Si bien en muchos países del mundo, sin contar Estados Unidos e Inglaterra, cunas de esta expresión artística, el musical ya forma parte de sus panoramas culturales, en Sudamérica –salvo por Argentina- sus pasos han sido más bien tímidos.

Chile no es la excepción. Con una trayectoria escasa, en los tres últimos años ha querido comenzar a crear un repertorio y hacerlo en grande. Una aventura que empezó con algunos resultados disímiles. Primero, un muy buen montaje del Hombre de la Mancha y, luego, un pretencioso, pero poco logrado, My fair Lady. Sin embargo, en un meritorio acto, se decidió seguir adelante y hacerlo con un complejo pero acertado título: Cabaret, con vibrantes resultados, que incluyó una mirada teatral clara del director español Jesús Codina y un elenco dramáticamente efectivo. Pero también confirmó que es una obra que, según los ajustes que se le hagan, es capaz de hablar a través de los años.

Los dos mundos de Cabaret

Ambientada en el Berlín de 1931 –dos años antes de que el presidente Paul von Hindenburg designara canciller al líder nacionalsocialista Adolf Hitler-, con una democracia cada vez más debilitada por la creciente fuerza de los partidarios del nazismo, la atmósfera que rodea a la obra es de inquietud, pero también de reflejo de una sociedad que en aquel entonces mantenía el cabaret como una de sus grandes diversiones y que servía para olvidar, aunque sólo fuese por unos instantes, los amenazantes aires políticos.

Justamente, la historia muestra ambos mundos. Por un lado, el interior del Kit Kat Club, un decadente y lujurioso cabaret berlinés en el que se intenta mostrar alegría al público, procurando que al menos por un momento, la gente olvide lo que está sucediendo en su entorno, con un maestro de ceremonia –una suerte de coro griego- que, no obstante, es irónicamente el ilustrador de la realidad. Y por otro, el externo, donde deambulan personajes diversos, como son sus protagonistas y su historia de un amor condenado al fracaso; una pareja mayor que sufrirá los embates del advenimiento nazi, el de una prostituta y sus eternos marineros y un militante del partido nacionalsocialista.

Grandes canciones

A este dualidad de calor y fragilidad se suma un entorno musical lleno de canciones deslumbrantes, de brillante consistencia y malevolencia irrefutables, que se convierten en himnos que subrayan la realidad del momento.

Es así como se encuentran piezas representativas: Maybe this time, con su impetuosa fuerza sentimental; en If you could see, donde el maestro afirma que si la gente pudiese ver con sus ojos a la mujer que quiere, sea como sea, también se enamoraría de ella; en Willkomen se hace una evocación confidencial del ambiente denso y obsceno del cabaret alemán de aquellos años; Mein Herren es todo un monumento a la sensualidad, Money, Money una pincelada fecunda en cinismo y buen humor, y el desenfreno y sarcasmo de la popular Cabaret.

Novela, teatro y musical

Tal como sucedió con The sound of music y West side story, Cabaret es de esos musicales que encontraron su fama una vez estrenada como película, en 1972. La dirección de Bob Fosse –que remarcó las diferencias entre el frío y angustioso mundo real externo y el enloquecido y acalorado interior del cabaret- y las actuaciones de Liza Minnelli y Joel Grey quedaron en la retina marcando pauta para sus posteriores revisiones, si bien –como ha ocurrido con otras piezas del género llevadas al cine- sufrió cortes musicales e, incluso, se obvió las partes de Fräulen Schneider y Herr Schultz –verdaderas víctimas del nazismo-, mientras que las escenas en el dormitorio se volvieron tan obscenas como las del club.

Dos bases claras tuvo Cabaret. La primera, Goobye to Berlin, de Christopher Isherwood, quien novelizó su experiencia en la Alemania de los años 30, donde, tras egresar de la Universidad de Cambridge, dio clases de inglés y aprendió a vivir con los nazis al acecho. La otra, la obra teatral de John Van Druten I am a Camera, basado en el primer escrito, y que también fue llevada al cine por Henry Cornelius, en 1955, con Julie Harris (quien ya la había representado en el teatro), Laurence Harvey (en el papel de Isherwood) y Shelley Winters.

Con estos dos fundamentos nació el musical de John Kander (música), Fred Ebb (letras) y Joe Masteroff (texto), que desde su estreno fue una obra en la que se conjugaron varios elementos: lo oscuro y ominoso de Bertolt Brecht y Kurt Weill, las lentejuelas, el celebrado mundo del showbiz y una pizca de Isherwood. Con números musicales vigorosos y radiantes e incisivos cortes entre el cabaret y el mundo exterior, se logró finalmente modelar una pieza que de manera escalofriante contrapuso ambas atmósferas.

