Aunque de manera lenta y persistente, asistimos al hecho de que cada vez más mujeres elijen vivir solas. Solas o con sus hijos, pero independientes al fin. A contramano del supuesto estigma social que presupone una vida afligida y frustrante para la mujer sola, ellas son felices.

La eclosión de esta primavera excede lo femenino, pero ellas por sus históricas postergaciones son las flores de esta revolución, y como toda flor es mirada y admirada. Pero en realidad todos, mujeres y hombres, estamos inmersos en la marea del cambio.

Miremos por un momento a nuestro derredor, la conformación típica familiar, padre, madre e hijos con vínculos sanguíneos directos, ya es sólo una entre tantas estructuras familiares. Las diversas estadísticas indican además, que está en franca disminución respecto a otras conformaciones de familia. Nuevas unidades familiares Madres con sus hijos, padres con sus hijos, madres y padres con sus hijos y además los hijos de anteriores uniones sentimentales. Podemos seguir detallando diversas composiciones pero es más explicativo que cada uno agregue las que conozca, veremos entonces que son muchas las "familias" actuales y todas muy saludables.

Relaciones sentimentales

Hemos visto las conformaciones familiares, veamos ahora las relaciones sentimentales. Las definiciones para las relaciones sentimentales no eran demasiadas, había pocos casilleros y las personas debían ajustarse a esas compartimentaciones. Sin embargo hoy los noviazgos y las relaciones estables se entremezclan con una variedad casi infinita de formas de relacionarse entre seres humanos de distinto o igual sexo.

Los conceptos de fidelidad y pertenencia, juntamente con los de pareja eterna y otros de similares características, perfectamente funcionales a un tipo de organización de la sociedad que requería un rígido orden muy similar al de las cadenas de producción fabril del pasado siglo se han relativizado.

Procesos de cambio

Paradójicamente, este aparente caos afectivo reconforta a sus actores. Quizás porque sea resultado de que las personas han decidido tomar su vida entre sus propias manos y privilegiar los sentimientos, las libertades individuales, los deseos y las aspiraciones de felicidad. Rehúyen de las supuestas seguridades de las estructuras tradicionales para sumergirse en el mar de las sensaciones y parecer ser más felices.

Es claro que en todo proceso de cambio hay y habrá personas que se sientan desorientadas y hasta afectadas por este entrechocar de olas que aparenta ser caótico y sin sentido. Es en este contexto que muchas mujeres plantean su asombro y hastío ante la inconstante actitud masculina de ir y venir por las relaciones sin demostrar demasiados apegos. Quizás todavía no alcancen a visualizar que esos varones sienten tanto temor como ellas al cambio y acumulan conquistas femeninas tratando así de calmar su sensación de angustia e impotencia.

Posiblemente algunos hombres y mujeres sientan que el abismo se abre ante ellos cuando presienten o descubren que su pareja tiene una relación extramatrimonial. Imaginemos el estupor si esa relación además es con otra persona de su mismo sexo. Estos y muchos hechos más son señalados por algunas personas como signos del desvarío humano. Señales dicen, de una eventual cercanía del fin de los tiempos. Pero qué pasa si miráramos estas acciones como señales pero de una sociedad que esta en un proceso de cambio. Que en realidad siempre estuvo en imperceptible e implacable proceso de cambio. Basta para ello leer la historia universal y comprobar cómo hemos transitado dramáticos cambios sociales y económicos en tan sólo trescientos años.

Todo pareciera indicar que vamos hacia una nueva conformación social, funcional a los requerimientos de nuestra actual Era digital y para ello está dejando atrás sus ataduras. Esto no es ni bueno ni malo, simplemente es.