El mero hecho de hablar de una película sobre abusos sexuales en la infancia tratada con rigor, conocimiento, y sensibilidad es ya de por sí una buena noticia. Y si hablamos de que esta película es un producto español, creo que debemos felicitarnos con doble motivo. Felicitarnos por el buen cine, por supuesto, pero sobre todo, debemos felicitarnos por la valentía de Montxo Armendáriz al abordar un tema tan complejo, con tantas aristas y por hacerlo de un modo tan inteligente. Es en este último aspecto donde se hace necesaria la reflexión para comprender las complejidades del abuso sexual en la infancia, así como los comportamientos y actitudes de unos personajes que no siempre actúan como sería de esperar.

El mensaje optimista de “No tengas miedo”

Cuando uno termina de ver "No tengas miedo" puede tener la sensación de haberse enfrentado con una historia llena de dramatismo, pero con un final feliz. Dramatismo tratado con sutileza, respeto y elegancia, lejos de las estridencias que, sin duda, hubieran reportado a la película más aceptación o éxito. Pero el compromiso y la honestidad siguen siendo valores que para Montxo Armendáriz se anteponen a otros intereses. Y por otra parte, un final feliz que, desgraciadamente, no siempre se produce. Sin embargo, es fácil adivinar –y aplaudir– la intencionalidad de Montxo al dejarnos un valioso mensaje: el abuso sexual en la infancia se puede superar. Y trasmitir esa idea, para los supervivientes de esta terrible lacra, es un aspecto muy importante.

Los protagonistas de “No tengas miedo”

El desarrollo de la película, no obstante, nos enfrenta a otros muchos dilemas y contradicciones. Para empezar el abuso se produce en el entorno familiar. Los perfiles de los protagonistas están lejos de responder a la idea estereotipada que cabría esperar de ellos. Así pues el agresor, en este caso el padre, cabría imaginarlo como una persona problemática, antisocial, con una personalidad psicópata o, cuanto menos, como alguien no integrado en nuestra biempensante sociedad. En este sentido Montxo nos enfrenta a una realidad mucho más frecuente de la que estamos dispuestos a ver. Lluís Homar, quizá en una de sus interpretaciones más incómodas, da vida a un personaje respetable, bien posicionado y, en definitiva, a un padre modélico del que nadie podría sospechar. Hubiera sido más fácil retratar otro perfil con el cual el público no viera a “uno de los suyos”. Alguien marginal a quien poder odiar y condenar. Pero ver que nuestro vecino, el panadero, el médico o nuestro amigo puede ser un potencial abusador sexual es algo que desconcierta e incomoda.

La madre de la víctima de abusos sexuales

Belén Rueda, interpretando a la madre de la niña abusada, tiene un papel tanto o más ingrato que el propio Homar; se trata de una interpretación que no ocupa un gran espacio en la película pero que, sin embargo, tiene una gran relevancia a la hora de introducirnos en el problema al que se ven enfrentadas muchas víctimas de abuso sexual. Una vez más Montxo nos sitúa ante una realidad que, sin duda, produce rechazo y con la que nadie se quiere identificar. Belén es la madre que no quiere saber, que no escucha y que no cree. O no quiere creer. Es más fácil así. Y eso es lo que sucede muchas veces en la vida real, porque si alguna virtud tiene “No tengas miedo” es la de ser fiel a la realidad; una realidad que muchos desconocen y otros muchos no querrán creer, porque así es como ha sucedido hasta el día de hoy.

La víctima del abuso sexual infantil

La víctima de esta historia, interpretada con una gran credibilidad y solvencia por la actriz Michelle Jenner, quizá es la que presente más contradicciones. Cada uno de nosotros, cuando se trata de un asunto que no nos afecta directamente, pensamos que actuaríamos de tal o cual forma, por eso, con el visionado de la película, en diversas ocasiones nos preguntaremos porque la víctima, una vez adulta no hace tal o cual cosa. Hay que entender lo que significa el abuso, sobre todo el abuso intrafamiliar, el enorme conflicto de amor y odio, las secuelas que se van acumulando, la vergüenza, el miedo, el temor a no ser creído, a ser rechazado. Aún así, Montxo nos regala un final valiente; un final que podría considerarse como una concesión ante un drama tan profundo, pero que, en el fondo, debe leerse como un mensaje de esperanza para todos aquellos que creen que jamás podrán superar este trauma.

Montxo Armendáriz nos habla de una posible realidad en lo que se refiere al abuso sexual infantil. Obviamente no es la única, pero su mérito reside en haber elegido la opción más valiente, dejando las puertas abiertas a un debate que sirva para romper de una vez el silencio y el desconocimiento que aún pesa sobre un asunto que nos concierne a todos.