
- Origen - Agencias
El mundo de los sueños y el sentimiento de culpabilidad son unas constantes en el cine de Christopher Nolan. Los recuerdos de Guy Pearce en Memento, los problemas a conciliar el sueño de Al Pacino y los desequilibrios de R.Williams en Insomnio, los traumas de C.Bale en las sucesivas de Batman y ahora Origen son muestra de ello.
La obra como espejo del alma
El miedo a cerrar los ojos por temor a lo que el sujeto se pudiera encontrar, por fantasmas del pasado, por miedos futuros o por temor a confundir la realidad con un sueño son una constante en el cine de Nolan. Un sello personal que Nolan plasma en cada película de la misma manera que, como Bruce Wayne en Batman Begins supera su miedo a los murciélagos encerrándose en una cueva llena de ellos.
Esta actitud ante su obra es algo habitual pues en ocasiones el autor la utiliza para reflejar en ella sus fantasmas. Directores como Allen o Scorsese, por citar algunos, tienen en su obra un fondo que es común a todas, o casi todas sus películas.
Vistos los resultados, sería deseable que Christopher Nolan tardara en resolver sus ‘problemas’ pues pocos directores se encuentran en la actualidad con una filmografía tan sugerente y atractiva.
El espectador como parte de la historia
Partiendo de un inicio dinámico, con una reunión entre individuos en la que parece se están poniendo de acuerdo en asuntos algo turbios, se pone al espectador sobre aviso de que lo que esta viendo puede ser la realidad o que los personajes estén inmersos en un sueño.
Con esa premisa, comienza un argumento al que, pareciendo cotidiano - magnate contrata maleantes para conseguir unos fines -, le encontramos envuelto en el enigma de no saber en que escalón de la realidad nos encontramos.
Partiendo de un punto que suponemos el real, el espectador se siente parte de esa historia, ese sueño o esa trama. Se hace partícipe del agobio de los personajes y se confunde, al igual que algunos de los personajes, de en qué parte de la realidad se encuentra. Sufre con ellos.
Como si de una película de espionaje rutinaria se tratara, va discurriendo la trama. La diferencia es el entorno en el que esta se desarrolla. Una estructura compleja que se maneja con tal maestría que parece como si la hubiéramos visto antes. Nolan le da una vuelta de tuerca a sus preocupaciones situando el sentimiento de culpabilidad en algo tan etéreo como el limbo de los sueños; la inseguridad de escuadrón armado con labores de guardaespaldas y como uno, en su curiosidad y ansia de conocimiento, puede hacer de la vida un complejo puzzle.
El director como artesano
Como en el resto de sus películas, aquellas en las que ha gozado de medios pues en Following o Memento lo suplía jugando con la luz, ha acompañado la historia de una riqueza visual tan precisa que parece hasta sencilla. Muestra de ello es cuando Leonardo diCaprio trata de introducir en el mundo de los ‘extractores’ a Ellen Page y se encuentra cómo esta, en su ‘ignorancia’, acaba modificando una ciudad como Paris a su antojo. Escenas que, como hiciera Cameron en Titanic o Lucas en Star Wars, muestran un manejo de los medios que los pone al servicio de la historia y no al revés.
Pese a que lo que termina prevaleciendo es la historia sobre director o reparto, Nolan demuestra manejarse como pez en el agua con los recursos de que dispone, pues logra que nada se resienta ante complejos factores ante los que la película se hubiera podido resentir. Las diferentes localizaciones, nos podemos encontrar hasta con tres distintas en un lapso de diez minutos, y el estupendo reparto no son otra cosa que fichas de ajedrez en el tablero del director.
Finalmente, la importancia del reparto. Con una filmografía más rica de lo que parece y menos valorada de lo que merece, Leonardo diCaprio se echa a la espalda un complejo personaje que no parece otra cosa que un alter ego del director.
Tratando de escapar de su imagen de ídolo de quinceañeras, el actor esta construyendo una carrera que parece tan solo será valorada cuando sea un anciano y en la que ha salido bien parado de cada reto. El joven retrasado de Gilbert Grape, el aventurero de Titanic y otros personajes que, a otros, le han dado más nombre. Junto con él, la promesa hecha realidad de Ellen Page – vista en Juno - y el magnifico Ken Watanabe – El último Samurai o Cartas de Iwo Jima, que se agradecería apareciera más en la industria americana.
Mención aparte merece el gran Michael Caine, actor de las preferencias del director – y de cualquiera- que con diez minutos llena la pantalla. ¡¡Que no se retire nunca!!
CS