Estreno y reposición

Cabaret se estrenó el 20 de noviembre de 1966 en el Broadhurst Theatre de Nueva York, Estados Unidos, dirigida por Harold Prince. Con coreografía de Ron Field y un elenco integrado por Jill Haworth (Sally), Jack Gilford, Joel Grey (maestro de ceremonia), Bert Convy y Lotte Lenya (señora de Kurt Weill), la obra recibió ocho Premios Tony. Aunque en un principio el material se consideró peligroso y desagradable para el gran número de aficionados judíos neoyorkinos, logró adecuarse de tal manera que tuvo como resultado a un público emocionado y divertido con el licencioso mundo del Kit Kat Club y con su macabro maestro de ceremonia que vestido de smoking y con bastante participación en su entrada, fue, a medida que avanzaba la obra, transformando su cara en calavera. La propia Lenya incluso asestó una gran frase a Fred Ebb: “Me recuerdas a Kurt. Tú sudas”.

Siendo uno de los musicales con más presentaciones en el mundo, cabe destacar algunos. Uno de ellos, la reposición que hizo en 1993 Sam Mendes en el Donmar Warehouse de Londres, con un chocante final teatral, pero que tuvo tal éxito –quedándose en cartelera más tiempo que el original- que se transfirió a Broadway para un nuevo montaje en 1998, protagonizado por la fallecida Natasha Richardson. Mendes y Rob Marshall, codirector y coreógrafo en la producción neoyorkina, hicieron hincapié en la sordidez de la Era Weimar y, en contraste al original, el maestro de ceremonia, que estuvo a cargo de Alan Cumming, vistió pantalones rasgados y suspensores, y estuvo cubierto de moretones mientras sus pezones fueron pintados con glitter.

Fue una propuesta que se consideró en su momento amenazante y seductora y que hizo más evidente la sexualidad y la violencia, pero constató una realidad vigente, como era el imperio asentado ya de la televisión (con triunfos de series como Los Sopranos y Sex and the city) y donde los realities, hoy tan de moda, tomaban forma.

Broadway no ha dejado de tenerla en su cartelera en reiteradas oportunidades. Sus revisiones han incluido audaces decisiones, como sacar la canción de Cliff Why should I wake up. Sin embargo, siempre ha dejado claro que, desde el Willkomen con que se abre el relato –precedido de un redoble de timbal y el choque de platillos- hasta el Auf wiedersehen con que se cierra, posee el encanto y la densidad de las obras que buscan divertir y hacer pensar.

Intentos chilenos de antaño

Para Chile, este nuevo montaje son los intentos de arraigar el musical en este milenio. Y es que tentativas anteriores sí las hubo, pero con menos parafernalia ni franquicias internacionales.

Pues más allá de que el país en sí tiene su propio gran hito, La pérgola de las flores (1960), de Isidora Aguirre, con música de Francisco Flores del Campo -una mezcla entre música, comedia y sainete, y que suele estar programada de manera asidua-, en la década de los setenta se pusieron los ojos en algunas grandes producciones internacionales, lo que redundó en que se decidiera en 1974 estrenar El Hombre de la Mancha, convirtiéndose en el primer musical presentado en esta zona. El montaje protagonizado por el argentino José María Langlois y los chilenos Alicia Quiroga y Fernando Gallardo tuvo tal éxito que debió recorrer el país. Este título volvería más tarde con el mismo elenco y, finalmente, sería el que inaugurara la nueva era, hace dos años.

Dicho éxito esparció el interés por otros títulos. Así llegaron hasta el Teatro Casino Las Vegas El violinista en el tejado (1977), con el también actor trasandino Marcos Zucker y la actriz chilena Gladys del Río; El diluvio que viene (1978), de los italianos Pietro Garinei y Sandro Giovanninni, con música de Armando Trovaioli, y para el que se trajo a la coreógrafa australiana Karen Connolly que terminó residiendo en Chile, y Amor sin barreras (1979).

Pero la aparición del musical comenzó luego a ser esporádica, y más allá de reiteradas versiones de Jesucristo Superestrella –que diversas compañías programan en especial para Semana Santa-, y que tuvo su primer montaje en 1973, el boom del género comenzó hace poco, y al que sólo se han sumado en el último tiempo Cats (2006), a cargo de una compañía de Broadway, y el año pasado una versión nacional de Grease.