Nada es común, nada es corriente en esta película, y es el gran logro de sus guionistas. Mucho hay mucho rodado sobre los conflictos de los adolescentes: entre lo mejor de Ken Loach (Felices dieciséis), abundante cine francés (Hoy empieza todo, de Tavernier, por ejemplo) y bastante del cine español (El Nido, Barrio...). Sin embargo, Patricia Ferreira con su coguionista Virginia Yagüe han creado unos personajes de gran interés en un contexto muy preciso: una gran ciudad como Barcelona cuyas familias retratadas guardan todas las taras posibles de las familias occidentales: aislamiento, obsesión egocéntrica e incapacidad absoluta de comunicarse con sus hijos.

Salvajes por exceso de soledad

Al borde del erotismo, este nunca llega: son niños que cuando huyen o se rebelan, sin saberlo, pidiendo alguna dosis de amor, de pequeños placeres familiares, de una corriente sentimental que reemplace ese río que nos lleva a trompicones, con más golpes y desprecios que nobles sentimientos.

Los niños salvajes plantea muchos temas en 1 hora 40 minutos, muy bien estructurados e interpretados. Su realización se presta constantemente a un exquisito dominio del primer plano (algo que por lo general arruina muchas películas, tornándolas histéricas, cosas que aquí nunca sucede); una técnica muy acorde con la dificultad de los mayores de comprender a sus chicos: parece que la cámara que horada esos rostros seudoinfantiles, ya en edad de procrear, se ven incapacitados para crecer e incluso para soñar adecuadamente, con posibilidades mínimas de concretar sus sueños.

Álex, Gabi y Oky se necesitan porque se complementan; cuando Álex y Oki descubren el placer de los besos en los labios todavía ignoran o quieren ignorar las posibilidades del placer sexual, la urgencia de sus sexos como un paso más en la comunicación amorosa: aún son niños, aún son chiquillos... que pueden ser salvajes por exceso de soledad.

El caudal poético de una gran artista del cine

Las historias de cada uno y de los tres en conjunto se desarrollan a traves de un lazo singular, con gran capacidad de intriga y noble suspense: voces profesionales del mundo de la psicología adolescente y la asistencia social, sin segundas ni malas artes, intentan comprender lo que sucedió una noche. En el recorrido de sus preguntas vamos conociendo a los muchachos y a sus familias.

La tristeza y la angustia se basa en la incapacidad de amar, tanto en los propios miembros de la familia que, ante cualquier excusa, económica o social o psicológica, sus hijos son irritantes copartícipes de sus frustraciones, seres incomprensibles, desagradables a los que se prefiere tener encerrados o entretenidos. En ningún momento tienen perfiles elementales de bárbaros o "malos de película": son personas en estado de desesperación, incapaces de amar.

Hay profesores indiferentes, incompetentes y violentos, sin necesidad de pegar, capaces de invadir una mochila y sacar a relucir una debilidad; capaces de cambiar un sumario de examen de manera autoritaria; una directora cobarde; profesores con depresión sin capacidad de decidir; y una orientadora con muy buenas y exitosas ideas para cambiar a "niños malos", que para ella "son personas con dificultades para encontrar un camino".

Patricia Ferreira logra un acercamiento conmovedor a estos problemas, con un final muy logrado en el que las preguntas sin respuestas forman parte del talento de una creadora cuyas preguntas integran el caudal poético de un gran artista. Y se apoya brillantemente en un elenco admirable capitaneado por los tres jóvenes protagonistas: Marina Comas (conmovedor relieve en el último tramo), Àlez Monner, Albert Baró, y los siempre estupendos (profesionales del teatro de gran calidad): José Luis García Pérez, Frances Orella, Ana Fernández, Mercé Pons...