
- Esqueleto de neandertal - unforth
Llamar a alguien “neandertal” equivale a compararle con un bruto de pocas luces. ¿Por qué el hombre de Neandertal adquirió esta mala reputación? Sencillamente, porque sus primeros restos aparecieron en una época poco propicia y fueron erróneamente interpretados por los expertos.
Cuando en 1856 se encontraron sus primeros fósiles en las laderas del valle alemán de Neander, cerca de Düsseldorf, la comunidad científica sostenía que el hombre era una criatura con un pasado reciente, incluso naturalistas como Philip Henry Gosse afirmaban que Adán y Eva habían sido creados en el 4004 a.C., y ni siquiera nadie osaba sugerir que los seres humanos pudieran haber tenido formas diferentes a la del hombre moderno, puesto que según postulaba el creacionismo las especies no cambiaban nunca y mucho menos evolucionaban de formas inferiores.
Rechazado por el pensamiento científico
Así pues, los fósiles neandertales constituían una prueba embarazosa y, dado que no se adaptaban al “pensamiento científico”, se recurrió a curiosas explicaciones para expulsar a los especímenes descubiertos de la progenie humana. Un anatomista alemán sugirió que los restos pertenecían a un cosaco de la caballería rusa que atravesó el Rhin en 1814, persiguiendo a las tropas en retirada de Napoleón.
Otro, identificó en el cráneo de bóveda baja “indicios de un antiguo holandés”, y un tercero interpretó los huesos arqueados de las piernas como síntomas de raquitismo, cuyos dolores hacían fruncir continuamente el entrecejo al individuo creando así los prominentes arcos supraorbitales en forma de visera. En fin, hubo también quienes emparentaron a los neandertales con “razas inferiores”, como los aborígenes australianos.
El tema pareció definitivamente zanjado cuando Rudolf Virchow, uno de los anatomistas y antropólogos más destacados de su tiempo, rechazó categóricamente la antigüedad de los fósiles atribuyéndoles signos inconfundibles de raquitismo infantil, agravado por la artritis en la vejez.
Sin embargo, paulatinamente fueron apareciendo más huesos fósiles de individuos “deformados” que hacían insostenibles las teorías explicativas. A pesar de ello, el prejuicio dominante quedaría plenamente establecido cuando todo apuntaba al contrario.
El neandertal se hizo humano
En 1908, se pudo lograr la reconstrucción de un esqueleto de neandertal casi completo que procedía de la cueva de La Chapelle-aux-Saints, en la Dordoña francesa. Era la gran oportunidad para crear una imagen precisa del hombre de Neandertal. Pero la reconstrucción de Marcellin Boule, guiada por ideas preconcebidas, destacó todas las caracerísticas primitivas del esqueleto y lo que es más grave, haciendo caso omiso de la amplia capacidad craneal del fósil, que podía albergar un cerebro mayor que el del hombre moderno, Boule creyó advertir un acusado retraso mental y dedujo que el neandertal era desgarbado, caminaba encorvado y arrastrando los pies.
Tales conclusiones, procedentes de un científico de notoria reputación, determinaron la imagen que se tuvo de los neandertales durante muchas décadas y que aún permanece en la imaginería popular. El hombre de Neandertal fue presentado como un salvaje desnudo en una merienda de señoras de la buena sociedad decimonónica lo que determinaría su tajante expulsión de la genealogía humana.
Los huesos de la discordia
Como afirma Roger Lewin, en su espléndido ensayo Bones of contention (Los Huesos de la discordia), “tan grande es el peso de la autoridad en cualquier ciencia, pero muy especialmente en la paleoantropología, una ciencia en la que a menudo escasean los datos y abundan las opiniones”.
Debió de transcurrir medio siglo para que comenzara la rehabilitación de los neandertales. En 1957, dos anatomistas, William Straus, de la Johns Hopkins University, y A.J.E. Cave, del St. Bartholomew´s Hospital Medical College de Londres, examinaron por segunda vez el fósil de La Chapelle y descubrieron errores cruciales en la reconstrucción de Marcellin Boule.
Pronto llegaron a la conclusión de que el hombre de Neandertal era humano, tanto que “si pudiera reencarnarse y le colocáramos en el metro de Nueva York, con tal de que estuviera lavado, afeitado y vestido con ropas modernas, no cabe duda de que no llamaría más la atención que cualquier otro de sus ocupantes”.
Así, se derrumbaba el mito del bestial hombre de las cavernas y los neandertales eran admitidos en la genealogía humana bajo la denominación taxonómica de Homo sapiens neanderthalensis.
