La neumonía bacteriana es una enfermedad respiratoria infecciosa y contagiosa que afecta a los pulmones. Las bacterias se instalan en la nariz, los senos paranasales o la boca, y de ahí propagarse a los pulmones. También pueden inhalarse directamente a los pulmones. Con el tratamiento adecuado la mayoría de pacientes mejora al cabo de unas pocas semanas. Otros casos pueden sufrir complicaciones y revestir una mayor gravedad.

Etiología de la neumonía bacteriana

La neumonía bacteriana puede estar causada por diferentes tipos de bacterias, siendo la más común el Streptococcus pneumoniae, que por lo general coloniza la garganta. Es la más frecuente en todos los grupos de edad, con excepción de los recién nacidos. Estos son más propensos a desarrollar neumonías víricas.

Otra bacteria habitual es el Staphylococcus aureus, seguida por el Haemophilus influenzae y el Pseudomonas aureoginosa. Menos comunes son la Klebsiella pneumoniae, Escherichia coli y Moraxella catarrhalis, todas ellas bacterias que suelen vivir en el tracto gastrointestinal.

Más raramente la infección está causada por la Legionella pneumophila, la Coxiella burnetti, el Mycoplasma pneumoniae y por la Chlamydia pneumoniae. Debido a la escasa incidencia de estas bacterias en la enfermedad, cuando son las causantes de la misma, se denomina la enfermedad como neumonía atípica. Esta neumonía es más frecuente en los adolescentes y adultos jóvenes y acostumbra a ser menos severa que otros tipos de neumonía bacteriana.

Grupos de riesgo para la neumonía bacteriana

Los grupos de población con mayor riesgo de padecer neumonía bacteriana son las personas de edad avanzada, los alcohólicos, pacientes recién operados, personas con enfermedades respiratorias u otras infecciones y, sobre todo, las personas con el sistema inmunitario debilitado.

Está ampliamente comprobado que los individuos VIH positivas –infectados por el sida– conforman uno de los principales grupos de riesgo, hasta el punto de tener ocho veces más probabilidades de padecer la enfermedad que el resto de la población. También están más expuestos a padecer neumonías recurrentes. En cualquier caso, cabe señalar que en los últimos tiempos ha descendido notablemente la incidencia de la neumonía bacteriana, en parte, gracias a la introducción de la terapia ARV combinada más potente.

Los consumidores de cocaína, drogas endovenosas o tabaco aumentan el riesgo de contraer una neumonía bacteriana. También aquellos que padecen enfermedades relacionadas con el hígado son más propensos a contraerla.

Sintomatología de la neumonía bacteriana

Los síntomas son variables, incluso con independencia de la bacteria causante de la neumonía. En el caso de las neumonías típicas los síntomas se presentan a las pocas horas o en los próximos dos o tres días. Los síntomas de la neumonía atípica aparecen de un modo más gradual. Aunque cada grupo tiene unos síntomas característicos es frecuente que puedan compartir varios síntomas. Uno de los mayores peligros de la neumonía ocurre cuando los gérmenes pasan al torrente sanguíneo, produciéndose una bacteriemia, con el consiguiente shock séptico y elevado riesgo para la vida.

Los síntomas más característicos de la neumonía bacteriana son:

  • Fiebre.
  • Respiración acelerada.
  • Dolor de cabeza.
  • Escalofríos.
  • Hipotensión.
  • Temblores.
  • Dolor en el pecho.
  • Aumento de la frecuencia cardíaca.

Diagnóstico y tratamiento con antibióticos de la neumonía bacteriana

El diagnóstico de la neumonía bacteriana pasa fundamentalmente por la radiografía del tórax, los análisis de sangre y exámenes de una muestra de esputo.

La neumonía bacteriana se trata con antibióticos. Para ello se utilizan tres grupos de antibióticos: macrólidos, cefalosporinas y fluoroquinolonas. En ocasiones se requiere la combinación de estos antibióticos, sobre todo en algunos casos de pacientes afectados por el sida.

La neumonía puede requerir hospitalización en los casos más graves. Por lo general la mejoría empieza al cabo de unos dos o tres días de haber iniciado el tratamiento. Conviene terminar siempre con el tratamiento prescrito, tanto para asegurarse el control de la enfermedad como para evitar que las bacterias se vuelvan resistentes al medicamento.

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