Objetos inanimados en quietud pasmosa y sin vinculación unos con otros, son el motivo principal del género pictórico de la naturaleza muerta. También conocidas como bodegones, estas pinturas incluyen habitualmente animales muertos, frutas, flores, instrumentos musicales y toda suerte de elementos de la vida cotidiana, desde los más humildes a los más costosos, en una combinación extraña y sugestiva.

Estos elementos se pueden encontrar en las obras de arte de la antigüedad y también se presentan repetidamente en el arte de los siglos XV y XVI, vinculados con un emergente paradigma de la realidad. No obstante, la noción de naturaleza muerta, comprendida como un género de la pintura, no llegaría sino hasta finales del siglo XVII y además, como una fórmula peyorativa y exclusiva de los ambientes académicos de aquel entonces.

Novedosa expresividad

La naturaleza muerta fue muy cultivada en Holanda, a través de los variados enfoques de artistas diversos. Por ejemplo, aparecieron naturalezas muertas que únicamente incluían flores o frutas, instrumentos musicales o libros, animales y aves silvestres, así como también, ilustraciones de frugales almuerzos y platillos, e incluso grandes naturalezas muertas de vistoso estilo. En la última parte del siglo XVI y durante el siglo XVII, el género de la naturaleza muerta, con una sutil tendencia hacia la fastuosidad, alcanzó cotas de excelencia por medio de una vasta gama de planteamientos, aunque coincidiendo todos ellos en la reflexión pictórica de la vanidad, la inconstancia y la representación simbólica de los valores cristianos.

Una obra impresionante

Si bien, tal y como se había mencionado antes, fue en Holanda en donde la naturaleza muerta se cultivó con más ahínco, existe una notable naturaleza muerta, atesorada en el Museo del Louvre, de un autor anónimo francés, la cual hace patente que también se abocaron a este género artistas de otras naciones europeas. Muchos especialistas han tratado de determinar el significado de los simbolismos presentes en esta pintura, la cual se distingue por la quietud perturbadora que transmite. Por fortuna, se ha avanzado bastante en la interpretación mencionada: por ejemplo, la naranja partida refiere al pecado original, mismo que, de acuerdo al protestantismo, provocó la pérdida de similitud de lo humano con lo divino y la paulatina decadencia de la naturaleza en su esencia. Por su parte, los dados, los naipes y el tablero de ajedrez, muy probablemente, aluden a una censura de la ociosidad, y la bolsa con monedas hace lo mismo, con respecto a la prostitución.

Arte, lucidez y reflexión

Un detalle capital en la proyección de esta pintura, es la calavera que se mira al espejo. La experiencia de observarse a sí en el espejo es uno de los motivos habituales del arte, desde los tiempos de la Edad Media: de hecho, este detalle es uno de los que mejor definen a la variedad de bodegón conocida como vanitas (vanidad). No existe quizás, nada más elocuente que una calavera- objeto mitad humano, mitad cosa- para aludir la perdición de un vanidoso. Quien se asoma a las sombrías cavidades de este silencioso contemplador, no solo toma conciencia de su propia finitud, sino también con respecto a la de todos los seres vivos.

La vanidad es el tema predilecto de los pintores parisinos de naturalezas muertas: en sus obras abundan las flores marchitas, frutas en descomposición, y ni siquiera los juegos de azar, las joyas o el dinero, pueden alejar la aciaga certeza de la muerte. Tampoco la ciencia y la literatura- aludidas por el tintero y los libros- o la música tienen este poder. En especial esta última, cuya manifestación efímera queda ilustrada- de genial manera- en esta obra, a través del laúd con la cuerda rota. En la naturaleza muerta que comentamos, todo parece pálido, lleno de polvo e incierto. Como si en cualquier momento los objetos- por mor de su inestable colocación- pudieran caer al negro vacío sobre el cual parece flotar la mesa. Valiosa naturaleza muerta, para develar el natural valor de la vida.