito de educar para la convivencia.

Los padres frente a la puesta de límites

Todo ha cambiado y todo cambia, la expresión “en mi época era distinto”, marca que si bien cambió la época, quien está enunciando el cambio, también ha cambiado.

Los adultos han cambiado, esto ha permitido nuevos puntos de vista con relación a la educación de los niños y jóvenes. Estos cambios han producido una flexibilización con relación a la disciplina, tendiendo a que esta sea más laxa. Esto no quiere decir que el límite haya desaparecido, o no sea necesario, sino que se puede obtener la puesta de límites, desde la palabra, la paciencia, la escucha y el compromiso.

Permanentemente aparecen consultas en donde los padres no tienen claro cómo interpelar al hijo.

Así, surgen enunciados que legalizan la violencia o el grito, a fin de que desde algún lugar el niño se discipline. Cuestión imposible porque ambas situaciones dan cuenta de violencia, y a resultas muestran y transmiten a sus hijos un modelo de proceder que en definitiva es violento.

Como contrapartida de lo expuesto, hay otro modelo de padres que enuncian “yo soy amigo de mi hijo”, situación que marca una simetría en el trato, esto sugiere una relación de igualdad que no ayuda al hijo, debido a que la relación padre hijo debe ser asimétrica.

Es el padre, como adulto, el que guía y educa. La función paterna es el modelo de identificación; si no se juega el rol, no hay modelo a seguir, ocupando ese espacio la desorientación, el no acompañamiento. Las figuras paterna-materna se ven como iguales, sin autoridad, desdibujadas.

Por otra parte, existen ocasiones en que los padres, atravesados por distintas variables (que en general, apuntan al poco tiempo compartido con los niños), no logran mantener los límites impuestos, se desdicen, en otros casos no colocan límites, el resultado en ambas situaciones es un niño con dificultades de conducta y unos padres abrumados que no saben qué hacer frente a su hijo.

Los padres ante la puesta del límite y la culpa

A su vez, puede precisarse que el “no” de los padres es importante, debido a que son los padres quienes educan y si no logran sostener lo que enuncian; es así que el joven o niño no registra autoridad, por lo que su accionar será hacer lo que quiere, cuando quiere y sin medir consecuencias.

Debe precisarse, que el "no", debe ser acompañado de su justificación, debido a que de otra forma sería un "no" desde el capricho, un "no, porque sí", cuestión que no ayuda a colocar un límite, sino que se trata de imponerlo sin reflexión, generándose, en muchas oportunidades, una situación violenta.

La culpa es uno de los motores que surgen en los padres a la hora de decir no, como que los padres presumen que se los odiará, cuestión que el niño maneja para su conveniencia, ganando así un espacio en donde se habilita el hacer lo que quiere.

Familia: el límite acompañado de la palabra

Niños y adolescentes deben ser escuchados y orientados, y los límites deben ser puestos a partir de la enunciación.

Los padres, frente a la necesidad de colocar límites deben, en principio realizar acuerdos entre ellos. En otras palabras, ambos son responsables y ambos deben sostener lo acordado, esto permite la imposibilidad de que el niño o joven arme alianzas con alguno de los padres, y muestra en las figuras parentales unanimidad con relación al discurso.

Debe precisarse que el límite marca lo que se puede y lo que no se puede, educa en la responsabilidad, permite la construcción de la escala de valores, orienta a registrar a otro sin invadirlo, fomenta el respeto, hace y construye sujetos de derechos.