El hombre siempre ha buscado una manera de entender el universo complejo que lo rodea, una manera de, al menos, designarlo. Ya desde Platón inicia la eterna discusión sobre la esencia de las cosas y el nombre que éstas deben tener, si el nombre les pertenece de una manera inherente o si tan sólo se trata de una designación arbitraria y práctica.

Lispector y el siglo XX

Clarice Lispector nace en 1925 y desde muy joven comienza su actividad literaria. Sus inquietudes creadoras no se reducen únicamente a conflictos de lenguaje o hermenéutica, sin embargo, sus reflexiones sobre el conflicto de la designación, de la palabra en sí, resultan interesantes pues están ligadas a cuestiones filosóficas, principalmente, relacionadas con el existencialismo.

El siglo XX es un siglo en el que, debido a sucesos tales como el avance tecnológico y las guerras, permite a los filósofos tomarse un tiempo para reflexionar sobre su propia condición en el mundo y el sentido de su propia existencia. El mundo se ha tornado en un lugar confuso, lleno de tecnología y progreso, pero también lleno de soledad y confusión. La vida del hombre se ha convertido en un completo sin sentido y el sólo hecho de vivir genera una terrible angustia.

La inquietud lingüística

La perspectiva de Lispector frente a la problemática del lenguaje, la designación y la hermenéutica del mundo en sí tiene una fuerte relación con la condición humana en conflicto y en angustia. En su novela La pasión según G. H, escrita en 1964, Lispector cuestiona la verdad o el acierto del lenguaje utilizado para designar objetiva y concretamente la realidad; asimismo, propone una forma nueva de interpretar al mundo, al manifestar la posición del ser humano frente a su entorno y la interpretación a la que se puede llegar mediante el distanciamiento del antropomorfismo.

La estructura de su novela se puede explicar, en términos básicos, como una serie de reflexiones a las que llega la protagonista una mañana común y corriente en la que por accidente aplasta una cucaracha con la puerta, hecho que provoca en ella el encuentro y la reflexión sobre el lenguaje, la designación, la imposibilidad de prescindir de ésta y la posibilidad de pensar otros mundos en que la designación (producto del antropomorfismo) no fuera la base de su existencia.

Con la palabra poseer el mundo

Lispector cuestiona fuertemente el poder de la palabra y la tremenda influencia del lenguaje en todo nuestro actuar. Lispector no niega el lenguaje, pero sí busca desacralizarlo.

En la Biblia Dios le da a Adán la libertad para nombrar a cada especie animal sobre la tierra, esto con la consigna de que este nombramiento le permite el control hombre sobre las especies, todo a través de la palabra.

Otro ejemplo de este tipo de control aparece en varias ideas de Ernst Cassirer quien enfatiza la necesidad de objetivar el mundo a través del lenguaje para construirlo y entenderlo, para él, el lenguaje crea al mundo, le da el sentido único porque lo objetiva. Wittgenstein por otro lado, concluye que la realidad no es efectivamente objetivable y que es sólo el uso lo que determina la forma de entender el mundo y no el mundo en sí. Sin embargo, a través de la palabra se hace una apropiación de esta con respecto a la necesidad humana.

Lispector va más allá; la autora, más cercana a una idea nietzscheana en la que el mundo es visto como un compendio de metáforas y representaciones, se da cuenta de que la realidad que tiene enfrente es más grande que ella y que la interpretación que puede hacer de esta no es sino un intento fallido en donde la vida misma se torna para mirarla. En la novela, los conceptos de “verdad” y “realidad” son cuestionables y difíciles de entender.

El lenguaje ni como medio ni como fin

El lenguaje para Lispector termina convirtiéndose en una molestia; en sus reflexiones puntualiza, por un lado, la necesidad de un mundo con un lenguaje que lo designe pero, por otro, la certeza de que ese lenguaje puede ser errado. Este, en lugar de ser una herramienta útil, se convierte en una traba para entender lo que es la realidad y lo que es ella; el lenguaje es falso pero necesario, es angustiante, es impreciso, pero aún lo es todo.

La interpretación de la realidad a través de los ojos de Lispector, realidad que muchas veces se ve reducida a la cucaracha en un intento por fragmentar y reinventar el mundo, es un proceso de entendimiento con la naturaleza de uno mismo y de las cosas, esta idea, para que triunfe, debe salirse del antropomorfismo y del deseo de controlar la realidad en su totalidad.

Un regreso a las formas primitivas

La novela se presenta de manera circular, inicia y termina planteando la problemática de la humanización. Lispector habla de la vida humanizada en el sentido de haber querido entender la realidad a partir de su condición particular, siendo que ésta trasciende los límites humanos en busca de la universalidad.

La autora descubre que la racionalización de las cosas resulta demasiado humana y por lo tanto, innecesaria e inútil. Entonces propone un retorno a la edad primitiva del ser, a aquella vida inicial en la que la racionalidad no lo controlaba todo ni el hombre quería entenderlo todo.

Hermenéutica personal

El gran proceso de descubrimiento concluye al concretar una nueva visión: existe una hermenéutica más sencilla, más real, más apegada a la condición realmente humana y precisamente por ello, no tan comprensible ni tan controladora; esta falta de comprensión es crucial ya que busca romper la barrera antropomórfica para designar al mundo.

La vida no tiene sentido definido, el lenguaje tampoco. Es inútil buscar sentido en algo que está condenado a no entenderse simplemente por estar más allá de la concepción humana y de las capacidades lingüísticas inherentes al ser humano.

Es inútil dejar a las palabras la tarea de designar verdades y esta es la humilde aportación de Lispector a la hermenéutica, la imposibilidad, sí, pero también la sencillez de la no ambición y la aceptación de las faltas. Aquí no importa pensar qué tan simbólico o qué tan representativo es el lenguaje; aquí importa más el hecho de dejar de pensar que el mundo está regido por la percepción humana y así desacralizar el poder de la palabra, la hegemonía del hombre sobre el universo.