El carnaval o carne vale, es decir, adiós a la carne, tiene sus orígenes, entre otros, en ritos báquicos de la cultura grecolatina, y tendría lugar con motivo de celebraciones relacionadas con la llegada de la primavera o con fechas relevantes, si bien su eclosión tal y como lo conocemos hoy se ubica en el período medieval y en la Europa principalmente mediterránea. Podríamos rastrear más atrás en la historia, y encontraríamos diversos festejos de carácter agrícola o religioso en civilizaciones como la egipcia o la sumeria, o desplazarnos en el espacio y descubrir conexiones con festejos de origen africano o de América latina.

El carnaval y el exceso

Si en la cultura clásica los ritos orgiásticos o las saturnalias invernales mantenían de algún modo un lazo con la divinidad y con formas de adulación y sacrificio, todo cambia con la nueva mentalidad cristiana de Occidente: el carnaval supone ahora un rito preparatorio, una antesala del verdadero acto de constricción y sacrificio que supondrá la cuaresma.

El exceso, la lujuria, la gula, enmascaramientos, subversiones de género y prácticas similares tienen aquí un efecto muy diferente a las orgías romanas: el carnaval no es lo que nos une a Dios, sino lo que mantiene, por el cerrojo de esa distancia, una separación eminentemente transgresora.

Si la religión se asociaba al poder, a los mecanismos de control de la población, el carnaval y la fiesta proponen el todo vale durante el día o breve plazo de tiempo que dura. Entonces, el carnaval tiene su origen medieval no tanto como fuente de ocio y divertimento, sino como herramienta de confrontación con el poder por cuanto éste tiene de amenazador, restrictivo, opresor.

Mijail Bajtin, en sus análisis sobre el carnaval en las obras de Rabelais, ha dado con algunas de las claves de esta vía de escape de la transgresión carnavalesca. Las máscaras o la inversión de los géneros, pero sobre todo la puesta en escena de ese gran olvidado que es el cuerpo: la ingesta, las excreciones, el componente sexual, etc., todo ello parece indicar la importancia de la corporalidad como objetivo de las prácticas carnavalescas.

Algunos ritos importantes

Si bien habría que matizar que muchos de los componentes del carnaval no podrían denominarse bajo la categoría de ritos por cuanto tienen de desacralizador y anárquico, bien es cierto que ciertas prácticas, determinados componentes del juego carnavalesco se han repetido desde antiguo, han desaparecido para siempre o vuelto a resurgir en épocas no muy remotas. Hablamos de fenómenos como la nave de los locos, la coronación del bufón, la fiesta del asno, del obispillo, etc.

El carnaval no es tan sólo la reducción moderna a mascaradas y disfraces, sino que todo un conjunto de escenografías conformaban el teatro de la representación carnavalesca. Iconográficamente, sin duda el principal motivo de esta síntesis del carnaval tiene mucho que ver con su desvinculación de la cuaresma, así como de su parafernalia religiosa, pues en la época actual apenas hay conexiones entre el calendario religioso, los hábitos más extendidos por la población practicante (mucho menor, por cierto, que en épocas pasadas) y la época del carnaval.

Frente a esa abundancia de los cuerpos, cuerpos en estado puro, rabelaisianos, por decirlo con Bajtín, que se entregaban a los placeres de ingesta, ahora los cuerpos establecen toda una artillería de imágenes eróticas, bailes y pasacalles organizados. Lo grotesco de los cuerpos, sus descuartizamientos y malformaciones caricaturescas, han sido ahora sustituidos por una iconografía sexual, por cuerpos entregados al delirio, a la música y al éxtasis amoroso.

Un carnaval laico

Pocos recuerdan hoy los orígenes religiosos del carnaval, y cuando se conocen apenas se les concede importancia. Una cultura del ocio como la nuestra ha banalizado totalmente su herencia folklórica, y no ha llegado a construir nada sobre ella que llegue a sustituirla, salvo el acto sin finalidad, el exceso sin medida, el gasto improductivo.

El alcance mundial del fenómeno carnavalesco, con centros de peregrinación como Santa Cruz de Tenerife o Río de Janeiro, da buena cuenta de las operaciones de lo que Fredric Jameson llamaba un capitalismo avanzado: una nueva etapa en la que lo sagrado pierde su privilegio como discurso, como institución y fuente de poder, en donde el ocio, la sensualidad o un nuevo uso de los placeres estaría conformando una manera novedosa de entender las tradiciones y de transformarlas para su propio beneficio.