Viaje iniciático, presurosas dudas y preguntas, la exaltada curiosidad por descubrir un mundo de claroscuros. Son algunas de las ideas que están presentes a lo largo de "Pa negre", una de las películas españolas más interesantes de los últimos tiempos. Villaronga, autor imprescindible en el panorama actual del cine español, compone una ficción cargada de opresiva tragedia. Apoyándose en el texto literario de Emili Teixidor, el cineasta mallorquín traslada a imágenes los desastres morales producidos como consecuencia de la Guerra Civil en un rural paraje catalán. Los ojos del niño Andreu (Francesc Colomer) enfrentándose indefensos a una travesía hostil, donde el manojo de sentimientos absorbidos durante la candorosa niñez, se presentan ahora, en ese puente definitivo hacía la adolescencia, como una auténtico lodazal de mentiras y desencantos. Los fantasmas de las leyendas, esos que habitan y dan sentido a la pueril infancia, se volatilizan en auténticos bancos de niebla donde hasta la naturaleza infantil más arraigada se desvanece.

Los desastres de la posguerra

Si la guerra es cruel y devastadora, sus consecuencias prevén tiempos mezquinos y depredadores. Tras una contienda civil, las discrepancias ideológicas entre vencedores y vencidos, vecinos antaño, se ven ninguneadas por las rencillas más personales y barriobajeras. Poder político y social, nacido o superviviente de los escombros del desastre, representa al intolerante perseguidor, a la vez que se muestra juez, jurado y ejecutor. Oscuros ropajes y capas largas ocultan el arma arrojadiza de la hipocresía, la siniestra maldad que a veces embarga las etapas más dulces del ser humano.

Andreu

En estas desastrosas circunstancias, la mirada de un niño, Andreu, como catalizador para que el espectador indague y, para que descubra, al mismo tiempo que el protagonista, la auténtica vileza de la realidad. La irrepetible infancia, aquella en la que nunca se debe dejar de creer en fantasmas, cuya única labor es saborear el recreativo mundo de las ilusiones, se ve cercenada por la guillotina de las mentiras desenmascaradas y la posterior ira del traicionado.

Al inicio del filme, Andreu, asustado e incrédulo, contempla agonizar a su mejor amigo, seguramente el único y digno compañero de juegos. A partir de ahí, el mundo abrirá ante sus ojos otro camino, el del irremediable y apresurado paso a la madurez.

La edad de la inocencia

Cuando la luz se oculta, los adultos juegan a ser dioses y los niños a ser adultos. De nuevo la mirada; inocente, cristalina. Reacción perpleja ante unas imágenes que invitan a mirar, a descubrir la verdadera naturaleza de las cosas. La tempranera iniciación al sexo, vouyer voraz, presto de oídos, curioso e inseguro ante el cuerpo tierno de una prima semejante en edad pero aventajada ya en esas lides. Detalles que van calando hondo en la piel de un protagonista tan sano en bondad como limitado en picaresca.

Las veladas nocturnas junto al fuego, la abuela cuenta un cuento antes de ir a la cama, alentador momento para retornar a las fauces de la inocencia. Demasiado tarde cuando la adolescencia llama presurosa a la puerta y los cómplices de juegos optan por la incredulidad hacia la fantasía. Ya, tan sólo falta que, sin previo aviso, el ronquido desesperante del fanfarrón compañero de cama desplace los sueños por el desvelo y la pesadilla.

¿Hacia dónde volar?

En una de sus incursiones por el bosque, Andreu encuentra a un joven adonis bañándose en el río. Más tarde, descubrirá que se trata de un pobre tuberculoso que vive de la birriosa caridad de los frailes de un monasterio. Surge entre ellos una amistad fruto de la afinidad por sentirse diferentes al resto. El joven tuberculoso, representación simbólica de un ángel, pasará a formar parte del conjunto de prioridades del pequeño Andreu, que en el momento más desesperado de su existencia, aquél en el que debe tomar la primera decisión importante de su vida, se asirá al cuerpo del "ángel" para que bata las alas y lo lleve con él.

Pan negro y pan blanco

La cámara avanza apacible entre lujosas y almibaradas habitaciones. La luz blanca permite reconocer cada objeto que descansa pulcro sobre ostentosos muebles. Esta sucesión de imágenes, en cadente movimiento, acaba detallando una serie de ancestrales fotografías observadas meticulosamente por los atentos ojos del muchacho. Su mirada parece apreciar el lujo de la vida burguesa y sus oídos sienten el agradable tic tac del reloj de pared. También su paladar degustará en esa casa el blanco y meloso pan que le negaron en la cocina de la alcaldía, dejándole frente al negro y familiar pan de cada día.

Pensará Andreu,.. Si todo lo que creía real y hermoso es falsedad e hipocresía, si la vida en la miseria no puede justificar la maldad de los hombres, si tengo que vivir en esta absurda mentira, ¿Por qué no hacerlo entre sabanas de seda y pan blanco?.

Una mirada cómplice

La mirada del niño Andreu, expectante e interrogadora, encuentra su cómplice en el objetivo de la cámara. Esa mirada subjetiva se genera de la asociación directa entre el niño (interprete) y el narrador (cineasta). Las cautivadoras y a veces perturbadoras imágenes, aunque apoyadas en una memoria histórica reciente, resucitan de los rincones abstractos de la mente, circulan por las laberínticas cañerías del alma y finalmente son arrastradas por la brisa autoral hasta el útero mecánico del cine. Por tanto, las formas y la atmósfera opresiva germinan en la mirada directa del cineasta. Pasan por el filtro de su sensibilidad para ser proyectadas en diferentes dosis de sombra y luz ante la atenta mirada del intérprete-espectador. Y en la película en cuestión, acierta Agustí Villaronga con la rasero de su mirada, pues finalmente consigue lanzar al público a un inquietante "insomnio moral". El mismo insomnio, aunque esta vez en sentido literal, que llevará al pequeño Andreu a dejar de creer en fantasmas.